Maternidad

Vemos en las manifestaciones de la Vida una determinada meta de expansión, como un anhelo de Dios que habrá de concretarse.

En la Creación, el clímax de la grandeza.
En la caridad, la cúspide de la virtud.
En la paz, la culminación de la lucha.
En el éxito, la exaltación del ideal.
En los hijos, la esencia del amor.
En el hogar, el esplendor de la unión.

De igual modo, la maternidad es la plenitud del corazón femenino que orienta el progreso. Seguir leyendo “Maternidad”

La sepultura

Mateo, 27:57-66, 28:1-8
Marcos, 15:42-47,16:1-8
Lucas, 23:50-56, 24:1-12
Juan, 19:38-42, 20:1-9

Cuando Jesús expiró se dieron espantosos acontecimientos:

Y he aquí, el velo del Templo se rompió en dos, de alto a bajo; y la tierra tembló, y las piedras se hundieron; y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y salidos de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos. El centurión y los soldados que participaron en la crucifixión, delante de lo que estaba ocurriendo, espantados y temerosos, habrían glorificado a Dios, diciendo:

– ¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!

Los que habían abucheado a Jesús volvieron para sus casas golpeándose el pecho, demostrando arrepentimiento.

Descartados los excesos fantasiosos de esas narrativas, es posible ver en ellas algo de real y simbólico. La idea del velo rasgado en el santo de los santos, el lugar más sagrado del templo, puede significar un nuevo tiempo de religiosidad libre de exterioridades, con acceso a los valores espirituales llevados por Jesús. Todo sería muy sencillo. La nueva orden religiosa no habría misterios, Solamente amor.

Nada de lugares sagrados. Dios está en todo y en todos. La presencia de Espíritus superiores, que vinieron para la culminación del apostolado de Jesús, ciertamente fue notada.

Es significativa la expresión aparecieron a muchos. No fue un fenómeno objetivo que todos presenciaron, sino una visión espiritual, observada apenas por aquellos que poseen sensibilidad mediúmnica.

***

Para que sirviesen de ejemplo, las autoridades romanas dejaban los cadáveres expuestos en la cruz, a merced de buitres y perros.

En Palestina, esa práctica horripilante contrariaba a las tradiciones religiosas, que recomendaban sepultarlo el mismo día de su muerte, con un detalle: antes del anochecer. Oportuno recordar que para los judíos el día comenzaba al oscurecer. Como era viernes, por la tarde, en pocas horas estarían en sábado, consagrado al Señor, en que era vedada cualquier actividad desvinculada del culto, hasta incluso sepultar. Así, fue solicitado a Pilatos que mandase romper las piernas de los condenados para acelerar su muerte. Los soldados cumplían la determinación junto a los dos ladrones. Con Jesús, ya muerto, no fue necesario. Uno de los soldados, que la tradición denominó Longinos, para asegurarse, agujereó con una lanza, el costado, alcanzando su corazón.

Consta que de la herida salía sangre y agua. La supuesta agua probablemente era el líquido amarillento, seroso, del pericardio.

***

Vino un hombre rico, llamado José, natural de Arimatea. Era ilustre miembro del Sinedrio, hombre bueno y justo, que discrepaba de sus compañeros en el funesto juzgamiento. Fue de él la iniciativa de buscar a Pilatos y solicitarle la autorización para sepultar a Jesús.

El gobernador romano vio raro que el condenado ya estuviese muerto, solo seis horas después de la crucifixión. Confirmada la información junto a un centurión, José fue atendido, regresando al Calvario.

Llego, también Nicodemo, el fariseo que tuvo el célebre encuentro con Jesús, cuando hablaron sobre la reencarnación. Trajo cerca de cien libras, el equivalente a treinta kilos, de la mezcla de mirra y áloe.

La mirra es una resina sacada del árbol que lleva el mismo nombre; el aloe, una madera aromática, triturada. Mezclada, retardan la descomposición del cadáver.

Los dos hombres hicieron la aplicación en el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en paños de lino, preparándolo para sepultarlo.
En las cercanías había un jardín. En él, excavado en la roca, un sepulcro nuevo,

perteneciente a José de Arimetea. Decidieron sepultarlo allí mismo, sin tardanza, después de que rodasen una piedra enorme, cerrando la abertura.

María Magdalena y la otra María, madre de Santiago, estuvieron presentes, acompañando como lo sepultaban.

***

En ese ínterin, los sacerdotes se reunieron con Pilatos y le dijeron:

– Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después del tercer día resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el día tercero; para que no vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el último error peor que el primero.

Y Pilato les dijo:

– Tenéis la guardia: id, aseguradlo como sabéis.

Y yendo ellos, aseguraron el sepulcro con guardia, sellando la piedra. Pasado el sábado, rozando el domingo, se hizo sentir un temblor de tierra, resultante de la acción de un ángel, removiendo la piedra que cerraba el sepulcro. Se sentó sobre ella. Y su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Los guardas, asustados, se quedaron inmóviles, como si estuviesen muertos.

***

En ese momento, María Magdalena, la otra María, madre de Santiago, y Salome, decidieron llevar aromas para ungir a Jesús.

Como fue explicado, el áloe y la mirra que José de Arimatea y Nicodemo aplicaron, retardaban la descomposición. Por eso sería posible aun contemplarlo, dos días después de su muerte. Y decían entre sí:

– ¿Quién apartará para nosotras la piedra de entrada en el sepulcro?

Llegando, observaron que estaba movida. Entrando, la gran sorpresa:

¡El cuerpo de Jesús allí no estaba!

Perplejas, vinieron dos ángeles que se presentaron con ropas resplandecientes. Uno de ellos les dijo:

– No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús Nazareno, que fue crucificado. ¿Por qué buscáis entre los muertos aquel que está vivo? Él no está aquí, porque ya resucitó, como lo había dicho.

Recordad cómo os habló, cuando estaba aún en Galilea: “Es preciso que el Hijo del Hombre sea entregado a las manos de los pecadores, sea crucificado, y resucite al tercer día.”

Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor. Id rápidamente y decid a sus discípulos y a Pedro que Jesús resucitó de los muertos… Eufóricas, las piadosas mujeres buscaron a los discípulos.

María Magdalena fue a Simón Pedro y Juan, que acudieran al sepulcro, allí encontrando solamente la sabana que envolvía el cuerpo de Jesús y el pañuelo que le cubrió el rostro.
Del pañuelo no tenia noticias. Se especulaba que la sabana seria el famoso santo sudario, reliquia que se encuentra en Turín, en Italia, objeto de controversias en cuanto a su legitimidad. Aunque un tanto escéptico, Simón Pedro y Juan quedaron impresionados. Jesús les dijo que serían cumplidas las escrituras. Estas proclamaban que el Mesías resucitaría.

El desaparecimiento, pues, del cuerpo, sin dejar vestigios, era motivo de una gran emoción, inundando sus corazones de expectativa.

***

– Para las religiones tradicionales, el desaparecimiento del cuerpo es la prueba de que Jesús resucitó.

Admitiéndose esa hipótesis, hay un problema igualmente complejo a resolver. Llegaría el momento en que el Maestro habría de partir. ¿Y de ahí? ¿Qué habría pasado con su cuerpo? ¿Dónde estaría?

Buscando quitar esa duda, los teólogos medievales resolvieron que el cuerpo de Jesús pasó por una transustanciación y se hizo divino, capaz de transportarse del plano físico para el espiritual.

Cayeron en el terreno fértil de la imaginación. Recordando el propio Jesús, en el célebre dialogo con Nicodemo, lo que es nacido de la carne es carne, lo que es nacido del espíritu es espíritu (Juan, 3:6). La carne no se “espiritualiza”, ni se transfiere para el Más Allá.
Dejando de lado esa fantasía y admitiendo que todo aconteció como está registrado, podemos pensar que el Maestro dispuso todo para que su cuerpo fuese desmaterializado. Si el santo sudario es auténtico, su imagen allí impresa de forma desconocida, sin el uso de tinta, podría ser el resultado de esa operación. Al transformarse en energía, el cuerpo habría impreso el lino, como si fuera papel fotográfico.

Diría el lector versado en física que semejante operación desencadenaría una explosión atómica. Bien, admitido que Jesús ejercitaba poderes que transcendían a las limitaciones humanas, no le sería difícil evitar ese “pequeño” efecto colateral.

Sea como sea, al preparar el desaparecimiento de su cuerpo, Jesús procuró evitar el “culto al cadáver”, y la disputa por “reliquias” (dientes, cabellos, huesos, ropas), que fatalmente acontecería, bien típica de las tendencias humanas. Deseaba que lo reverenciasen con la vivencia de sus lecciones, jamás con la adoración de sus despojos carnales. Así, eliminó los trazos materiales de su pasaje por la Tierra.

Richard Simonetti
Extraído del libro “Antes que el gallo cante”
Traducido por R. Bertolinni

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