¡Un adiós!

Por regla general, el hombre ama los lugares donde fue dichoso, y le inspiran aversión los parajes donde cayó abrumado bajo el peso enorme de la cruz. Y aunque la reflexión nos haga considerar que lo que tiene que efectuarse se efectúa, lo mismo en un sitio que en otro, domina al hombre esa preocupación, sin eximirse de su influjo ni el sabio ni el ignorante.

Nosotros confesamos ingenuamente que recordamos con horror algunos lugares donde hemos sentido esos dolores agudísimos, esos accesos de profunda desesperación, esa agonía que concluye con todas las esperanzas, dejándonos sumergidos en el hondo abismo del abatimiento.

¡Cuánto se sufre cuando el alma se abate! Cuando el desaliento nos cubre con su manto de nieve o su capa de fría ceniza, cuando todo se ve muerto…, cuando el no ser parece el porvenir de la Humanidad.

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Rayo de sol

Nadie está totalmente solo en este planeta. Incluso los que no constituimos familia, los que no nos casamos, ni tenemos hijos.

No estamos solos. Siempre hay un alma querida que Dios coloca en nuestro camino para amarnos, para decirnos que Él no nos olvidó.

Que Él sabe de nuestras luchas, del plan de progreso que establecemos en la Espiritualidad antes de nacer. Y que, para concretarlo en su totalidad, necesitamos de una mano que nos acaricie, un hombro que se nos ofrezca como apoyo en los días de desánimo, brazos que nos envuelvan, una voz que diga: ¡Sigue en frente! ¡Estoy contigo!

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Mi Espíritu protector. 11 de diciembre de 1855

(En casa del Sr. Baudin; médium: Sra. Baudin)

Pregunta (al Espíritu Z.)

– ¿Hay en el mundo de los Espíritus algún ser que sea para mí un genio bueno?
Respuesta – Sí.

P. – ¿Es el Espíritu de algún pariente o de algún amigo?
R. – Ni una cosa ni la otra.

P. – ¿Quién ha sido él en la Tierra?
R. – Un hombre justo y sabio.

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