Augusto Michel

allan-kardec-tratado5El Havre, marzo de 1863

Éste era un joven rico, amigo de tratarse bien, y que gozaba amplia y exclusivamente de la vida material. Aunque inteligente, la indiferencia por las cuestiones serias era el fondo de su carácter. Sin maldad, antes bueno que malo, era amado por sus compañeros de placer y buscado en la alta sociedad por sus cualidades de hombre de mundo. Sin haber hecho mal, no había hecho bien. Murió a consecuencia de la caída de su carruaje en el paseo. Evocado algunos días después de su muerte por un médium que le conocía indirectamente, dio sucesivamente las comunicaciones siguientes:

8 de marzo de 1863. “Estoy apenas separado de mi cuerpo, así es que difícilmente puedo hablaros. La terrible caída que ha hecho morir a mi cuerpo pone a mi espíritu en gran perturbación. Temo por lo que va a ser de mí, y esta incertidumbre es cruel. El horrible sufrimiento que mi cuerpo ha experimentado no es nada, comparándolo a la turbación en que estoy. Orad para que Dios me perdone. ¡Oh, qué dolor! ¡Oh, gracias, Dios mío! ¡Qué dolor! Adiós.”

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Otra vez las monedas

ancianoHabía una vez en las afueras de un pequeño pueblo, dos casas vecinas. En una, vivía un afortunado y acaudalado agricultor. Estaba rodeado de sirvientes y tenía acceso a todo lo que pudiera ocurrírsele. En la otra, una casucha humilde, vivía un viejito de hábitos muy austeros, que usaba gran parte de su tiempo en trabajar la tierra y orar. El viejo y el rico se cruzaban diariamente y cambiaban unas pocas palabras en cada encuentro. El rico hablaba de su dinero y el viejo hablaba de su fe.

— La fe… –se burlaba el rico— Si como dices, tu Dios es tan poderoso ¿por qué no le pides que te envíe suficiente como para no pasar las privaciones que atraviesas?

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