Los primeros cristianos

Gabriel  DelanneEs, por lógica, obligado explicar la acción del alma sobre la envoltura física, en la cual han creído los primeros cristianos, creyendo además en la existencia de una sustancia mediadora. Por demás es incomprensible que el espíritu sea puramente inmaterial; pues entonces no tendría punto alguno de contacto con la materia física, y cuando no estuviese ya individualizado en el cuerpo terrestre, no podría existir.

El individuo está siempre determinado en el conjunto de las cosas por sus relaciones con otros seres; en el espacio, por la forma corporal, en el tiempo, por la memoria. El gran apóstol San Pablo habla, en varias ocasiones, del cuerpo espiritual (1), imponderable, incorruptible; y Orígenes, en sus Comentarios sobre el Nuevo Testamento, afirma que este cuerpo, dotado de una virtud plástica, sigue al alma en todas sus existencias y en todas sus peregrinaciones, para penetrar e informar a los cuerpos más o menos groseros y materiales que esta alma reviste, y que le son necesarios en el ejercicio de sus diversas vidas.

He aquí, según Pezzani, la opinión de algunos Padres de la Iglesia sobre esta cuestión: (2) Orígenes y los Padres alejandrinos, que sostenían el uno la certidumbre y los otros la posibilidad de nuevas pruebas sucediendo a la prueba terrestre, tenían empeño en plantearse la cuestión de saber qué cuerpo debía resucitar en el juicio final. Resolvieron esta cuestión no atribuyendo la resurrección más que al cuerpo espiritual, como lo hicieron San Pablo y, más tarde, San Agustín mismo; representándose los cuerpos de los elegidos como incorruptibles, sutiles, tenues y soberanamente ágiles (3).

Entonces, puesto que este cuerpo espiritual, compañero inseparable del alma, representaba, por su sustancia quintaesenciada, todas las otras envolturas groseras de que el alma había podido estar pasajeramente revestida y que había tenido que dejar a la podredumbre y a los gusanos de los mundos atravesados por ella; puesto que este cuerpo había penetrado con su energía todas las materias utilizadas para un uso perecedero y transitorio, el dogma de la resurrección de la carne sustancial recibía con esta concepción sublime una brillante confirmación.

El cuerpo espiritual, de esta forma concebido, representaba todos los otros, que no merecían el nombre de cuerpos si no por su adjunción a este principio vivificante de la carne real, es decir, a lo que los espiritas han llamado periespíritu. (4)

1 Corintios, XV, 35.
2 Pezzani, diario La Verdad, 5 abril 1863.
3 San Agustín, Manual cap. XXVI.
4 Bordeau, Le probléme de la mort.

Tertuliano (1) dice que los ángeles tienen un cuerpo que les es propio, y que pudiendo transfigurarse en carne humana, pueden, por un tiempo, dejarse ver por los hombres y comunicarse visiblemente con ellos. San Basilio opina lo mismo. Pues, aunque haya dicho en alguna parte que los ángeles no tienen cuerpo, no obstante, en el tratado que ha compuesto sobre el Espíritu Santo, anticipa que se hacen visibles a las especies con su propio cuerpo, y que aparecen a los que son dignos de ello.

No hay nada en la Creación, nos enseña San Hilario, cosas visibles o invisibles, que no sea corporal. Las almas mismas, estén o no unidas a un cuerpo, tienen una sustancia corporal inherente a su naturaleza, por la razón de que es preciso que toda cosa esté en alguna cosa…

Y siendo sólo Dios incorporal, según San Cirilio de Alejandría, únicamente Él puede no estar circunscrito, mientras que todas las otras criaturas deben estarlo, aunque sus cuerpos no se parezcan a los nuestros. Y que si e llama a los demonios, animales aéreos, con Apuleyo, es en el mismo sentido que da el gran obispo de Hipona: porque los unos tienen naturaleza corporal y los otros son de la misma esencia. (2)

También San Gregorio llama al ángel un animal razonable (3) y San Bernado nos dirige estas palabras: “Concedamos sólo a Dios la inmortalidad, así como la inmaterialidad, pues no hay más que su Naturaleza que no tenga necesidad, ni para sí misma ni para otra, del socorro de un instrumento corporal” (4). Y esta doctrina era en cierto modo la del gran Ambrosio de Milán, cuyos términos he aquí: “No nos imaginamos ningún ser exento de materia en su composición, con la sola y única excepción de la sustancia de la adorable Trinidad.” (5)

El maestro de las sentencias, Pedro Lombard, dejaba la cuestión indecisa, no obstante,  exponía esta opinión de San Agustín: “Los ángeles deben tener un cuerpo al que no están sometidos, cambiándolo y moldeándolo según las formas que quieren darle para apropiarlo a sus actos.”

1 Tertuliano, De Carne Christi, cap. VI.
2 San Agustín, Scsp. Cen. ad. litt., I, III, cap. X.
3 Homilía X, in Evang.
4 Sup. Quantie, Homilía X.
5 Abraham, t. II, cap. XIII, núm. 58.

Gabriel Delanne
Extraído del libro «El Alma es inmortal»

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