Las consecuencias

En menos de un mes yo ya había asimilado gradualmente la apariencia de mi nuevo compañero. Modifiqué mis hábitos. Nunca más me corté el pelo. Rechacé a la sociedad con sus costumbres, y hasta a los chicos de mi edad a quienes comencé a mirar con desprecio. De noche salía regularmente con Weber.

Cuando mis padres llegaban yo ya no estaba. Al principio ellos me preguntaban adónde iba. Había peleas constantes. A pesar de eso yo llegaba cada vez más tarde. Y ellos, desilusionados, vencidos incluso antes de luchar, se desconectaron totalmente de mí considerando que yo ya no tenía remedio.

Pasaron los meses y el grupo comenzó a pedirme dinero para comprar el polvo. A fin de cuentas, hasta entonces ellos me habían mantenido dándome lo que les sobraba. Ahora yo tenía que colaborar en la compra de las papelinas. ¿Pero cómo, si yo no tenía dinero ni trabajo?

Me dijeron que, en días alternados para no llamar la atención, yo retirase pequeñas sumas de la cartera de mi padre y del monedero de mi madre. A fin de mes yo ya tenía un buen dinero para comprar drogas. Pero para mis padres no pasó desapercibida la secuencia de robos, notaron que algo estaba mal y se preguntaron el uno al otro sobre la falta del dinero. Sólo después de mucho tiempo fue que relacionaron los pequeños hurtos con mi persona y prepararon una trampa.

Antes de que yo regresara por la noche, contaron el dinero y anotaron su respectivo valor. Y al retirar yo un poco de aquel montón fui pillado in fraganti. Eran casi las dos de la mañana. Las luces de mi cuarto se encendieron y ellos entraron en mi cuarto.

– ¡Eres un ladrón!

Los ojos de mi padre centellaban de odio y en su voz había vibraciones de desprecio. Mis movimientos eran lentos y sin emoción. Apenas los miré. Me importaban poco. Me sentía como un muñeco a quien las personas le reclamaban, permaneciendo sentado sobre la cama sin responder a nada. Solamente en este momento fue que ellos sospecharon que me pasaba algo malo, pero no sabían lo que era. Mi padre me amenazó diciendo que me llevaría a la policía si yo tomaba un solo céntimo más de ellos.

– ¿Qué haces con el dinero que nos robas?, preguntó mi padre.

– He estado saliendo con mi chica.

– ¡Pobrecita! ¿Quién es? ¿Dónde vive? Hay que avisar a sus padres que ella sale con un ladrón y ayudar a la pobre chica que está en tan mala compañía.

Me sentí tan insultado y herido que solté un grito y no pude contener las lágrimas. Estallando, exclamé:

-Ustedes son unos monstruos. ¡Fuera de aquí, los odio!

Mi madre lloró como si algo dentro de ella hubiese despertado. Mi padre exigió que me callase y se quejó:

– Esa es nuestra recompensa después de haber criado un hijo con amor sin dejar que le faltase nada.

Di una carcajada burlona y respondí irritado:

– Realmente no me falta nada. Desde que nací aún no he pasado ni hambre ni frío, pero en cuanto al amor, eso ni pasó cerca de mí. ¡Ustedes sólo se aman a sí mismos y a su maldito dinero!

Esa afirmación derivó en una enorme pelea. Mi padre y yo nos atacamos mientras mi madre intentaba en vano separarnos, hasta que los vecinos llamaron a la policía… Fuimos separados y llevados a la sala de nuestro departamento donde los policías conversaron con nosotros en actitud de comprensión, después de comprobar que éramos padre e hijo, y no extraños o hasta ladrón y víctima como habían imaginado los vecinos…

Mi padre, no queriendo revelar el porqué de la pelea, se disculpó diciendo que tales situaciones podían suceder en cualquier familia, a lo que el policía respondió:

– Sólo espero que no suceda en la mía…

A partir de entonces una indiferencia total reinó entre nosotros tres. Nuestra familia, que ya hacía mucho no existía, se desintegró totalmente. Aun viviendo los tres en una misma casa no intercambiábamos ni una palabra. Cuando mis padres decidieron salir de vacaciones, mi madre vino a darme la noticia:

-Vamos a viajar. Aquí tienes todo lo que necesitas y hasta algún dinero extra para gastos eventuales.

Espíritu André K
Médium Gorete Newton
Extraído del libro “Diario de un drogadicto”
Traducción del portugués por: Edite Marti

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