¡Se fueron!

Entré una mañana en un aposento sencillamente amueblado, donde había una cuna con dos niños gemelos recién nacidos. Eran los primeros que yo veía de tan corta edad y los contemplaba con tristeza y con alegría a la vez. Con tristeza, porque siempre que llega un viajero del infinito a la Tierra, me causa lástima, ¿y cómo no?, si es un condenado a trabajos forzados, un esclavo de sus propias pasiones, un mendigo, aunque tenga palacios; que rara vez el hombre llega a satisfacer la sed del cuerpo y la del alma, y suele muchas veces suceder el llevar cubierto el cuerpo con riquísimo manto de púrpura, en tanto que el espíritu tirita dominado por el intenso frío de la soledad íntima, frío para el cual no hay termómetro en la Tierra; y si por el contrario el hombre halla en su hogar el calor de la vida, tiene en cambio a menudo que mendigar de puerta en puerta para alimentar a sus hijos.  ¿Quién no compadece a los penados?

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Preocupaciones y muerte

Vives los impositivos de la carne en régimen de absoluta sumisión, como si la niebla material que te envuelve no se diluyese al impacto de la muerte.

Te entregas a las preocupaciones inmediatas cual molusco adherido a la roca, como si la existencia física no fuese un breve instante de vida plena, delante de la cual te colocará la muerte.

Te inquietas con las opiniones ajenas sufriendo dolores no programados, como si los conceptos de los otros pudiesen acompañarte más allá de la muerte.

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