Oración para los enfermos

PREFACIO: Las enfermedades son parte de las pruebas y de las vicisitudes terrestres; son inherentes a la imperfección de nuestra naturaleza material y a la inferioridad del mundo en que habitamos.

Las pasiones y los excesos de todas clases siembran en nosotros gérmenes malsanos, frecuentemente hereditarios. En mundos más avanzados física y moralmente, el organismo humano, más purificado y menos material, no está sujeto a las mismas enfermedades y el cuerpo no está minado sordamente por los estragos de las pasiones. (Cap. III, número 9).

Es menester, pues, resignarse a sufrir las consecuencias del centro en que nos coloca nuestra inferioridad, hasta que hayamos merecido cambiarlo. Entretanto consigamos el mérito, eso no nos debe impedir hacer lo que dependa de nosotros para mejorar nuestra posición actual; pero si a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos llegar a ello, el Espiritismo nos enseña a soportar con resignación nuestros males pasajeros.

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¿Te acuerdas?

Cuando la sombra de la muerte desciende sobre un hogar y arrebata a un hijo querido, de inmediato nuestros pensamientos se vuelven hacia los padres.

¿Cómo soportará el dolor el corazón materno? ¿Cómo conseguirá ser fuerte el corazón paterno? Y, casi siempre, no nos acordamos de los hermanos del que ha partido. Si son pequeños, niños, parece que tenemos la idea de que, para ellos, aquello no es tan grave. Explican que el hermanito hizo un largo viaje, fue al encuentro de Jesús. O que se transformó en una estrella y está iluminando el cielo. O, también, que está viviendo con su ángel de la guarda. Sin embargo, los lazos que unen a los hermanos son, a veces, muy fuertes y llevan a los niños a pensar en su hermanito o hermanita, preguntándose:

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