¿Cómo adorar a Dios?

En todas las épocas, todos los pueblos practicaron, a su manera, actos de adoración a un Ente Supremo, lo que demuestra que la idea de Dios es innata y universal. En efecto, jamás hubo quien no reconociese íntimamente su flaqueza, y la consecuente necesidad de recurrir a Alguien, todopoderoso, buscando Su apoyo, el bienestar y la protección, en los trances más difíciles de esta tan atribulada existencia terrena.

Hubo tiempos en que cada familia, cada tribu, cada ciudad y cada raza tenían sus dioses particulares, en cuyo honor ardía el fuego divino constantemente en el hogar o en los altares de los templos que les eran dedicados.

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Extraña obsesión

Comúnmente, cuando se habla de obsesión, nos viene enseguida el siguiente concepto: Espíritu o Espíritus menos esclarecidos influenciando, perjudicialmente, la vida de los encarnados.

Casi nadie, o mejor, nadie advierte el lado inverso de la realidad, esto es, el encarnado influenciando, perjudicialmente, al desencarnado. Nadie se acuerda de ese extraño y aparentemente paradójico tipo de obsesión, en la que los “vivos” del mundo envuelven a los “muertos” en la imagen de sus pensamientos desequilibrados y enfermizos, ejerciendo sobre los que ya partieron hacia el Más Allá una terrible y compleja obsesión.

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