Muertes prematuras

21. Cuando la muerte viene a segar en vuestras familias llevándose sin contemplación a los jóvenes antes que a los viejos, decís muchas veces: «Dios no es justo, puesto que sacrifica al fuerte y lleno de esperanza, para conservar a los que han vivido muchos años llenos de desengaños; puesto que se lleva a los que son útiles y deja a los que no sirven para nada; puesto que destroza el corazón de una madre, privándole de la inocente criatura que constituye toda su alegría».

Humanos, en este caso es cuando debéis elevaros por encima de las pequeñeces de la vida terrestre para comprender que el bien está muchas veces en donde vosotros creéis ver la ciega fatalidad del destino.

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Presencia Divina

Un hombre, ignorante aún de las Leyes de Dios, caminaba a lo largo de un enorme huerto, conduciendo a un pequeño de seis años. Eran Antoñito y su tío, paseando por la vecindad de la casa en la cual
residían.

Contemplaban, haciéndoseles la boca agua, las naranjas maduras que veían, conformándose con respirar profundamente el aire leve y puro de la mañana. A cierta altura del camino, el viejo puso, de repente, una bolsa sobre la grama verde y suave y comenzó a llenarla con los frutos que rebosaban de grandes cajas abiertas, producto de la cosecha de los campesinos, al mismo tiempo que echaba miradas tenebrosas, en todas direcciones.

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Existencia de Dios

Cuéntase que un árabe, ya anciano y analfabeto, oraba cada noche con tanto fervor y con tanto cariño que, cierta vez, un jefe de caravana adinerado lo llamó preguntándole:

–¿Por qué oras con tanta fe? ¿Cómo sabes que Dios existe, cuando tú ni siquiera sabes leer?

El creyente fiel respondió:

–Gran Señor, conozco la existencia de nuestro Padre Celestial por sus señales.

–¿Cómo es eso? –preguntó el jefe, admirado–.

El siervo humilde se explicó:

–¿Cuándo usted recibe correspondencia de una persona ausente, cómo reconoce al remitente?

–Por la letra y la firma.

–Cuando usted recibe una joya, ¿cómo averigua quién es el artista que la talló?

–Por la marca del orfebre.

El empleado sonrió y expuso:

–Cuando oye pasos de animales alrededor de la tienda, ¿cómo sabe, después, si fue un carnero, un caballo o un buey?

–Por los rastros –respondió el jefe, sorprendido–.

Entonces, el anciano creyente lo invitó a salir de la barraca, y, mostrándole el firmamento, donde la luna brillaba, rodeada por multitud de estrellas, exclamó respetuoso:

–¡Señor, aquellas señales, allá en lo alto no pueden ser de los hombres! En ese momento el orgulloso caravanero, se arrodilló en la arena y comenzó a orar también.

Por el Espíritu Meimei
Médium Francisco Cándido Xavier