La lluvia de los ojos

“Llueve.
En la fuente de las aguas, llueve.
En la frente de las lágrimas del pasado callado.
Lavando la lluvia de los ojos cansados.
Lloviendo en los mares, en los mares amados.”

¿Hace cuánto tiempo que usted no llora? ¿Hace cuánto tiempo sus ojos no son inundados por lágrimas, por estas pequeñas gotas que parecen nacer en nuestro corazón? ¿Hace cuánto tempo? Así como el fenómeno natural de la precipitación atmosférica, la lluvia, realiza el trabajo de purificar la tierra, el agua y el aire, también nuestras lágrimas tienen tal función. La de limpiar nuestro interior, la de exteriorizar nuestras emociones, sean ellas de alegría o de pesar.

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La oración dominical

Demorábanse en el paisaje tranquilo los destellos del atardecer, matizando con tonos rosas, rojos y amarillos las nubes que pasaban. La brisa balanceaba el abanico verde de las palmeras exuberantes, cargadas de frutos. Revoloteaban en el aire, impregnando a los corazones, las ansias y emociones de los acontecimientos que hacía poco habían presenciado. El Maestro se agigantaba a los ojos de la multitud. Su estoicismo revelado a través de Su conducta austera, se exteriorizaba en la palabra, a veces dulce, a veces enérgica, y en las acciones nobles con las que favorecía a aquellos que Lo buscaban. Jamás alguien logró realizar tan admirables fenómenos de los que Él era solamente, sublime agente.

La envidia rastreaba Sus pasos, y las disputas vulgares entretejían duelos emocionales entre los frívolos que buscaban adaptarse a Él. Lo cierto es que había venido para liberar las conciencias y grabar vidas en los paneles del amor. De ese modo, las multitudes se sucedían unas a otras en torno de Él, sedientas, emocionadas, confiantes. Él era el portador de las bendiciones que todos necesitaban. Con Su sencillez inefable, penetraba en lo recóndito del ser, sin exhibir sus llagas. Sus silencios eran tan elocuentes como Sus palabras, dejando impresas en las almas, las marcas de luz de la liberación. Hacía poco, Su voz había envuelto a los hombres en las esperanzas y consuelos del soberano código de las Bienaventuranzas. (1)

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