La enseñanza de los espíritus

delanneSi la cuestión del hombre espiritual ha permanecido tanto tiempo en estado de hipótesis, es porque faltaban los medios de investigación directa. Lo mismo que las ciencias no han podido desenvolverse seriamente sino después de la invención del microscopio, del telescopio, del análisis espectral, de la fotografía, de la radiografía, etc.., del mismo modo el estudio del espíritu ha adquirido un vuelo prodigioso con la hipnosis y, sobre todo, desde que la mediumnidad nos permite someter a estudio al espíritu desprendido de la materia corporal.

He aquí lo que nuestras relaciones con los espíritus nos han enseñado sobre la constitución del alma. De las numerosas observaciones hechas en el mundo entero, resulta que el hombre está constituido por la reunión de tres principios:

1° el alma o espíritu, causa de la vida psíquica;

2° el cuerpo, envoltura material a la que el alma está temporalmente asociada durante su paso sobre la Tierra;

3° el periespíritu, substrátum fluídico, que sirve de lazo entre el alma y el cuerpo por medio de la energía vital.

Del estudio de este organismo es del que resultan conocimientos nuevos que nos permiten explicar las relaciones del alma con el cuerpo; la idea directriz que preside la formación de todo individuo viviente; la conservación del tipo individual y específico a pesar de los cambios perpetuos de la materia; y en fin, el mecanismo tan complicado de la máquina viviente. La muerte es la desagregación de la envoltura carnal cuando el alma la abandona dejando la Tierra; el periespíritu sigue al alma a la cual está siempre adherido.

Está formado por materia en un estado de rarefacción extrema. Este cuerpo etéreo, invisible para nosotros en su estado normal, existe, pues, durante la vida terrestre. Es el intermediario por el cual se transmiten las sensaciones físicas percibidas por el yo, y es a través de él que el espíritu puede manifestar al exterior su estado mental. Se ha dicho que el espíritu es una llama, una chispa, etcétera; esto debe entenderse del espíritu propiamente dicho, como principio intelectual y moral al cual no se sabría atribuir una forma determinada; pero en cualquier grado que se encuentre en la animalidad o en la Humanidad está siempre íntimamente asociado al periespíritu, cuya eterización está en razón de su avance moral. De manera que, para nosotros, la idea de espíritu es inseparable de la de una forma cualquiera, y no concebimos el uno sin la otra.

“El periespíritu forma, pues, parte integrante del espíritu, como el cuerpo forma parte integrante del hombre; pero el periespíritu solo no es el espíritu, como el cuerpo no es el hombre, pues el periespíritu no piensa, no obra solo; es al espíritu lo que el cuerpo es al hombre: el agente del instrumento de su acción.”

Según la enseñanza de los espíritus, esta forma fluídica se extrae del fluido universal, del que es, como todo lo que existe materialmente, una modificación. En breve justificaremos esta manera de entenderlo. A pesar de la tenuidad extrema del cuerpo periespiritual, éste se halla constantemente entrelazado al alma, que se puede considerar como un centro de fuerza. Su constitución le permite atravesar todos los cuerpos con más facilidad que la luz atraviesa el vidrio, y el calor o los rayos X los diferentes obstáculos opuestos a su propagación.

La velocidad del desplazamiento del alma parece superior a la de las ondulaciones luminosas y difiere de ellas esencialmente en que no puede ser detenida por nada, y se opera por su propio esfuerzo. Estando muy rarificado el organismo fluídico, la voluntad obra sobre el fluido universal y produce el desplazamiento. Se concibe fácilmente que siendo casi nula la resistencia del medio, la más débil acción física determine una traslación en el espacio cuya dirección estará sometida a la voluntad del ser.

El periespíritu parece ser imponderable, por lo que la acción de la gravedad parece totalmente nula con respecto a él; no estaría de más añadir que el espíritu, desprendido del cuerpo, puede transportarse a su antojo a cualquier parte del Universo. Veremos, adentrándonos en este estudio, que el espacio está lleno de materias variadas, en todos los estados de rarefacción, de modo que existen para el espíritu ciertos obstáculos fluídicos que tienen tanta realidad para él, como la materia tangible puede tenerla para nosotros.

En los seres evolucionados, el periespíritu no tiene en el espacio una forma absolutamente fija, no es rígido y condensado como el cuerpo físico particular: aunque generalmente es la forma humana la que predomina, y a la cual vuelve, naturalmente, el cuerpo fluídico cuando ha sido deformado por la voluntad del espíritu. Es por medio de la envoltura fluídica que los espíritus perciben el mundo exterior, pero sus sensaciones son de otro orden que sobre la Tierra. La luz no es la nuestra, las ondulaciones del éter, que sentimos como calor o luz, son demasiado groseras para influir normalmente en él; son, igualmente, insensibles a los sonidos y a los olores terrestres. Hablamos aquí de los espíritus adelantados. Pero todas nuestras sensaciones terrestres tienen sus equivalentes más  refinados.

Es, ciertamente, una transposición de vibraciones de la misma gama en un registro más elevado. Perciben, además, vibraciones en mucho mayor número de las que se distinguen por los sentidos, y las sensaciones determinadas por estos movimientos vibratorios diferentes serán una serie de percepciones de un orden distinto de aquéllas de que tenemos conciencia. Los espíritus inferiores, que son mayoría en el espacio que circunda la Tierra, pueden ser accesibles a nuestras sensaciones, especialmente si su periespíritu es completamente grosero, pero, a pesar de todo, sólo las sienten de una manera atenuada.

La sensación en ellos no está localizada, se percibe por todo el cuerpo espiritual, mientras que en los encarnados está siempre referida a la parte del cuerpo que le da origen. Tales son los datos generales que se encuentran en la obra de Allan Kardec, la más completa y la mejor razonada que poseemos sobre Espiritismo. A decir verdad, es la única que trata en todas sus partes de la filosofía espírita, y sorprende ver con que sabiduría y prudencia este iniciador ha trazado las grandes líneas de la evolución espiritual. El carácter diferente de esta doctrina es la deducción rigurosa.

En lugar de forjar seres imaginarios para explicar los hechos medianímicos, el Espiritismo ha dejado al fenómeno revelarse por sí mismo. En todo el mundo, son las almas de los muertos las que vienen a conversar con nosotros, las que afirman que han vivido sobre la Tierra y dan pruebas de ello, pruebas que los evocadores comprueban más tarde y reconocen exactas.

En una palabra, estamos en presencia de un hecho real, visible, palpable, que nada podría invalidar. Todas las negaciones nada conseguirán contra la luminosa evidencia de la experiencia moderna. No hay demonios, vampiros, lémures, elementales u otros seres fantásticos, imaginados para espantar al vulgo, o torcer, en provecho de oscuros enigmas, la atención de los investigadores. Es el alma de los muertos la que se revela por la mesa, la escritura directa y las materializaciones.

Gabriel Delanne

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