¡Qué solos iban!

Yendo una mañana en el tranvía, éste quedó detenido largo rato, por hallar obstáculos en su camino, y todos los pasajeros se entretenían en mirar y averiguar qué era lo que pasaba entre cocheros, carreteros y descargadores, que interrumpían el tráfico público. Un joven obrero que iba sentado frente a mí, observé que miraba con suma fijeza en dirección opuesta a la que llevábamos; miré yo también y vi que avanzaba lentamente un coche fúnebre conduciendo un modestísimo ataúd, al que nadie seguía.

Mi compañero de viaje siguió con la mirada puesta en el coche fúnebre, hasta que lo perdió de vista, y cuando volvió la cabeza, noté con asombro que se limpiaba disimuladamente los ojos con la manga de su vieja pero limpia blusa, y mirándome con tristeza murmuró con acento conmovido:

-¡Qué solo va!… ¡Pobrecillo! ¡Nadie le sigue!… ¡Nadie le acompaña! ¿No es verdad que causa pena ver una cosa así? Ese muerto, o no tiene familia, o nadie le quiere: ¡Qué solo va!…

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Los árboles amigos

Todo empezó cuando aquel amante de los árboles contrató a un experto en poda de naranjos. El árbol era como un miembro de la familia. Había visto a los hijos de Laertes crecer y los nietos llegar. Unos y otros subieron más de una vez a sus ramas para coger los frutos, siempre abundantes. Era también el hogar de algunos pájaros que, al caer la tarde, hacían un gran alboroto, disputando los sitios más acogedores entre sus ramas.

El profesional, aconsejado y recomendado, se mostró como alguien absolutamente ajeno a la delicada tarea. Cortó una rama tras otra y dejó al pobre árbol desnudo. Laertes consiguió salvar una rama, una única rama, ordenando parar con todo cuando se dio cuenta del desastre ecológico. Y esta única rama superviviente de la furia destructora de quien se decía un buen podador, se quedó allí, solitaria, como una aguja apuntando al cielo.

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