Conciencia herida

La noche del 23 de septiembre de 1954, recibimos por segunda vez la presencia de María de la Gloria, una entidad sufridora que se consagra ahora a nuestra casa. Regresando a nuestro círculo de oraciones con la palabra hablada, nos trajo esa noche su historia conmovedora, que pasamos a transcribir.

Amigos míos. Que Dios nos ampare. Después de mi primera visita, he aquí que vuelvo a vuestra casa, que funcionó para mí como nido de auxilio y tribunal de justicia. Mujer sufriente, traía enlazado a mí como hierba asfixiante sobre árbol herido, el espíritu sublevado de mi propio hijo cuya reencarnación impedí con un aborto en el cual, a la vez, perdí mi existencia. Liviana y sorda al deber, adquirí compromisos con la maternidad, detestándola. Y, por odiar el retoño que palpitaba en mi seno, busqué destruirlo usando venenoso brebaje que también me robó la vida corpórea. Entretanto, si suponía que la muerte fuese un punto final a mi tragedia íntima, estaba profundamente engañada porque del charco de sangre al que se redujeron los despojos, se levantó, ante mí, una sombra acusadora.

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