Aprender es lo mismo que recordar (Platón)

Juan_Miguel_FernándezVivía en Nueva York una señora holandesa, morena y de baja estatura, que anteriormente se había llamado Henriette Ross. Cuando se casó pasó a llamarse Henriette Weisz Ross, más tarde cuando se divorció, mantuvo el apellido de su marido ya para siempre, habiendo declarado que se sentía muy a gusto con él. Pasado el tiempo se trasladó a vivir a París, costeándose con la pintura su subsistencia, especializándose en la realización de retratos.

Cierta noche de verano se acostó muy temprano, pero unos insistentes pensamientos no le permitieron conciliar el sueño. Se levantó y se puso a pintar, haciéndolo de una manera automática, en la oscuridad, sin tener la menor idea de lo que estaba haciendo. Después, ya tranquila, se acostó y durmió profundamente. A la mañana siguiente, se encontraba en su caballete el bello retrato de una mujer desconocida. Ante tan extraña experiencia, un día llevó la pintura a una mujer que poseía facultades psíquicas y mediúmnicas con respecto a los objetos que contemplaba y tocaba, es decir, a una psicómetra.

Una vez revisado el cuadro, la manifestó que Goya, el gran pintor español fallecido en 1828 “…la estaba informando que ella le había recibido en s ucasa, en una gran ciudad del sur de Francia y que entonces, lo ayudó a huir de su país y de sus enemigos. Que Goya la estaba muy agradecido hasta el presente y que quería ayudarla, pero que sentía que ella se resistía, debido a la educación académica que poseía, por lo cual no aceptaba la orientación del Espíritu del artista español. Fue por eso que la obligó a pintar en la oscuridad a fin de que no percibiese lo que estaba haciendo…”

Hasta entonces, a pesar de ser pintora, la Sra. Weisz Ross confesaba que nunca había leído nada sobre Goya. Aquella noche fue a casa de una amiga que poseía un ejemplar de una detallada biografía del artista español. Al leerla, descubrió con asombro, la historia de Rosarito Weisz en cuya casa, en Burdeos, Goya se había hospedado durante el período en que estuvo exiliado, casi al final de su vida. De esta forma la señora Weisz constataba su propia reencarnación.

La doctrina de los renacimientos no es nueva y fue la piedra angular de todas las filosofías y religiones del pasado, la que fue estudiada por filósofos, sabios y místicos de todos los tiempos, legando sus enseñanzas a la posteridad. Los Vedas cantan, en poemas inmortales, la liberación de las cadenas de los renacimientos. Buda la difundió, enseñando a sus discípulos el mecanismo de la inmunidad “a la enfermedad, a la miseria, a la vejez y a la muerte”.

Krishna expuso con claridad el pensamiento reencarnacionista, al explicar “Cuando el cuerpo se deshace, mientras la pasión lo domina, el alma pasa a habitar uno nuevo entre aquellos que están apegados a las cosas de la Tierra”.  Jesús le habló al sabio Nicodemo de la “necesidad de nacer de nuevo”.

En los primeros tiempos del Cristianismo las enseñanzas estaban impregnadas de la gran doctrina de la reencarnación y sólo fue prohibida en el Concilio de Constantinopla, celebrado en el 553. Un Concilio cuidadosamente preparado por el emperador bizantino Justiniano, que lo consideró un “anatema” (excomunión).

Dos factores llevaron entonces a la Iglesia a esa decisión: 1) La gran campaña desencadenada por Teodora – cortesana libidinosa, amante y posteriormente esposa de Justiniano ­, que no se conformaba con la idea de tener que reencarnar diversas veces para expiar sus crímenes y pecados. Ya que a pesar de que existían las sospechas de que ella era responsable por la muerte de dos Papas, quería un cielo inmediato.

2) La doctrina del cielo y del infierno próximo, daba más poder al clero en vías de consolidación. Una vez cristalizado,es muy difícil remover o modificar un dogma.Por ello, hasta hoy, la Iglesia condena la doctrina de la reencarnación.

Con la reencarnación se esclarecen varias dificultades con las que se debate la Psicología. Y es que el alma, peregrinando en múltiples etapas reúne el material que le posibilita el avance o el estancamiento en los diferentes peldaños de la evolución. En cada nuevo renacimiento, el Espíritu repite la experiencia en la que fracasó hasta alcanzar la superación que le permite la libertad. Por esta razón no es raro encontrar jóvenes portadores de patrimonio moral e intelectual, que no es posible conseguir en una sola existencia.

Naturalmente, una filosofía espiritualista y comportamental como el Espiritismo, no podía dejar de considerar la idea reencarnacionista, como respuesta cabal a tanta incógnita relativa al hombre, su origen y su destino. Kardec con mucha propiedad, en el Libro de los Espíritus, Cap. IV preg. 166, dice “¿Si no alcanzó la perfección durante la vida corpórea, por qué medios el Espíritu alcanza la depuración? – “Sometiéndose a la prueba de una nueva existencia”. Y en la pregunta 171, indaga: ¿En que se fundamenta la Ley de la Reencarnación? – “En la justicia de Dios y en la revelación; el buen padre deja abierta una puerta para el arrepentimiento. ¿No nos indica la razón que sería injusto privar para siempre de la felicidad eterna a aquellos a los cuales no se les dieron todas las oportunidades para mejorarse? ¿No son hijos de Dios todos los hombres? Solo entre los egoístas son comunes la iniquidad, el odio implacable y los castigos eternos.

Juan Miguel Fernández Muñoz

Extraído de la revista Espirita «Ángel del bien»

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