En plena era nueva

Cap. XVIII – Ítem 9

Algunos seres humanos han dejado en la Tierra, como único rastro de la vida vigorosa que usufructuaron en la carne, sus mausoleos olvidados en un rincón yermo del cementerio.

Ningún recuerdo útil. Ninguna reminiscencia sobre bases de fraternidad. Ningún acto que evoque actitudes como modelo de fe. Ningún ejemplo edificante en los currículos de sus existencias. Ninguna idea que superara la barrera de la mediocridad. Ningún gesto de amor que atrajera sobre sus nombres el rocío de la gratitud.

La tierra conservó forzosamente sus cadáveres — restos de la materia consumida, que recubrió sus espíritus, y que pasan a contribuir sin quererlo como abono de las hierbas silvestres.

Emplearon las concesiones del Padre Magnánimo exclusivamente para sí mismos, y se olvidaron de compartirlos con los compañeros de la evolución, ignorando que la verdadera alegría no prospera si está aislada en un alma, sino que solamente resplandece cuando existe reciprocidad de vibraciones entre varios grupos de seres amigos.

¡Espíritas, muchos de nosotros ya hemos vivido así! Sin embargo, en la actualidad son otros los tiempos y mayores las responsabilidades que se nos presentan.

El Espiritismo, que despliega en nuestras mentes estrechas y embotadas, amplios horizontes de ideal superior, nos impulsa hacia delante, rumbo a las Cumbres de la Perfectibilidad.

La humanidad activa y menesterosa, atenta a la edificación de su porvenir triunfal, nos convoca al trabajo.

El espíritu es un monumento viviente de Dios, el Creador Amoroso. Honremos nuestro origen divino mediante la creación del bien, a fin de que acompañe como una lluvia de bendiciones nuestras propias huellas.

Hermanos, triunfad sobre la rutina que esclaviza.

Cada día renace la luz de una nueva vida; con la muerte mueren nada más que las ilusiones.

El espíritu debe ser conocido por sus obras.

Es necesario vivir y servir.

¡Es necesario vivir, hermanos míos, ser algo más que polvo!

Eurípedes Barsanulfo

Médium Francisco Cândido Xavier y Waldo Vieira
Extraído del libro “El Espíritu de la Verdad”
Traducción al castellano: Marta Haydee Gazzaniga

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