Orgullo y humildad II

12. Hombres, ¿por qué os quejáis de las calamidades que vosotros mismos habéis amontonado sobre vuestras cabezas? Habéis desconocido la santa y divina moral de Cristo; no os maravilléis, pues, que la copa de la iniquidad se haya desbordado por todas partes.

El malestar se hace general, y ¿quién tiene la culpa sino vosotros mismos, que sin cesar procuráis destruiros unos a otros? No podéis ser felices sin mutua benevolencia. ¿Y puede existir la benevolencia con el orgullo?

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Nuestro mayor enemigo

Hemos afirmado antaño que el servicio de la unificación es urgente, pero no apresurado (4). Verificamos con el tiempo que algunos corazones sinceros y leales, sin larga vivencia espiritual, inspirados en nuestras palabras, eligieron la lentitud en nombre de la prudencia y la comodidad pasó a llamarse celo, regulando el ritmo de las realizaciones necesarias, al deseo de propósitos personalistas en la esfera de las responsabilidades comunitarias.

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Oración a las estrellas

Las estrellas corresponden a nuestro afecto. Ellas son mundos donadores de luces en todas las direcciones y esa energía divina que viaja por el espacio infinito se agrega en los espíritus y en las cosas, transformándose de acuerdo con nuestras necesidades físicas y espirituales. Pero, al practicar la oración, el enriquecimiento de ese energismo es de sobremanera grandioso. Debéis saber que todo vive en la sensibilidad que Dios le dio, que todo siente la afabilidad que transmitimos, que todo se encuentra en perfecta sincronía, en la casa universal.

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