Amar al prójimo

Foto_JesusDice el mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Marcos, 12:31)

Sin embargo, los hombres, en vez de amar al prójimo, aman sus cualidades y virtudes, principalmente cuando dichas virtudes les traen algún beneficio. Es por eso que los hombres creen ser difícil, casi imposible, amar a los enemigos, a los inicuos y a los malos. Es necesario que los hombres entiendan y asimilen bien el espíritu del mandamiento para que no se equivoquen amando las virtudes del prójimo y no al mismo prójimo, como lo establece el precepto divino.

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Bien y mal sufrir

kardecCuando Cristo dijo: «Bienaventurados los afligidos, el reino de los cielos les pertenece», no se refería de modo general a los que sufren, visto que sufren todos los que se encuentran en la Tierra, quiera ocupen tronos, quiera yazgan sobre la paja. Pero, ¡ah! pocos sufren bien; pocos comprenden que solamente las pruebas bien soportadas pueden conducirlos al reino de Dios.

El desánimo es una falta. Dios os recusa consolaciones, desde que os falte coraje. La plegaria es un apoyo para el alma; pero, no basta: es preciso que tenga como base una fe viva en la bondad de Dios.

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Frente a la mediumnidad

andreluzDesvirtuar todo concepto que tienda a considerar a la mediumnidad, al médium o a los hechos mediúmnicos como extraordinarios o místicos.

La comunicación mediúmnica es una manifestación natural y el médium es un ser humano como cualquier otro. Convencerse de que el ejercicio natural de la mediumnidad no exime al médium de la obligación de vivir de una profesión honesta en la sociedad de la que forma parte.

No puede haber asistencia digna donde no hay deber dignamente cumplido.

Precaverse contra los pedidos inadecuados relacionados con la mediumnidad. Los médiums son compañeros comunes que deben vivir normalmente las experiencias y las pruebas que les corresponden. Por ninguna razón elogiar al mediador por los resultados obtenidos a través de él, recordando que es siempre preferible agradecer sin lisonjear.

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¡Un cristiano!

amaliaEstoy tan acostumbrada a las infamias sociales, que cuando llega hasta mí el relato de una buena acción, mi alma sonríe alborozada y exclamo con inmensa alegría: ¡Gracias Dios mío!, aún hay en la tierra quien practique las enseñanzas de Jesús.

Hace pocos días que vino a verme una pobre mujer viuda con cuatro hijos pequeños, la infeliz llegó al extremo de la más espantosa miseria, su marido murió de hambre y su cadáver estuvo depositado en su casa tres días sin poderse conseguir que el carro de los muertos lo recogiera.

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