Avaros

HumbertoUn triste padre desencarnado se presentó en la Sala de Auxilio y rogó al noble instructor que presidia la reunión habitual:

– Dedicado amigo, aún tengo en la Tierra a dos hijos en plena madurez, suplico autorización con el fin de amparar más seguido a uno de ellos, que me parece está al borde de una caída inminente.

Ante la benévola expresión del sublime dignatario, el solicitante continuó:

– Ignorante de los principios de causa y efecto, mi Leocádio amasó millones, haciéndose propietario de inmensa fortuna. Es un miserable avaro, que se mueve entre cofres llenos y establecimientos bancarios, tesoros y joyas. Antes era de corazón generoso, con el tiempo éste se resecó. Ahora veo en él un cruel usurero… En casa se transformó en un chiflado. Se ha olvidado de que la esposa merece su cariño, de que los hijos, jóvenes aún, necesitan educación; si ellos reclaman, les da bastante dinero para que no lo perturben en sus reflexiones aparentemente tranquilas, en las cuales se deleita en pesadillas doradas. No consigue pensar en otra cosa que no sea haciendas y tierras, monedas y cuentas bancarias. Y al mismo tiempo que muestra una prodigalidad exagerada, al pie de la familia, fuera del ambiente doméstico, no da un centavo a nadie. Es un verdugo de los empleados que le sirven, fiscalizando ollas y armarios… Los favores que da, los cobra con un interés alto, y en las compras que realiza, todo regatea… En materia de fe religiosa, acepta cualquier interpretación, desde que nadie le censure el frenético apego que tiene al dinero, que ahora lo tiene en el pensamiento como ídolo inamovible.

Preocupándose frente al silencio con que era observado, terminó suplicando:

– ¡Juez amoroso, dame permiso para seguir, paso a paso, a mi pobre hijo que la pasión del dinero transformó en un alienado mental!

Como el solicitante se detuvo, chocado por la emoción, el mentor preguntó:

– Si te pronuncias en la condición de padre de dos hijos, es natural que te refieras al otro.

– ¿El otro? dijo el interesado, dejando entrever una gran esperanza – el otro es Levindo, carácter puro, irreprochable. Desde joven, es un genio. Hace precisamente cuarenta años, que no tiene otra preocupación que no sea estudiar a los filósofos y a los científicos de la Humanidad. Vive rodeado de estantes, en donde se encuentran documentos de milenaria importancia. Lee Platón en puro Griego y descifra los códigos egipcios con una habilidad que nada tiene que envidiar Champollion. Conoce las religiones con un admirable sentido crítico. Con relación a las civilizaciones antiguas y nuevas, responde con precisión a todas las consultas que se le realicen…

Frente a la pausa que surgió, espontánea, el emisario de la Esfera Superior indagó, solícito:

– ¿Él qué hace con tamaño patrimonio de cultura?

– Mi hijo es autosuficiente – informó el progenitor, entre orgulloso y tranquilo.

Continuó la indagación:

– ¿Es profesor con muchos discípulos?

– No se trata de un profesor, sino de un sabio.

– Sin embargo no enseña lo que sabe, ¿tampoco alfabetiza a ese o a aquél hermano
necesitado de la escuela?

– Él no necesita trabajar para el propio sustento.

– Aun así, ¿no se dedica, por espíritu de servicio, a colaborar en las actividades de alguna
institución de beneficencia?

– Sinceramente, no. Tiene la índole de quienes dedicado a la paz de sí mismo y no soporta las complicaciones del pueblo.

– ¿No adopta niños, para transmitirles a través de los sentimientos los modelos de la vida
superior?

– No tolera la ingratitud y hoy teme adoptar niños que mañana le quiten la seguridad…

– ¿No escribe ni habla en público para instruir a sus semejantes y consolarlos?

– De ninguna manera. No se anima a bajar de la altura intelectual en que vive para tratar con aquellos que, seguramente, lo llevarían a deprimirse por la discusión… Vive solo, creyéndose ser un astro luminoso, pero absolutamente incomprendido en la Tierra…

El representante de la excelsa justicia meditó por algunos momentos y como quien no podía perder tiempo, resumió el consejo, aseverando:

– Reconsidera la solicitud, mi amigo.Tus dos hijos son avaros, necesitados del Socorro Divino; sin embargo, el usurero esclavizado al oro, encuentra en el propio dinero una motivación para la prueba y el trabajo. Aunque desee descansar en los haberes que retiene, sólo encontrará en los bienes materiales motivo de incesantes torturas. Conocerá la verdad más temprano, por vivir en contacto directo con la hipocresía. Estará en lucha constante para poder asegurar la fortuna que amontonó, sufriendo entre los mejores amigos de aflicción y desconfianza, y apenas desencarne, sufrirá de terribles desilusiones, seguido de la agonía de ver como las ambiciones de muchos de sus familiares, van a disputar sus despojos en los tribunales, como aves de rapiña sobre el cuerpo de la presa. Desencantado y torturado, él mismo va a suplicar por una reencarnación rápida, con el fin de olvidar los antiguos engaños y reparar los propios errores. Pero tu hijo supuestamente sabio,es avaro del alma, está amenazado de soledad y desequilibrio por muchos siglos, por que atraviesa los días sin provecho para nadie. Aislado en el orgullo y en la vanidad del saber y huyendo de la felicidad y obligación de servir, él hace recordar al pozo de agua rica y cristalina que por estar aislado e inútil, termina lleno de podredumbre…

Y, ante el padre asombrado, el juez terminó:

– Ampara a tu hijo atormentado en la Tierra, por la usura de la posesión; sin embargo, no te olvides de que la avaricia de la inteligencia que enloquece al otro, es mucho peor.

Espíritu Hermano X
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Relatos de la vida”

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