Siembra y cosecha

Humberto-de-CamposCierto Hombre, enredado en el vicio de la embriaguez, era frecuentemente visitado por un generoso amigo espíritu al que le amparaba la existencia.

– ¡Arrepiéntete y recurre a la Bondad Divina! – rogaba el bienhechor cuando el alcohólico se desprendía parcialmente del campo físico, en las alas del sueño. – ¡Valoriza el tiempo y no postergues tu propia renovación! Un cuerpo terrestre es herramienta preciosa con la que el alma debe servir en la oficina del progreso. No menosprecies tus propias fuerzas!…

El infeliz despertaba, impresionado. Rememoraba las palabras oídas, intentaba mentalizar la hermosura del enviado sublime y, íntimamente, formulaba el propósito de regenerarse. Sin embargo, sobreviniendo la noche, sucumbía de nuevo a la tentación. Embriagándose, se arrojaba a un largo período de inconsciencia, volviéndose al relajamiento y la desidia.

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Dar

sillasA un amigo mío llamado David, su hermano le dio un automóvil como regalo. Un día, cuando David salió de su oficina, un niño de la calle estaba caminando alrededor del brillante coche nuevo admirándolo.

-Señor, ¿este es su coche? ?preguntó.

David afirmó con la cabeza.

– Mi hermano me lo regaló.

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