Manos ocupadas

En un gran centro comercial, una niña se dispuso a hacer un juego sencillo con las personas que pasaban. Sentada en un cochecito de paseo, estiraba uno de los brazos intentando alcanzar las manos de quien venía en sentido contrario, proponiendo un rápido saludo. Bastaría que el extraño tocara en una de sus palmas y ella estaría contenta. Y allá se fue, sumergida en la multitud, en la planta baja de las personas, alegre y entusiasmada.

Empezó a ver que algunos se desviaban, otros tenían recelo, otros ni siquiera la miraban, pues estaban en una especie de piso superior del mundo. Y la mayoría de ellos estaba con las manos ocupadas.

¡No quedaron manos para mí! – Debe haber pensado.

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