La precipitación

La vida moderna se caracteriza por la prisa. Los recursos tecnológicos permiten que las personas que se encuentren lejos intercambien mensajes de forma instantánea. La Internet posibilita la circulación de informaciones con una rapidez vertiginosa. Si algo relevante acontece en un determinado país, en instantes eso puede ser llevado a conocimiento de los habitantes del otro lado del globo.

El dinero circula con gran facilidad en las bolsas de valores de todo el planeta. En el plano empresarial, el tiempo es dinero. Decisiones importantes, con frecuencia, deben ser tomadas con prontitud y presteza. Esa prisa a su vez contamina las relaciones personales. Relaciones empiezan y terminan a una velocidad impensable desde hace algún tiempo. Las personas se permiten intimidades tan pronto se conocen. Pero igualmente tienen prisa de seguir adelante, al menor vestigio de incompatibilidad. Eso logra banalizar, de cierta manera, el contacto humano. Se olvida que él no es una inversión financiera o una transacción a ser concluida.

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