He aquí el hombre

Su presencia molestaba. Su pureza y el absoluto desinterés por las nimiedades humanas, Lo habían tornado antipático a los poderosos, y Su autoridad moral aterraba a los débiles que se habían investido de falsa fuerza. A medida que crecía Su realidad entre las personas, más aumentaba la ola de odios y resentimientos contra Él. No se sometía a los dominadores de Roma y de Jerusalén, y no los respetaba porque conocía sus miserias, pero no los combatía. Ellos eran necesarios para sus contemporáneos, que se les asemejaban. Sería breve el curso de Su realización, y Él lo sabía. Por eso, no se detenía ante nada, dando la impresión de que quería que todo sucediera para que llegase Su Muerte, a fin de que triunfase la Vida.

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