Aborto

Después de la fecundación del óvulo por el espermatozoide el Espíritu reencarnante es unido al embrión, constituyendo un ser humano que habitará el vientre materno por nueve meses, protegido en su fragilidad hasta que pueda enfrentar el mundo exterior.

El aborto se sitúa, así, como una desencarnación. Si es natural, cuando el organismo materno no consigue sustentar el desarrollo del bebé, configura una prueba relacionada con infracciones a las leyes divinas, tanto para los padres, que experimentan la frustración del deseo de ser padres, (se acrecienta en la mujer los sufrimientos e incomodidades consecuente de la interrupción del embarazo), como para el reencarnante, que ve malogrado su anhelo de retorno a la carne.

Ya el aborto criminal configura un crimen hediondo, no siempre pasible de punición por la justicia humana (en algunos países la legislación proporciona a la mujer el derecho de arrancar al hijo de sus entrañas, matándolo), pero inexorablemente sujeto a las sanciones de la Justicia Divina, alcanzando no solo a las madres, sino también los que directa o indirectamente se involucran con él (familiares que sugieren y profesionales que lo realizan).

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