La muerte no existe

Queridos hermanos: La muerte nunca debiera ser una sorpresa para ningún habitante de la Tierra, ni para los que la abandonan ni para aquellos que se quedan en ella, si se tuviera un conocimiento cierto, de que la muerte no existe y de que simplemente es un cambio de lugar para el espíritu. Este abandona su cuerpo inerte porque ha terminado la presente etapa y debe reingresar al plano espiritual.

Si se supiera que la vida continua siempre, que las existencias en este planeta o en otros, no son más que etapas que el espíritu tiene que recorrer en el camino de su evolución, para crecer y engrandecerse, si se conociera todo esto hermanos, cuán distinto sería dar este paso, tanto para los que se van como por los que se quedan.

Si los seres que permanecen en la Tierra comprendiesen la verdad de esta situación, sabrían que es sólo una separación momentánea, que sus seres queridos, pueden casi al mismo tiempo, estar a su lado dándoles amor, ánimos y consuelo; eso sí hermanos, siempre y cuando que el espíritu desencarnado, supiera cuál es su actual situación, con el fin de no tener que pasar un indeterminado tiempo sufriendo en la oscuridad, sin saber a donde dirigirse.

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Heroísmo maternal

Fue en diciembre de 1944 que todo empezó. Camiones llegaron al campo de concentración de Bergen-Belsen y desembarcaron 54 niños. El mayor tenía 14 años y había muchos bebecitos. En el alojamiento de las mujeres, Luba Gercak dormía. Despertó a su vecina de litera y le preguntó: ¿Estás escuchando? Es llanto de niños. La otra le dijo que volviera a dormirse. Ella debía estar soñando. Todos conocían la historia de Luba. Aún adolescente se casó con un carpintero y tuvieron un hijo, Isaac. Cuando llegó la guerra, los nazis le arrancaron de los brazos el hijo de tres años y lo pusieron en un camión, junto con otros niños y ancianos. Todos inútiles para el trabajo y, por lo tanto, con un destino cierto: la cámara de gas.

Un poco más tarde, ella pudo ver otro camión arrastrando el cuerpo, sin vida, del marido. En el primer momento, había desistido de vivir. Después la fe le visitó el alma y Luba vislumbró que Dios esperaba mucho más de ella. Entonces, pasó a ser voluntaria en las enfermerías. Ahora, Luba oía el llanto de niños. ¿Quiénes serían? Abrió la puerta del alojamiento y vio niños, niñas, bebecitos apiñados, llorando en medio del campo.

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