Autocritica de un reformador

Guárdeos Dios, hermanos: Se me ha permitido venir a vosotros para referiros una fase de una vida mía, la cual dejó huella imperecedera entre la humanidad, porque los grandes acontecimientos de la tierra se perpetúan y se transmiten de generación en generación, cuando están basados en las verdades religiosas, científicas o artísticas. Sabéis que está decretado que el hombre muera y después sea juzgado, y yo pregunto: ¿Qué nos pasa a todos una o dos horas después de haber «muerto»? ¿Qué hace el espíritu? ¿Cómo se desenvuelve? ¿Cómo actúa para desembarazarse de la nebulosa que le envuelve y poder definirse a sí mismo? Vosotros y nosotros conocemos que esta situación varía en armonía con la conducta llevada a cabo en aquella encarnación. Os voy a contar la mía, si no os resulta insustancial y monótona.

—No, hermano, te oiremos con mucho gusto.

—Encarné en épocas turbulentas, confusiones políticas, enfrentamientos de ideas, anormalidades de gran volumen en las religiones. Predominaba por doquier la injusticia y la tiranía de los poderosos hacia los débiles.

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Hemorragia espiritual

Sentía debilidad. Más que eso, cansancio. Dolores en las piernas, inapetencia. Voluntad irresistible de amontonarse en un rincón, descansar.

Fui al médico.

El examen de sangre reveló la causa: anemia. Otras pruebas encontraron el origen: imperceptible y persistente hemorragia intestinal, producida por una ulcera indolora. Por allí se derramaba su vitalidad. Algo semejante ocurre con la victima de la obsesión simple.

Asimilando las sugestiones del obsesor relacionadas con la salud, los negocios, los sentimientos o envolviendo problemas existenciales, el obsediado pasa a obrar bajo fuerte tensión, perdiendo energías como si sufriese una insidiosa hemorragia espiritual.

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