Espronceda

Ha dicho un escritor francés, que la mujer no tiene más edad, que la frescura de su tez, la vivacidad de sus ojos, el color de sus cabellos y la flexibilidad de su talle: que la belleza es la que constituye la juventud. No estamos conformes en todo con esa opinión: cierto que la hermosura puede dominar los años; pero estos últimos tienen decepciones, ingratitudes y desencantos, y no bastan todas las gracias de Venus para borrar las huellas de las lágrimas. La virginidad del alma es el germen fecundo de eterna juventud…

¿Y qué mortal será tan dichoso que al llegar a la mitad de su carrera, no haya perdido sus más caras ilusiones; no haya trocado la franca risas de la alegría por esa triste expresión que imprime el dolor? A dos cifras se concreta la edad de la mujer: la primera está formada de flores, la segunda la trazan los abrojos. ¿Qué niña no es dichosa a los quince años? ¿Qué mujer sin distinción de clases no ha llorado a los treinta?…

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