La tabla de salvación

A mi mejor amiga la Sra Doña Sofia Cerutti, en la muerte de su hija. ¡Pobre Sofía! ¡Qué larga es tu expiación! ¡La profunda ternura de tus sentimientos, la clara inteligencia que te distingue, el verdadero interés que te inspira la desgracia, y otras buenas cualidades que posees, no han sido bastantes para borrar las culpas de tus pasadas existencias y has tenido que librar la copa de la amargura y apurar hasta la última gota, pobre mujer!… Llora, sí; llora, porque el llanto del dolor es el Jordán bendito que purifica a la humanidad.

En esas crisis supremas, en esos momentos de pruebas terribles, si a nuestros ojos no acudiera el llanto, caeríamos como herido del rayo y nuestro globo no hubiera contado apenas dos siglos de existencia. Tu queja es justa; no hay filósofo en el mundo que al perder el todo que le unía a la vida, no se olvide, siquiera por una hora, de todas las razones lógicas, de las consideraciones más profundas, de las deducciones mejor meditadas; el espíritu está unido íntimamente a la materia y no siempre está en completa elevación, no se empequeñece, se vulgariza, y toma una parte activa en nuestros dolores y en nuestras alegrías.

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El Espíritu de la Verdad

Durante el período histórico conocido como la Pax Augusta es cuando, en una noche tranquila y fría de abril, en los montes de Judea nace Jesús, el extraordinario pacificador de la humanidad. En aquel momento la Tierra recibe al ser más formidable y extraordinario que el pensamiento pueda concebir. En una gruta de piedra nace un niño que es el Rey de la humanidad. Viene a predicar las enseñanzas de amor y a cambiar la estructura de la realidad. Diecinueve siglos después Ernesto Renan, Inmortal de la academia de Francia, tendrá la oportunidad de decir que Jesús es tan grande que no cupo en la historia, su nacimiento dividió la historia antes y después de Él. Por doce años Jesús vive como un niño normal en la aldea de Belén. A esta edad se produce su primera visita al templo donde es encontrado dialogando con los rabinos, para asombro de todos. Retorna entonces al anonimato en Nazareth.

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