Valor personal

felizEn una antigua ciudad de Persia, existía una Academia donde se reunían los sabios de la época. Se llamaba Academia Silenciosa, porque sus miembros debían mantenerse callados en cuanto fuera posible, en meditación, resolviendo los problemas que les eran presentados.

Cierto día, en que todos estaban reunidos, se presentó un eminente pensador. Se llamaba Doctor Zeb y fue allí a proponer su candidatura a un lugar entre aquellos sabios. El Presidente de la Academia lo atendió en silencio. Después, delante de los académicos, escribió el número mil en la pizarra con tiza, colocando un cero a su izquierda, haciéndole entender que este era su significado para los presentes.

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Abre la puerta

Emmanuel-chicoxavier“Y habiendo dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: Recibid al Espíritu Santo.” (Juan, 20:22)

Profundamente expresivas son las palabras de Jesús a los discípulos, en las primeras manifestaciones
después del Calvario.

Compareciendo a la reunión de los compañeros, esparce sobre ellos su espíritu de amor y vida, exclamando: “Recibid el Espíritu Santo.” ¿Por qué no se unieron las bendiciones del Señor, automáticamente, a los aprendices? ¿Por qué no transmitió Jesús, pura y simplemente, su poder divino a los sucesores? Él, que distribuyera dádivas de salud, bendiciones de paz, recomendaba a los discípulos recibiesen los divinos dones espirituales. ¿Por qué no imponer semejante obligación?

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