Tiempos de agonía

J.herculano_piresEl desenvolvimiento de la humanidad está dividido en etapas de agonía y de muerte, seguidas de fases más estables de resurrección y de reconstrucción. Las fuerzas que determinan esa espantosa sucesión se hallan en la misma criatura humana. Sería inútil que buscáramos una explicación teológica fundada en las supuestas iras de Dios o de la justicia divina, como igualmente sería inútil procurar encuadrarla en las brillantes teorías relativas a la influencia de los ritmos telúricos.

La misma doctrina aristotélica de la generación y corrupción no podría darnos los elementos concretos del fenómeno. Según Toynbee, las civilizaciones se desarrollan en las líneas conceptuales de una religión fundamental y entran en agonía cuando se desvanece su poder vital. La relación sociedad-religión parece perfectamente valida, pero no nos ofrece el secreto de esa extraña mecánica de la agonía.

Los procesos socio-culturales de cada civilización tienen su fuente de origen en el hombre, pues la sociedad se presenta objetivamente como un conglomerado humano. Por tanto, es evidente que el ritmo agónico debe estar ligado a las entrañas y al psiquismo del hombre. Como ahora estamos viviendo, precisamente, en una de las curvas agudas de ese ritmo, tal vez la más aguda por la que ha pasado la humanidad, el momento es propicio para examinar el fenómeno en vivo, palpando con los dedos sus elementos determinantes.

La agonía actual de las religiones es generalmente considerada como una resultante de la situación crítica de la sociedad en su acelerado desarrollo tecnológico. El mundo de lo superfluo, en contradicción con el mundo de escasez, que conforma la estructura social en que vivimos, llevaría a la civilización actual a un callejón sin salida. Las religiones agonizan porque el hedonismo social y la correspondiente pedantería cultural vaciaron igualmente las arcas metálicas de los ricos, los baúles de creencias y credulidades de los pobres, las ansias de éxito de la clase media de la sociedad, las fuentes de riqueza del planeta, como así también el conjunto de sueños sobre la Luna y las esperanzas de un cielo convertido en fríos desiertos siderales en los que giran mundos áridos y despoblados. Inviértese la tesis de Toynbee.

Las religiones serían generadas y mantenidas por las civilizaciones, como la miel por las comunidades de las abejas. Dios, hijo del hombre, esta muerto, según manifiestan los teólogos más avanzados. Y mientras los religiosos vuelven a matarse recíprocamente en nombre del Dios muerto, las grandes potencias de la civilización preparan, sin otra perspectiva, los funerales atómicos de la Tierra. La opresión estatal ahoga al hombre en las áreas capitalistas y socialistas.

El Leviatán, de Hobbes, amenaza al mar, a la tierra y al cielo; ¿Como descifrar el enigma de estos tiempos apocalípticos cuando el propio acto de pensar parece estar sujeto a controles telepáticos? Los defensores de la libertad se convierten en terroristas y secuestradores o en líricos distribuidores de flores mustias perfumadas con las palabras muertas de amor y paz. La inocencia de los niños se pierde en la vorágine de la criminalidad infantil, y los ancianos quebrantados y de ojos vacíos no encuentran mas en los templos los estímulos de la fe que los alentó en la infancia, en la adolescencia, en la juventud y en la madurez. Los padres sin sotanas y las monjas sin hábitos, los monjes sin escapularios y los santos casados ya no pueden consolar a los creyentes.

¿Qué es lo que acontece para que todo se subvierta de esa manera total y violenta? ¿Fue la muerte de Dios que vació al mundo o fue el vacío del mundo que mató a Dios? Las estructuras sociales son coercitivas. Desde el clan a la tribu y a la horda, y de ésta a la civilización, la ley del aglomerado humano es una sola, más se desarrolla a un ritmo de presión creciente. La coerción aumenta en razón directa de la estructuración. Desde la cabaña del paje hasta la sacristía, la religión sigue ese mismo ritmo. La masificación del hombre en la sociedad moderna hizo el camino de retorno sobre las conquistas del individualismo ateniense. Esparta suprimió a Atenas. El sueño frustrado de La República de Platón ya preanunciaba el Leviatán de Hobbes.

El desenvolvimiento tecnológico aumentó la presión social sobre el hombre, como el desenvolvimiento de la institucionalización religiosa generó el totalitarismo eclesiástico de las grandes civilizaciones orientales -leviatanes teocráticos-, y forjó el engranaje férreo del milenio medieval. Los sueños del Renacimiento -un instante para respirar- apagáronse impotentes en las garras de acero de la tecnología contemporánea. La tenaza social de la moral y de la religión aplastó a las generaciones en nombre de la utopía conjugada de civilización y libertad.

La desesperación existencial de Kierkegaard y la náusea de Sartre fueron los frutos amargos del ocultamiento de la naturaleza humana por la hipocresía farisaica de los formalismos sociales y religiosos. El hombre formalizado perdió la naturalidad y sólo tuvo una salida para su angustia existencial: Matar a Dios y rebelarse contra la sociedad. El hecho no es nuevo. Se repitió en la historia con los episodios de represión violenta de los rebeldes en las civilizaciones teocráticas y masivas del Egipto faraónico, de la Mesopotamia, de Israel con sus leyes de pureza, de la Edad Media y de la etapa victoriana en Inglaterra. Los libertinos medievales, la prostitución romana, el nudismo de las comunidades religiosas que buscaban el estado de gracia del paraíso perdido, el deslumbramiento de la Europa del siglo XVI ante la supuesta libertad absoluta de los salvajes de América, son antecedentes de la era pornográfica que caracteriza al libertinaje de nuestro tiempo. Bastan esos hechos para poder palpar con nuestros dedos lo íntimo de la verdad.

En Los demonios de Loudun, Aldous Huxley nos ofrece un cuadro elocuente de las medidas eclesiásticas y de las providencias estatales en la Europa de los siglos XVI y XVII, con repercusiones en el siglo XVIII, para aliviar la presión moral y religiosa de la caldera social. Informa Huxley: “Los prelados franceses y alemanes estaban acostumbrados a recibir el cullasium de todos los padres e informaban a aquellos que no tenían concubinas que podrían tenerlas, si quisiesen, pero que deberían pagar para eso una licencia, y, además, que esa licencia debería ser pagada incluso por quienes no las tuviesen”.

El celibato forzado se manifestaba de tal manera que era conveniente reglamentarlo, a fin de salvarse por lo menos la apariencia de santidad de los clérigos. En una de las notas de su Diccionario, Bayle cuenta como el Senado de Venecia toleraba los escándalos del clero para desprestigiarlo ante la opinión pública, en favor de las conveniencias del Estado. La deformación de la criatura humana por las exigencias antinaturales de las religiones nos da la clave del proceso cíclico de la muerte de las civilizaciones. Eso no quiere decir que tengamos que aceptar las teorías actuales de una psicología libertina, sino que debemos comprender el error y el peligro de las represiones extremas en nombre de la moral y de las religiones. Podemos comprender claramente que ese extremismo equivale a la medicación del disfraz, que esconde el mal permitiendo su desarrollo oculto en el organismo social.

La Inglaterra de la moral victoriana está hoy en lucha con la explosión de situaciones incontrolables. Su
Parlamento majestuoso es llevado a establecer leyes y medidas deletéreas, como las referentes a los problemas de la homosexualidad juvenil. El misterio de los ciclos agónicos es fácilmente descifrado cuando levantamos la mascara de la hipocresía de las sociedades antinaturales. Lo mismo se da en lo relacionado con las religiones represivas, que acaban vencidas por la rebelión de los instintos naturales, agonizando en el descrédito o siendo sustituidas por otras. Acúsase al Cristianismo de ser el responsable de la universalización de la hipocresía, pero los mismos Evangelios testimonian la actitud racional de Cristo frente a quienes pretendían lapidar a la mujer adultera. En el caso de Zaqueo, Cristo acepta su hospitalidad cuando aquél promete devolver a los pobres el fruto impuro de sus robos. Magdalena, arrepentida, se convirtió en la seguidora dedicada y la escogida para ser la primera en verlo después de la resurrección. No hay ninguna duda de que los excesos represivos del Cristianismo no han sido determinados por Cristo, sino por sus apóstoles judíos, contaminados por la hipocresía farisaica y de otras sectas judías.

El apóstol Pablo, el que mejor comprendió la posición de Cristo en tantos aspectos, no consiguió escapar a los prejuicios del judaísmo, dada su formación judía, refiriéndose a los procesos de represión y haciéndolos aún más agudos en la religión naciente. Explícase la actitud paulina con los abusos y excesos de las religiones paganas, mitológicas, en que las practicas fálicas, los rituales dionisíacos, toda la herencia de la vieja Sumeria, de la Mesopotamia, del libertinaje de Grecia y de Roma contaminaban a las ingenuas comunidades cristianas, amenazando con sus excesos los principios espirituales de la nueva religión. Pablo, extremadamente celoso, apegábase a los residuos de su formación farisaica, actuando con violencia para impedir que los cristianos volvieran a las prácticas de irresponsabilidad moral. Mas hay una enorme distancia entre las medidas enérgicas de Pablo, que no usaba la mascara de la hipocresía, y las medidas represivas que más tarde judaizarían las religiones cristianas.

Él, que combatió sin cesar a los apóstoles judaizantes, cometió el mismo error que tanto condenara, pero justificado por las circunstancias de una época de ignorancia y de costumbres generalmente condenables. El punto crucial del problema religioso se llama hipocresía. Y la hipocresía resulta de las actitudes egoístas, de la falta de comprensión del verdadero sentido de la religión, que es el camino y no el punto de llegada de la espiritualización del hombre. Los religiosos que pretenden lograr la santidad de la mañana a la noche, que se revisten de pureza exterior, encubriendo la podredumbre interior, son los hipócritas condenados enérgicamente en el Evangelio.

La solución de este grave problema, que responde por la muerte cíclica de las civilizaciones, esta en la comprensión de la verdadera naturaleza del hombre, del proceso natural de su desarrollo espiritual. Los artificios purificadores solo sirven para disfrazar a los individuos pretenciosos. Las prácticas ascéticas no pueden ser forzadas. Las pasiones y los instintos del hombre son manifestaciones de fuerzas vitales que, bajo el control de la razón y del sentimiento, pueden y deben guiar al Espíritu con rumbo a lo trascendente. Repetimos ahora los ciclos agónicos de Oriente, de Grecia y Roma, de Israel, de la Europa medieval. La explosión pornográfica se sobrepone a los instintos vitales y a los controles sociales, y la agonía de las religiones anuncia la muerte de la civilización tecnológica. No obstante, existe una esperanza para la brillante civilización condenada. Las fuerzas del Espíritu reaccionan contra el derrocamiento moral. Como en la caída de Bizancio, mientras los clérigos cantan y predican en medio de la destrucción, hay vigías de una nueva era que avizoran el futuro en las alturas.

Es lo que procuro demostrar en este libro, en una rápida confrontación de las estructuras envejecidas con las nuevas construcciones que emergen de la misma tierra, bajo nuestros pies. Contaminada, envenenada, devastada, amenazada, la Tierra de los hombres, nuestra madre, nos invita a subir -con Saint-Exupéry-, hacia nuevas dimensiones de una realidad en la que estamos perdidos.

J. Herculano Pires
Extraído del libro «La Agonía de las religiones «

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