Desesperación

Me desesperaba ante la vuelta inminente de mis padres. Me daba cuenta de que la casa estaba en total desorden y, más que eso, de que cada rincón estaba inmundo.

No tenía ganas de volver a verlos. Sabía que se enfurecerían con lo que verían. Y me consolaba con el pensamiento: si limpio todo no se darán cuenta de nada.

En tanto miraba el desorden y no tenía ánimo para hacer nada. Era como si una potente energía anulase mis impulsos positivos y una inercia enfermiza se instalase progresivamente en mí. Solamente más tarde llegaría a comprender lo que me sucedía.

Faltaban dos días para el regreso de mis padres. Tuve momentos de descontrol emocional alternados con estados de indiferencia por ellos considerando que nada les debía.

Algunas veces lloré como un niño porque no conseguía negarme a mí mismo que, bien en el fondo de mi corazón, yo los amaba y estaba desolado sintiéndome la más vil de las criaturas. Fue entonces que, en la víspera de su regreso, fui a encontrarme con mi pandilla y nos metimos en un rincón de la plaza donde teníamos la costumbre de reunirnos.

Utilizamos una jeringa grande que debía ser suficiente para todos.

Cuando le tocó a una chica, ella inyectó todo el contenido de la jeringa en su vena, y un colega le gritó:

– ¡¡Por qué has hecho eso, Régula!!. Y saltó sobre ella chupándole desesperadamente el brazo en el lugar de la inyección, pero sin éxito. Inicialmente ella se río, pero enseguida comenzó a lloriquear y a temblar violentamente con movimientos desordenados, hasta que cayó al suelo debatiéndose y arañando.

Todos se desesperaron y uno dijo a los otros:

Vámonos, vámonos que se nos viene un problema…

Todos huimos con miedo a ser inculpados en caso de que ella muriera. En el momento de la fuga yo estaba sosteniendo el resto del polvo que poco a poco consumíamos en cada reunión, fui a casa cargando cuatro sobres suficientes para diluirlos en ocho jeringas grandes.

Ya en casa fui hasta el bar de la sala. Estaba nervioso y precisaba calmarme. No me había inyectado y no tenía jeringa. Inhalé un poco del polvo sintiéndome rico por estar solo con toda esa cantidad.

Sin embargo, sabía que esa libertad acabaría al día siguiente. Mis padres volverían y mi «paz» quedaría amenazada.

Resolví entonces ir a la plaza con la intención de conseguir una jeringa. Ya era tarde cuando me aproximé y vi una ambulancia recogiendo a alguien que supuse ser Régula. Me pregunté si ella habría muerto. Cuando este pensamiento pasó por mi cabeza, me quedé pensando en cómo sería morir. Acabar con todo, poner fin a los problemas, y, quién sabe, provocar un poco de arrepentimiento en mis padres para que ellos pudiesen sentir el peso de su indiferencia por mí.

Esa idea me invadió y empecé a imaginarlos volviendo a casa, llorando afligidos sobre mi cuerpo, exclamando:

– ¡Qué te hicimos, hijito! Está muerto. ¡Está muerto! Ah, eso sería un dolor muy grande. Yo ya no existiría más, todo se acabaría para mí y tendría el descanso eterno. Pero, ¿y el cielo? ¿Existiría realmente? ¿Y el infierno? ¡Qué va! Entonces concluí: éstas son sólo fantasías divulgadas con la intención de controlar por el miedo al pueblo inculto.

Al final encontré en el suelo una jeringa de la pandilla, que llevé a casa y enjuagué. Diluí todo el polvo con agua y azúcar. Lo moví y succioné el líquido llenando completamente una jeringa. Bebí el resto de vodka que quedaba en una botella, y me apliqué un poco del líquido lo que pareció calmar mi cuerpo.

Continuará…

Espíritu André K
Médium Gorete Newton
Extraído del libro “Diario de un drogadicto”
Traducción del portugués por: Edite Marti

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