No hay dolor sin historia

Sigo recibiendo diariamente cartas, cual más conmovedora: ya es una madre que siente repetidas veces los dolores de un próximo alumbramiento y, cuantas veces cree llegado el momento dichoso de estrechar a su hijo entre los brazos, otras tantas se paraliza su cuerpo, queda inerte y el ser que se agitaba en sus entrañas muere dentro del claustro materno, sufriendo la pobre madre todas las agonías de la muerte sin llegar a morir.

Ora es una madre desolada que me dice: “Yo tenía un hijo de veintiséis años, ¡Uno solo, que era mi gloria, mi vida! Espíritu adelantadísimo, librepensador, periodista culto y discreto, que no tenía más afán ni anhelo que engrandecer su pueblo natal, queriéndome con delirio y yo a él con idolatría; de pronto, repentinamente, sin poder decirme adiós por falta de tiempo, ¡Se murió! Y yo estoy loca, desesperada, por más esfuerzos que hago no puedo resignarme con la ausencia de mi hijo, ¡Era mi vida, era mi esperanza, era mi dios en la Tierra! Usted dice que me conforme, ¡Que me resigne!

¡Ah, señora, de seguro que usted no ha tenido hijos!…”

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La voz del Espiritismo

Hay un período en la vida
que se llama edad madura,
sinónimo de amargura,
edad de intenso dolor;
otoño de la existencia
que entre llantos y congojas,
se pierden cual secas hojas,
nuestros ensueños de amor.

La realidad de la vida
nos presenta su esqueleto,
mostrándonos el secreto
del desengaño fatal;
y al comprender el arcano
qué guarda el mundo en su seno,
nos asfixia el negro cieno
de su impuro lodazal.

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Los mundos habitados

¿Están habitados todos los mundos que circulan en el espacio?.

¡Si! y el hombre de la Tierra está muy lejos de ser el primero en inteligencia, en bondad y en perfección como él presume. Sin embargo hay hombres que se creen bastante autorizados para aseverar que este pequeño globo es el único que tiene el privilegio exclusivo de ser habitado por seres racionales. ¡Que orgullo y que vanidad! Creen que Dios ha creado el Universo para ellos solos. Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la providencia. Creer que los seres vivientes están limitados al punto del Universo que habitamos, sería poner en duda la sabiduría de Dios que nada ha hecho inútil. A estos mundos les ha debido designar un fin más serio que el de recrear nuestras vistas, por otra parte, nada, ni la posición ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, pueden hacer suponer razonablemente que tenga privilegio de estar habitada con exclusión de tantos millares de mundos semejantes.

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Lo que son los ángeles

¡Injusticia en el Hacedor Supremo!.

Esto encuentra siempre el alma que estudia y profundiza sobre las afirmaciones dogmáticas del catolicismo. Detengamos hoy nuestro pensamiento en uno de los puntos más flacos, más erróneos de su Génesis, o sea, sobre la Creación Angélica. Meditemos y comparemos. El Dios católico, crea, porque sí, (siempre porque sí) desde el principio, a unos seres revestidos por Él, al crearlos, de una luz deslumbradora, de una pureza inmaculada, destinados a gozar eternamente del mayor de los bienes, o sea, de su presencia, sin haber hecho nada para merecer tan grandioso premio: Estos son los ángeles. Y va creando las pobres almas humanas destinadas a gozar también de su presencia, si sortean los mil y mil peligros de su accidentada vida terrestre, sin dejar manchada su vestidura espiritual al pasar por la Tierra, yendo, sin misericordia ni remisión, para el Infierno eterno, en la mayoría de los casos. Esto enseña el catolicismo; y ahora la razón humana dice: ¿Es que no son criaturas de Dios, iguales ante su amor, los ángeles y las almas humanas? ¿Es que son menos hijas suyas estas últimas que las primeras?

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¿Qué pasa en mi mente?

Meditación

Algo en mi pasa desconocido;
mi ayer perdido quiero olvidar;
y nunca vida, nueva impresión,
siento que se agita mi corazón.
Seres amigos, a quien yo amaba,
que los miraba con gran placer,
hoy los contemplo sin emoción,
y nada dicen a mi razón.
Sobre mi vida de desconsuelo
se extiende un velo;
y el porvenir ya no me inquieta.
¡Que transición!.

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La avaricia de cien siglos

Por muy acostumbrados que estemos a ver a hombres cuyas rarezas y excentricidades llaman poderosamente la atención, siempre sorprende ver a un desdichado víctima indudablemente de sí mismo, ya que como dicen muy bien los Espíritus, el papel de verdugo no tiene que hacerlo nadie para castigar las faltas de otro; cada uno es verdugo de sí mismo, pues en la eterna justicia de Dios cada cual recoge la cosecha de su siembra.

Leyendo los periódicos encontré un suelto y al leerlo juré: ¿Qué causa habrá dado este efecto?

“¡La avaricia de cien siglos! …”, dijo una voz. El suelto decía así: Un avaro

En la calle de la Paloma, número 22, se encontró días pasados a un casero moribundo con un ataque de hambre. Llevado al hospital, falleció. Ese hombre vivía en la mayor miseria, durmiendo en un camastro con trapos en un rincón de la habitación. Ayer, al presentarse el juez en la habitación donde vivió el avaro, encontró debajo del camastro 31.000 pesetas en valores de banco.

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¡Qué solos iban!

Yendo una mañana en el tranvía, éste quedó detenido largo rato, por hallar obstáculos en su camino, y todos los pasajeros se entretenían en mirar y averiguar qué era lo que pasaba entre cocheros, carreteros y descargadores, que interrumpían el tráfico público. Un joven obrero que iba sentado frente a mí, observé que miraba con suma fijeza en dirección opuesta a la que llevábamos; miré yo también y vi que avanzaba lentamente un coche fúnebre conduciendo un modestísimo ataúd, al que nadie seguía.

Mi compañero de viaje siguió con la mirada puesta en el coche fúnebre, hasta que lo perdió de vista, y cuando volvió la cabeza, noté con asombro que se limpiaba disimuladamente los ojos con la manga de su vieja pero limpia blusa, y mirándome con tristeza murmuró con acento conmovido:

-¡Qué solo va!… ¡Pobrecillo! ¡Nadie le sigue!… ¡Nadie le acompaña! ¿No es verdad que causa pena ver una cosa así? Ese muerto, o no tiene familia, o nadie le quiere: ¡Qué solo va!…

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La calumnia

¡Calumnia abominable!… el luto y el espanto
difundes por do quiera: ¡Fatal es tu misión!
los ojos más serenos anublas con el llanto
y arrancas despiadada, la paz del corazón.

En todas partes dejas tristísima memoria;
unida estás al hombre con invisible imán.
Profanas con tu aliento el libro de la historia
y crédito los siglos a tus sofismas dan.

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¡Y nosotros queremos el progreso!

La escuela espiritista merece ser estudiada, porque es la filosofía del racionalismo, porque reconoce la existencia de Dios, y cree en el progreso indefinido del Espíritu, considerando el trabajo y la moralidad como los principios motores del adelanto humano. Creemos que sin la perfecta tranquilidad de la conciencia, la felicidad es un mito; por esto la escuela espiritista es eminentemente moralizadora. Porque aceptamos el progreso eterno, vemos en el trabajo el adelanto en los vicios, las llamas del infierno que nos hacen verter mares de llantos.

En la ignorancia, el espanto averno, en el hombre más bueno, el mejor santo adorado de Dios la omnipotencia. En el sagrado altar de la conciencia. ¡La conciencia es el cielo en que creemos! ¡La conciencia es el cielo que esperamos!

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Los mantos de espuma

Dices bien -nos dice un espíritu-, la playa cubierta de espuma es de un efecto sorprendente y grandioso sobre toda ponderación. No hay salón de rico potentado que tenga alfombra mejor trabajada ni techumbre más esplendorosa. Ayer te acompañé en tu paseo, me asocié a tu contemplación, oré contigo, y no te he dejado ni un segundo, porque deseaba contarte un episodio de mi última existencia íntimamente enlazada con los mantos de espuma que tanto te impresionaron, manto que ningún César lo ostenta tan hermoso, porque el manto de Dios es superior en belleza a todas las púrpuras y armiños de la Tierra.

En mi última encarnación pertenecí a tu sexo, y a semejanza de Moisés, me arrojaron al mar en un lindo cestito de mimbres en una hermosa mañana de primavera. Un niño de diez años estaba jugando a la orilla del mar, vio mi cuna y, dominado por infantil curiosidad, se lanzó al agua, y momentos después saltó a tierra ebrio de felicidad, porque sin esfuerzo alguno había conseguido coger el objeto codiciado, el cestito de mimbres de color de rosa, que se había sostenido a flor de agua. Grande fue su sorpresa cuando al abrirlo encontró dentro una tierna criatura envuelta en encajes y pieles de armiño.

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Misterios de la vida

Paseando una tarde por los alrededores de la imperial Toledo, me detuve a descansaren la casa de una familia amiga, compuesta del matrimonio, del padre de la mujer y cinco hijos, cuatro varones y una mujercita. Era esta última una niña seductora, de negros ojos, de mirada magnetizadora. De su boca salía una voz tan dulce como el suspiro de un ángel.

Catorce abriles habían dejado en su frente la palidez de las azucenas, y en sus sonrosadas mejillas el delicado matiz de los entreabiertos capullos; mas, ¡ay!, sus diminutos pies se habían negado a sostenerla.

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