Cristianismo e inmortalidad

«Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfumes para ir a embalsamarlo. El primer día de la semana, muy de madrugada, al salir el sol, fueron al sepulcro. Iban diciéndose: ¿Quién nos rodará la puerta del sepulcro? Levantaron los ojos, y vieron la losa había sido removida; era muy grande. Entraron en el sepulcro y, al ver a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, se asustaron. Pero él les dijo: No os asustéis. Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado. No está aquí.

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Ante pasiones

La pasión es una reminiscencia de la naturaleza animal predominante en el hombre.

Lo lleva a tormentos inimaginables, esclavizándolo y dilacerando sus sentimientos más nobles.

Irrumpe, violenta, como temporal imprevisto, destruyendo y consumiendo todo cuanto se le antepone al avance.

Desafiadora, enloquece y fulmina quien padece su imposición, dejando siempre destrozos, llegando al punto de destino o sea interrumpida a golpe de violencia equivalente.

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El juego del escondite

En un cuaderno antiguo un niño escribió: Madre, ¡cuánto te quiero!

¡Y cuánto te añoro! Parece que me veo, pequeño, ensayando los pasos. Un pie aquí, otro allí. Me tambaleaba y me caía. Me bastaba hacer pucheros y sentía tus brazos irguiéndome, abrazándome y diciendo: “No pasa nada. Sigue andando”.

Recuerdo los juegos que hacíamos juntos. Yo corría y tú fingías que corrías para alcanzarme. De repente, me cogías en tus brazos y me suspendías. Me sentía como alguien que estuviera en la cima del mundo, más alto que los demás. Mirándolo todo desde arriba. Pero el juego que más me gustaba era el del escondite.

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