Szymel slizgol

kardecÉste era un pobre israelita de Viena, muerto en mayo de 1865. Con una gran úlcera en la mano había mendigado durante treinta años. Por todas partes, en la ciudad, era conocido por su modo de exclamar: “¡Acordaos de los pobres, de las viudas y de los huérfanos!”.

Durante este tiempo, Slizgol había reunido 90.000 rublos. Pero no guardó un kopek para él. Aliviaba los enfermos, que cuidaba por sí mismo, pagaba la enseñanza de los niños pobres, distribuía a los necesitados los comestibles que se le daban. La noche la tenía consagrada a la preparación de tabaco en polvo que vendía para atender a sus propias necesidades. Lo que le sobraba pertenecía a los pobres. Szymel estaba solo en el mundo. El día de su entierro fue acompañado por gran parte de la población. y las tiendas se cerraron.

Sociedad Espiritista de París, 15 de junio ele 1865.

Evocación.

R. Demasiado feliz, y después de haber llegado a la plenitud de mi ambición, que he pagado muy cara, estoy aquí en medio de vosotros desde el principio de esta reunión. Os doy gracias porque os ocupáis del espíritu del pobre mendigo, que con alegría procurará responder a vuestras preguntas.

P. Una carta de Vilna nos ha hecho conocer las particularidades más notables de vuestra existencia. Por la simpatía que nos inspiran, hemos tenido deseo de dirigiros la palabra. Os damos las gracias por haber venido a nuestro llamamiento, y puesto que estáis  dispuesto en respondernos, tendremos el mayor placer, para nuestra instrucción, en conocer vuestro estado como espíritu, y las causas que han motivado el género de vuestra última existencia.

R. En primer lugar, conceded a mi espíritu, que comprende su verdadero estado, el favor de que os diga su opinión sobre el pensamiento que habéis tenido con respecto a mí, pido vuestros consejos si es falsa. Encontráis singular que la manifestación pública haya tomado tanta parte para prestar homenaje al hombre indigente que ha sabido por su caridad atraerse tal simpatía. No digo esto por vos, querido maestro, ni por ti, querido médium, ni por todos vosotros, verdaderos y sinceros espiritistas, pues hablo por las personas indiferentes a la creencia. No hay en eso nada de admirable.

La fuerza de presión moral que ejerce la práctica del bien sobre la Humanidad es tal que, por materiales que seamos, siempre se acata, siempre se saluda al bien, a pesar de la tendencia que se tiene al mal. Vamos a vuestras preguntas, que por vuestra parte no las habéis dictado por curiosidad, sino que las formuláis sencillamente con la idea de la instrucción general. Voy a referiros con la mayor brevedad posible, ya que estoy libre, cuáles son las causas que han motivado y determinado mi última existencia.

Hace muchos siglos vivía con el título de rey, o al menos de príncipe soberano. En el círculo de mi poderío, relativamente estrecho en comparación de vuestros estados actuales, era dueño absoluto del destino de mis súbditos. Obraba como tirano, mejor dicho, como verdugo. De carácter imperioso, violento, avaro y sensual, veis desde luego cuál debía ser la suerte de los pobres seres que vivían bajo mis leyes. Abusaba de mi poder para oprimir al débil, para poner a contribución toda especie de oficios, de trabajos, de pasiones y de dolores para el servicio de mis propias pasiones. De esta suerte imponía un tributo al producto de la mendicidad.

Ninguno podía mendigar sin que por anticipado yo hubiese tomado mi buena parte de lo que la piedad humana depositaba en la escarcela de la miseria. Todavía más, a fin de no disminuir el número de mendigos entre mis súbditos, prohibí a los desgraciados dejar a sus amigos, a sus padres o a sus allegados, la insignificante parte que quedaba a aquellos pobres seres. En una palabra, fui todo lo más implacable que se ha conocido para con el sufrimiento y la miseria.

Perdí, en fin, lo que llamáis la vida, entre tormentos y sufrimientos horribles. Mi muerte fue un modelo de terror para todos los que como yo, aunque en menor escala, tomaban parte en mi modo de obrar. Permanecí en estado de espíritu errante durante tres siglos y medio, y cuando al fin de este lapso de tiempo comprendí que el objeto de la encarnación era otro que el que mis sentidos groseros y obtusos me habían hecho seguir, obtuve a fuerza de oraciones, de resignación y de pesares, el permiso de ocuparme en la tarea material de soportar los mismos sufrimientos, y más aún, que había hecho pasar a los otros.

Obtuve este permiso, y Dios me dejó el derecho, por mi libre albedrío, de amplificar mis sufrimientos morales y físicos. Gracias al socorro de buenos espíritus que me asistían, persistí en mi resolución de practicar el bien, y les doy gracias por esto, porque evitaron que sucumbiera en la tarea que tomé. He cumplido, en fin, una existencia que ha rescatado por su abnegación y su caridad lo que la otra tenía de cruel y de injusta. Nací de padres pobres; huérfano, muy joven aprendí a bastarme a mí mismo, en la edad en que uno es considerado como incapaz de comprender.

Vivía solo, sin amor, sin afectos, y aún, al principio de mi vida, soporté la brutalidad que había ejercido sobre los otros. Se comenta que las sumas recogidas por mí fueron todas consagradas al alivio de mis semejantes. Es un hecho exacto, y sin énfasis ni orgullo, añado que, muy a menudo, al precio de privaciones relativamente fuertes, muy fuertes, aumenté el bien que me permitía hacer la caridad pública. He muerto con calma, confiando en el precio a que había obtenido la reparación hecha por mi última existencia, y estoy recompensado con exceso a mis secretas aspiraciones. Hoy día soy dichoso, muy dichoso de poder afirmaros que cualquiera que se eleve será humillado, y que el que se humille será elevado.

P. Os rogamos nos digáis en qué ha consistido vuestra expiación en el mundo de los espíritus, y cuánto tiempo ha durado desde vuestra muerte hasta el momento en que vuestra suerte fue endulzada por efecto del arrepentimiento y de las buenas resoluciones que habéis tomado. Decidnos también a quién debéis este cambio en vuestras ideas, en estado de espíritu.

R. ¡Me traéis a la memoria muy dolorosos recuerdos! ¡Cuánto he sufrido…! ¡Pero no me quejo, me acuerdo…! Queréis saber de qué naturaleza ha sido mi expiación. Hela aquí en todo su terrible horror. Verdugo, como os he dicho, para todo el que tuviera buenos sentimientos, permanecí mucho tiempo, mucho, adherido por mi periespíritu a mi cuerpo, que se descomponía. ¡Me sentí, hasta su completa putrefacción, roído por los gusanos, que me hacían sufrir mucho!. Cuando estuve desembarazado de los lazos que me aferraban al instrumento de mi suplicio, sufrí todavía uno más cruel. Después del sufrimiento físico, vino el sufrimiento moral, y éste ha durado mucho más tiempo que el primero. He sido puesto en presencia de todas las víctimas que había atormentado periódicamente, y por una fuerza más grande que la mía, era conducido a presencia de mis culpables acciones.

Veía física y moralmente todos los dolores que había hecho sufrir. ¡Oh! Amigos míos, ¡cuán terrible es la vista constante de aquellos a quienes se ha hecho mal! Tenéis de esto un débil ejemplo entre vosotros en el careo del acusado con su víctima. Ahí tenéis, en pocas palabras, lo que he sufrido durante dos siglos y medio, hasta que Dios, movido por mi dolor y por mi arrepentimiento, solicitado por los guías que me asistían, permitió que tomase la vida de expiación que conocéis.

P. ¿Un motivo particular os ha inducido quizás a elegir vuestra última existencia en la religión israelita?

R. No fue elegida por mí, sino que la acepté según el consejo de mis guías. La religión israelita añadía una pequeña humillación más a mi vida de expiación. Porque en ciertos países, sobre todo, la mayoría de los encarnados desprecian a los israelitas, y particularmente a los judíos mendicantes.

P. En vuestra última existencia, ¿en qué edad habéis empezado a poner en ejecución las
resoluciones que habíais tomado? ¿Cómo os ha venido este pensamiento? Mientras ejercíais así la caridad con tanta abnegación, ¿teníais alguna intuición de la causa que os empujaba a ello?

R. Nací de padres pobres, pero inteligentes y avaros. Joven todavía, fui privado del afecto y de las caricias de mi madre. Sentí por su pérdida una pena tanto más viva, como que mi padre, dominado por la pasión de la ganancia, me abandonaba enteramente. Mis hermanos, todos de más edad que yo, no advertían mis sufrimientos. Otro judío, movido por sentimientos más egoístas que caritativos, me cogió y me hizo aprender a trabajar. Recobró con usura del producto de mis trabajos, que a menudo sobrepujaban mis fuerzas, lo que había podido costarle.

Más tarde me liberé de este yugo y trabajé para mí. Pero por todas partes, tanto en la actividad como en el reposo, era perseguido por el recuerdo de las caricias de mi madre, y a medida que adelantaba en edad su recuerdo se grababa más profundamente en mi memoria, y más echaba de menos sus cuidados y su amor.

Pronto fui el único de mi nombre. En algunos meses la muerte se llevó a toda mi familia. Entonces fue cuando comenzó a revelarse la manera como debía pasar el resto de mis días. Dos de mis hermanos dejaron hijos huérfanos. Conmovido por el recuerdo de lo que había sufrido, quise preservar a estos pobrecitos seres de una juventud semejante a la mía, y no pudiendo mi trabajo bastar para que subsistiéramos todos, empecé a tender la mano, no para mí, sino para los otros. Dios no debía dejarme el consuelo de gozar de mis esfuerzos. Los pobrecitos me dejaron para siempre. Veía lo que les hacía falta: era su madre.

Resolví entonces pedir limosna para las viudas desgraciadas, que no pudiendo bastarse a sí y a sus hijos, se imponían privaciones que las conducían a la tumba, dejando pobres huérfanos que quedaban abandonados y entregados a los tormentos que yo mismo había sufrido.

Tenía treinta años cuando, lleno de fuerza y de salud, se me vio mendigar para la viuda y el huérfano. Los principios fueron penosos y debí soportar más de una humillante palabra. Pero cuando se vio que distribuía realmente todo lo que recibía en nombre de mis pobres, cuando se vio añadir a ello las sobras de mi trabajo, adquirí una especie de consideración que no dejaba de tener encanto para mí.

He vivido sesenta y tantos años, y jamás falté a la tarea que me había impuesto. Tampoco la conciencia me advirtió jamás nada que me hiciera sospechar que un motivo anterior a mi existencia fuese el móvil de mi manera de obrar. Solamente un día, antes de empezar a  pedir limosna, oí estas palabras: “No hagas a los otros lo que no quisieras que te hiciesen.”

Quedé asombrado de la moralidad general contenida en estas pocas palabras, y muy a menudo me sorprendía al oír que se añadían estas otras: “Pero, al contrario, hacedles lo que quisierais que os fuese hecho.”

Ayudándome el recuerdo de mi madre y el de mis sufrimientos, continuaba marchando en una carrera que mi conciencia me determinaba que era buena. Voy a concluir esta larga comunicación diciéndoos ¡gracias!. No soy todavía perfecto, pero sabiendo que el mal no conduce sino al mal, haré de nuevo como lo que he hecho, el bien para recoger la dicha.

Szymel Slizgol

Extraído del libro «El cielo y el infierno»
Allan Kardec

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