La vista espiritual o doble vista

animaisGabrielDelanneLa vista espiritual, vulgarmente llamada doble vista, lucidez, clarividencia o finalmente, telesthesia, y ahora criptesthesia, es un fenómeno menos raro de lo que generalmente se cree; muchas personas tienen esta facultad y no se dan cuenta de ello; lo único que ocurre es que está más o menos desarrollada, y es fácil asegurarse de que es extraña a los orígenes de la visión, puesto que se ejecuta sin ayuda de los ojos durante el sonambulismo natural u provocado. En ciertas personas existe en el estado normal más perfecto, sin la menor prueba aparente de sueño o éxtasis. A este propósito he aquí un testimonio de Allan Kardec. (1)

“Conocimos en París una señora en la cual la vista espiritual es permanente y tan natural como la vista física; ve, sin esfuerzo y sin concentración, el carácter, los hábitos y los antecedentes de cualquiera que se le acerca; describe las enfermedades y prescribe tratamientos eficaces con más facilidad que los sonámbulos corrientes; le basta pensar en una persona ausente para que la vea y la designe.

Estábamos un día en su casa y vimos pasar por la calle a una persona con quien estamos en relación y a la que ella no había visto jamás. Sin ser provocada por ninguna pregunta, le hizo el retrato moral más exacto y nos dio a este propósito prudentes advertencias. “Esta señora, sin embargo, no es sonámbula; habla de lo que ve como hablaría de otra cosa, sin molestarle en sus ocupaciones. ¿Es médium? Lo ignora ella misma, pues hasta hace poco tiempo no conocía ni el nombre de Espiritismo.”

Podemos añadir nuestro testimonio al del maestro. Hace unos veinte años estuvimos en relación con Mme. Bardeau, que gozaba de esta facultad. Pudo describir exactamente personajes que vivían en provincias, muy lejos, en el Mediodía, que ella no había visto jamás, y dar de su carácter detalles circunstanciales. También hizo ciertas predicciones que se han realizado.

No obstante hallarse en su estado normal, con los ojos abiertos de par en par, y mientras continuaba la conversación sobre otros asuntos, se interrumpía de vez en cuando para añadir algunos rasgos que completaban la fisonomía o el carácter de aquellas personas ausentes.

Hoy conocemos a una comadrona, Mme. Renardat, que puede ver a distancia sin estar dormida. Hemos tenido la prueba innegable; pues nos ha descrito con fidelidad a un tío nuestro, habitante de Gray, indicando su enfermedad, ignorada por los propios médicos, y prediciendo su muerte sin haberle conocido jamás. Esta señora ve a los espíritus como a los vivos. Hemos podido convencernos, por las afirmaciones de nuestros amigos, que estaba en relación con las almas que han abandonado la Tierra, pues hacía su descripción física y su lenguaje recordaba al que estas almas tuvieron durante su vida.

Desde hace quince años hemos tenido numerosas ocasiones de estudiar la mediumnidad  vidente. No se presenta siempre con ese carácter de constancia que observamos en los relatos precedentes; lo más frecuente es que sea fugitiva, momentánea; pero tal como es, permite asegurar que la creencia en la inmortalidad no es una yana ilusión de nuestro espíritu prevenido, sino una realidad grandiosa, consoladora y citar un cierto número de experimentos que establecen que la visión de los espíritus es objetiva, pues coincide, explicándolos, con los fenómenos físicos que caen bajo los sentidos materiales y que cualquiera de nosotros puede comprobar. (2)

Cuando una mesa se mueve y un médium vidente describe al espíritu que obra; cuando ese médium anuncia hasta lo que va a ser dictado por mediación del mueble, está fuera de razón imaginar que no ve nada realmente, puesto que su predicción se realiza y el espíritu atestigua su presencia por su acción sobre la materia. Si se quiere reflexionar cuidadosamente que desde hace más de cien años las investigaciones espiritistas prosiguen en el inundo entero; que tienen lugar en los medios más diversos; que han sido controladas millares de veces por investigadores pertenecientes a las clases más instruidas, y por consiguiente, las llenos crédulas de la sociedad, será preciso admitir que es absurdo suponer que estos fenómenos no son producidos por los espíritus.

Es, pues, por medio de incesantes comunicaciones con el inundo del más allá, por nuestras relaciones, interrumpidas con los habitantes del espacio, como hemos llegado a poseer conocimientos ciertos sobre la vida de ultratumba. Recordemos que existen más de doscientas publicaciones escritas en todas las lenguas que se hablan en el globo, que los trabajos de cada uno se prosiguen aisladamente, y que, a pesar de esta diversidad prodigiosa de fuentes de información, la enseñanza general es la misma en sus partes fundamentales. Se convendrá que semejante concordancia es una buena base para afianzar la convicción que se ha producido en cada uno de los experimentadores, tan pronto ha estudiado los hechos por sí mismo.

Expongamos, pues, sin cesar los resultados adquiridos no nos cansemos de poner ante los ojos del público los documentos que poseemos y, lentamente tal vez, pero con seguridad, llegaremos a hacer penetrar en las masas estos conocimientos indispensables para su progreso y felicidad. La envoltura del alma ha sido objeto de estudios perseverantes por parte de Allan Kardec. Confiesa él mismo no haber tenido jamás, antes de conocer el Espiritismo, ideas particulares sobre este asunto. Son sus conversaciones con los espíritus lo que le han hecho conocer el cuerpo fluídico, y le han permitido comprender su papel y su utilidad. Invitarnos a los que quieran asistir a la génesis de este descubrimiento a leer la Revue Spirite de 1858 a 1869. Verán cómo poco a poco ha sido reunida esta enseñanza hasta suministrar una teoría racional, que explica todos los hechos con una irreprochable lógica. No pudiendo extendernos demasiado sobre este punto, nos limitaremos a citar una evocación que podrá servir de modelo a todos los investigadores deseosos de comprobar por sí mismos estas enseñanzas.

(1) La palabra fluido no designa una materia particular; significa un movimiento ondulatorio del éter, análogo a los que dan origen a la electricidad, la luz, el calor, los rayos X, etc.

(2)Allan Kardec, Revue Spirite, junio de 1867.

Extraído del libro “El alma es inmortal”
Gabriel Delanne

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