Contraservicios

De todos aquéllos que se acercan al Espiritismo, afirmándose espiritistas, pocos son los que se han definido, apoyados en los objetivos radiantes de su luminosa doctrina. La mayoría aún se contenta con los viejos hábitos del pequeño esfuerzo, admitiendo que su adhesión al Movimiento Espiritista significará suspensión de sus problemas, alejamiento de las enfermedades, a fin de que viva de la misma forma como siempre ha vivido con un pie en el Cielo y otro en la Tierra o, lo que es peor, con los discursos de espiritualización y las realizaciones e intenciones meramente mundanas.

Para el abultado número de personas que llegan al movimiento doctrinario, la marca básica de su carácter es la inmutabilidad de su postura íntima. El Espiritismo es el que deberá, en ese caso ser ajustado a sus hábitos personales, tantas y tantas veces cuantos sean los malos hábitos, para que se digan contentas y satisfechas.

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Recurso infalible

La muerte, con raras excepciones, es traumatizante. Al final, el Espíritu deja un vehículo de carne del cual está tan íntimamente asociado que se le figura, generalmente, parte indisociable de su individualidad (o toda ella para los materialistas). Por otro lado, pocos están preparados para la jornada obligatoria, cuando dejamos la estrecha isla de las percepciones físicas rumbo al glorioso continente de las realidades espirituales.

Impregnados por intereses y preocupaciones materiales, los viajantes enfrentan comprensibles dificultades. En tal circunstancia, tanto el paciente que se debilita paulatinamente, como los familiares en dolorosa vigilia, pueden valerse de un recurso infalible: la oración.  Por sus características eminentemente espiritualizantes, representando un esfuerzo por superar los condicionamientos de la tierra para una comunión con el Cielo, ella favorece un “viaje” tranquilo para los que parten.

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