Mi suicidio

Ya era noche avanzada cuando comencé a repensar mi vida. Todas las imágenes negativas estaban asociadas a la figura de mis padres.

La casa tenía un aspecto deplorable, pero yo no estaba dispuesto a limpiarla. No disponía ni de energía ni voluntad para eso. Mi inercia era absoluta. Mientras ellos habían estado fuera yo me sentía libre, pero ahora iban a volver y mi «paz» acabaría.

Las peleas y discusiones volverían a ser la pauta del día, y esto no lo soportaría. Tuve miedo y ganas de huir de casa. Hubiera querido vivir en la calle, pero inmediatamente el buen sentido me advirtió que no sobreviviría al frío. Decidí entonces mejor morir en casa, así, además de acabar con todo, aun haría sufrir a mis padres y sentir en la carne todo el dolor que me habían infligido.

Algo me impelía, y oía dentro de mi mente:

-Hazlo rápido, anda, ¡deja de ser cobarde!

Tomé los sobres vacíos y los sacudí para sacar de ellos el máximo posible del polvo que aún pudiesen contener. Con un pedazo de canutito aspiré el resto que estaba en los sobres.

No salió casi nada, pero tuve la satisfacción de no desperdiciar nada del polvo. Fui hasta el cuarto pensando dejar una carta para mis padres, pero desistí pues no tenía nada que decir. Al comenzar a escribir me di cuenta de la gran ambivalencia de mis sentimientos en relación a ellos. Los amaba y odiaba al mismo tiempo. Yo era un estorbo en sus vidas y tenía la seguridad de no ser amado.

Me senté entonces sobre la cama dispuesto a terminar con mi vida. Inyecté todo el contenido de aquella enorme jeringa en una vena. Para evitar una obstrucción yo había usado una aguja muy gruesa. ¿Y si no fuese suficiente? Ya encontraría yo otro modo de desaparecer.

Al terminar la aplicación sentí el corazón desacompasado. Tuve una sensación extraña, no sabía definir si era de calor o de frío. Además de los latidos acelerados del corazón, sentí una constricción en el pecho y me agité confuso, debatiéndome como si tuviera una pelea con los muebles.

El dolor del pecho se hizo violento y todo me parecía irreal. Percibí entonces voces, risotadas y gritos. Las voces me decían:

– ¿Me das un poquito de lo que tienes en la jeringa, sólo un poquito?

– Hey, chico, ¿dónde está nuestro polvo? ¡Devuélvelo ya!

– Nosotros te queremos a tú. Ven más cerca para que todos podamos entrar en esa onda.
Mi cabeza rodaba y yo sentía náuseas. Mi estómago parecía frío y vacío. Yo estaba debilitado por los excesos cometidos durante un mes entero y, cuando la agitación psicomotriz disminuyó, me encogí debajo de la mesa en un rincón del cuarto, queriendo esconderme también de aquellas sombras que hablaban.

Permanecí allí con intención de dormir, pero no tuve otra sensación que la de una pesadilla. Ruidos, barullo y risotadas siguieron envolviéndome y yo continuaba encogido negándome a mirar el cuarto. Lo curioso es que, aún cuando cerrase los ojos, tenía una visión clara de lo que pasaba a mi alrededor. El frío me invadió el alma. No comprendía todavía que me había libertado del cuerpo pues no quería admitirlo. Tenía la impresión de temblar de frío bajo aquella mesita junto a la ventana, encogido como un feto fuera del útero, en busca de calor…

El tiempo pasó, el día se hizo claro y aquellas criaturas continuaban pidiéndome la misma cosa:

– Un poquito más de droga, sólo un poco…

En cierto momento oí ruidos diferentes y luego el grito de mi madre:

– ¿Qué ha pasado? ¡Nuestro hijo se ha caído!

Cuando la vi me di cuenta de que estaba muerto, esto es, de que mi cuerpo estaba sin vida.

Mi madre sufría, entró en pánico. Mi padre se aproximó y comprobó el hecho. En un rápido análisis de la situación concluyó tranquilo:

-Ya sospechaba yo de que el problema era droga. Voy a llamar a la policía.

Yo no podía creer lo que oía. Sentí pavor. ¿Qué clase de hombre era aquel que no sentía ningún dolor por la pérdida de su hijo? ¿Habría estado esperando él ya tal final?

“Desde el plano en que me encuentro ahora, asistido por algunos seres bondadosos que me retiraron del horror en que vivía desde 1977, sólo ahora consigo pensar en mis padres con alguna compasión. Fueron criaturas que en encarnación pasada estuvieron bajó mi responsabilidad, y fui yo mismo quien inculcó en ellos los gérmenes del egoísmo, del orgullo, de la prepotencia y del desamor. Hasta 1994 sufrí el martirio de los suicidas, al lado de ellos, dentro de mi propia casa.”

La policía no tardó en llegar. Llevaron mi cuerpo. Mi madre sufrió y lloró. Para mi padre se acababa con mi partida una parte de sus problemas. De la tristeza pasé a la depresión. Fui atormentado por criaturas que habían tenido una trayectoria semejante a la mía y no me dejaban nunca. Quería calmarme. Yo me agitaba, gritaba a mis padres que me diesen algo para inyectarme pues hasta después de muerto persistía esa necesidad. Pero ellos, naturalmente, no me veían.

Como no conseguía llamar su atención, tuve la idea de ir a los locales donde nos reuníamos los amigos. Allí comencé a absorber las emanaciones que los viciosos exhalaban de sus cuerpos y me apropiaba de sus energías intoxicadas por la droga. Después de aliviarme, observaba la cantidad de otras criaturas que, como yo, se acercaba para consumir la droga por medio de otros cuerpos. Era una visión aterradora. Me acordé de los vampiros en las películas de terror, e, inconscientemente, me sentía igual a ellos. Me había convertido en un «vampiro» succionador de las energías emanadas por los que usan drogas.

“Pasaron algunos meses y yo me habitué a la nueva situación de succionador de los estimulantes exhalados por los viciosos… Con naturalidad, iba y venía de la casa a la plaza de la desgracia donde decenas de jóvenes se reunían, engañados por funestas fantasías y acompañados sin saberlo por perversas criaturas de las tinieblas que se vanagloriaban por cada nuevo muchacho conquistado para las drogas. Esos, en su mayoría provenían de hogares donde la comprensión y el amor no existían, y buscaban entre los mal amados un poco de compañerismo, aunque fuese destructivo. Entre los viciosos había una engañosa comprensión y casi lazos de ternura, pues todos sufrían del mismo mal.

Muchos habían reencarnado como hijos de enemigos de otras existencias y se volvían víctimas de la propia deuda, por falta de fuerzas para soportar con abnegación, fe y esperanza la prueba que, como corregimiento, Dios les había concedido por medio de la cosecha de los frutos de simientes plantadas en el pasado.

De algún modo la solidaridad existía pues uno amaba al otro y todos sufrían mucho la pérdida de cada compañero que «partía para la nada», como pensábamos. Y allí estaba yo, más vivo que nunca y también más nocivo que nunca, acompañado por decenas de otros espíritus que vivían como parásitos de otros drogados. La escena era infernal.

Si un «vivo» pudiese verla, vería las tinieblas reinando en pleno día alrededor de decenas de jóvenes agrupados en aquella plaza.”

Continuará…

Espíritu André K
Médium Gorete Newton
Extraído del libro “Diario de un drogadicto”
Traducción del portugués por: Edite Marti

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.