Las casitas blancas

La felicidad, esa hada misteriosa que siempre va delante del hombre con el brazo extendido señalando un punto al que nunca llega el mísero mortal, esa figura encantadora y tentadora no la he visto vagar por los salones de los regios alcázares; por esto no me seducen esas moles de mármol, esas moradas suntuosas, cuyos moradores, o viven hastiados de goces, o recelosos de una traición; y más que mansiones de vivos, me parecen soberbios mausoleos donde se disgregan lentamente las vanidades mundanas. ¡Cuántos crímenes se han cometido en los palacios!… ¡Cuántos seres han nacido bajo doseles de púrpura, y, por el abandono de sus padres, fruto del vicio y de amores clandestinos, han ido a morir en los hospicios, en las cárceles o en el caldaso!

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