Los buenos espiritistas

4. El Espiritismo bien comprendido, pero, sobre todo, bien sentido, conduce forzosamente a los resultados expresados más arriba, que caracterizan al verdadero espiritista como al verdadero cristiano, siendo los dos una misma cosa. El espiritismo no viene a crear una moral nueva; facilita a los hombres la inteligencia y la práctica de la de Cristo, dando una fe sólida e ilustrada a los que dudan o vacilan. Pero muchos de los que creen en las manifestaciones no comprenden ni sus consecuencias, ni su objeto moral; o, si los comprenden, no se las aplican a sí mismos. ¿En qué consiste esto? ¿es un defecto de precisión de la doctrina? No, porque no contiene ni alegorías ni figuras que puedan dar lugar a falsas interpretaciones; su esencia es la misma caridad, y esto es lo que constituye su fuerza, porque se dirige a la inteligencia. Nada tiene de misterioso, y sus iniciados no están en posesión de ningún secreto oculto para el vulgo.

Para comprenderla, ¿es preciso una inteligencia privilegiada? No, porque se ven hombres de una capacidad notoria que no la comprenden, mientras que las inteligencias vulgares, y aun de jóvenes apenas salidos de la adolescencia, comprenden sus matices más delicados con admirable precisión. Esto depende de que la parte de algún modo “material” de la ciencia, sólo requiere vista para observar, mientras que la parte “esencial” requiere cierto grado de sensibilidad que se puede llamar la “madurez del sentido moral”, madurez independiente de la edad y del grado de instrucción, porque es inherente al desarrollo, en un sentido especial, del espíritu encarnado.

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Memoria de una mujer

Nunca olvidaré el tiempo que viví en mi pequeño cuartito, ¡allí todo era luz! Luz penetraba por la hermosa ventana, luminosas parecían las paredes porque eran más blancas que la nieve, y luz irradiaba la humilde familia a la cual me reuní. Admirando sus virtudes aprendí a respetar a la clase obrera, porque como yo, en medio de mi modesta medianía, en mi juventud no me traté con la gente del pueblo, no podía comprender lo que valían los hijos del trabajo. Y después, como la clase pobre no es la que proporciona ocupación, cuando me tuve que ganar el pan con el sudor de mi frente estaba en contacto con personas ricas y siempre vivía con familias pobres, pero distinguidas, que guardaban todos los miramientos sociales y que no salían a la calle las mujeres sin su mantilla y los niños sin su sombrero. Así es que desconocía por completo lo que era la gente del pueblo, pues sólo había tratado con una anciana fosforera muy poco tiempo, a la cual debí respetuoso cariño.

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