Parábola del rico y lázaro

Cairbar_schutel“Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y blanqueaba a diario espléndidamente. Un pobre, llamado Lázaro, cubierto de úlceras, estaba sentado a la puerta del rico; quería quitarse el hambre con lo que caía de la mesa del rico; hasta los perros se acercaban y le lamían sus úlceras. Murió el pobre, y los ángeles le llevaron al seno de Abraham. Murió también el rico, y lo enterraron. Y estando en el infierno, entre torturas, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro a su lado. Y gritó: Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro para que moje en agua la yema de su dedo y refresque mi lengua, porque me atormentan estas llamas.

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El devoto desilusionado

humberto-de-camposEl hecho parece anécdota, pero un amigo nos contó la pequeña historia que pasamos al frente, asegurando que el relato se basa en la más viva realidad.

Hemetério Rezende era un tipo de creyente exquisito, con fijación en la idea del paraíso. Admitía píamente que la oración dispensaba las buenas obras, y que la oración aún era el mejor me dio de evitarse cualquier esfuerzo.

“Descansar, descansar!…” En la cabeza de él, eso era un refrán mental incesante. El cumplimiento del mínimo deber le surgía a la vista como actividad sacrificial y, en las pocas obligaciones que ejercía, se acusaba por penitente desventurado, lamentándose por bagatelas. Por eso mismo, fantaseaba el “dulce hacer nada” para después de la muerte del cuerpo físico.

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