¿Qué diremos hoy?

¿Qué diremos hoy? ¿Qué diremos hoy a nuestros lectores al comenzar? Lo que dijimos ayer:

“Que la mejor ofrenda que se puede ofrecer a Dios es el bien” “Que una conciencia limpia es el mejor tesoro” “Que la ciencia es la lumbrera del progreso” y la humanidad para hacerse digna de su preclara estirpe, puesto que es hija de Dios, debe ser buena y debe ser sabia. Esto es muy fácil de decir, y es muy difícil de conseguir, porque uno de los grandes escollos que encuentra el hombre para su progreso, es el hombre mismo. Nunca han faltado en la Tierra mensajeros de paz y de amor.

Siempre han encarnado en este planeta espíritus en misión, que han venido de Mundos Superiores para instruir a los terrenales; pero su trabajo lo describe muy bien este antiguo refrán: “Predicar en desierto, sermón perdido”. Y así ha pasado, casi siempre los grandes innovadores, los reformadores de las ideas, han predicado en un desierto, pues de nada sirve un auditorio, que dice con indiferencia: “Predicadme que por un oído me entra y por el otro me sale”. Seguir leyendo “¿Qué diremos hoy?”

Mauricio Goutran

Era hijo único, muerto a los dieciocho años de una afección de pecho. Inteligencia rara, razón precoz, gran amor al estudio, carácter dulce, amable y simpático, poseía todas las cualidades que dan las más legítimas esperanzas de un brillante porvenir. Sus estudios habían terminado muy pronto con el mayor éxito, y trabajaba para la escuela politécnica. Su muerte fue para sus padres la causa de uno de esos dolores que dejan señales profundas y tanto más penosas cuanto que, habiendo sido siempre de una salud delicada, atribuían su fin prematuro al trabajo a que le habían dedicado y se lo vituperaban.

“¿Para qué -decían- le sirve ahora todo lo que ha aprendido?. Mejor hubiera sido que se hubiese quedado siendo ignorante, porque no tenía necesidad de eso para vivir, y sin duda estaría todavía entre nosotros, y hubiera sido el consuelo de nuestra vejez.” Seguir leyendo “Mauricio Goutran”

El Espíritu y la carne

Juan, 3-15

No sabemos cuánto tiempo Jesús permaneció en Jerusalén. Probablemente algunos días. Se ignora también donde estuvo hospedado.

Cierta noche recibió la visita de un fariseo: Nicodemo.

Fariseos eran miembros de una antigua secta judaica, existente desde el siglo II a.C. Dogmáticos e intransigentes, observaban rígidamente las normas religiosas tradicionales. Seguir leyendo “El Espíritu y la carne”

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