El peso del odio

Una cosa curiosa, amigo lector.

Cuanto más aquellos prisioneros trabajaban procurando ayudar al semejante, mejor entendían los problemas humanos.

Parecía que sus manos sirviendo eran como antenas que les permitían sintonizar el Cielo, recibiendo bendiciones de bienestar y esclarecimiento.

Aunque no conociesen la reencarnación, sentían que existe una razón para los sufrimientos humanos. No se imaginaban víctimas de un juego cruel del destino. Sabían ahora que revelarse contra los dolores del mundo es caminar para el desatino, para la locura que complica todo. Aprendieron, por eso, a aceptar el sufrimiento como instrumento de despertar del alma humana en relación a los valores de la vida.

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