Lo que son los ángeles

¡Injusticia en el Hacedor Supremo!.

Esto encuentra siempre el alma que estudia y profundiza sobre las afirmaciones dogmáticas del catolicismo. Detengamos hoy nuestro pensamiento en uno de los puntos más flacos, más erróneos de su Génesis, o sea, sobre la Creación Angélica. Meditemos y comparemos. El Dios católico, crea, porque sí, (siempre porque sí) desde el principio, a unos seres revestidos por Él, al crearlos, de una luz deslumbradora, de una pureza inmaculada, destinados a gozar eternamente del mayor de los bienes, o sea, de su presencia, sin haber hecho nada para merecer tan grandioso premio: Estos son los ángeles. Y va creando las pobres almas humanas destinadas a gozar también de su presencia, si sortean los mil y mil peligros de su accidentada vida terrestre, sin dejar manchada su vestidura espiritual al pasar por la Tierra, yendo, sin misericordia ni remisión, para el Infierno eterno, en la mayoría de los casos. Esto enseña el catolicismo; y ahora la razón humana dice: ¿Es que no son criaturas de Dios, iguales ante su amor, los ángeles y las almas humanas? ¿Es que son menos hijas suyas estas últimas que las primeras? Seguir leyendo “Lo que son los ángeles”

¿Qué pasa en mi mente?

Meditación

Algo en mi pasa desconocido;
mi ayer perdido quiero olvidar;
y nunca vida, nueva impresión,
siento que se agita mi corazón.
Seres amigos, a quien yo amaba,
que los miraba con gran placer,
hoy los contemplo sin emoción,
y nada dicen a mi razón.
Sobre mi vida de desconsuelo
se extiende un velo;
y el porvenir ya no me inquieta.
¡Que transición!. Seguir leyendo “¿Qué pasa en mi mente?”

La avaricia de cien siglos

Por muy acostumbrados que estemos a ver a hombres cuyas rarezas y excentricidades llaman poderosamente la atención, siempre sorprende ver a un desdichado víctima indudablemente de sí mismo, ya que como dicen muy bien los Espíritus, el papel de verdugo no tiene que hacerlo nadie para castigar las faltas de otro; cada uno es verdugo de sí mismo, pues en la eterna justicia de Dios cada cual recoge la cosecha de su siembra.

Leyendo los periódicos encontré un suelto y al leerlo juré: ¿Qué causa habrá dado este efecto?

“¡La avaricia de cien siglos! …”, dijo una voz. El suelto decía así: Un avaro

En la calle de la Paloma, número 22, se encontró días pasados a un casero moribundo con un ataque de hambre. Llevado al hospital, falleció. Ese hombre vivía en la mayor miseria, durmiendo en un camastro con trapos en un rincón de la habitación. Ayer, al presentarse el juez en la habitación donde vivió el avaro, encontró debajo del camastro 31.000 pesetas en valores de banco. Seguir leyendo “La avaricia de cien siglos”

¡Qué solos iban!

Yendo una mañana en el tranvía, éste quedó detenido largo rato, por hallar obstáculos en su camino, y todos los pasajeros se entretenían en mirar y averiguar qué era lo que pasaba entre cocheros, carreteros y descargadores, que interrumpían el tráfico público. Un joven obrero que iba sentado frente a mí, observé que miraba con suma fijeza en dirección opuesta a la que llevábamos; miré yo también y vi que avanzaba lentamente un coche fúnebre conduciendo un modestísimo ataúd, al que nadie seguía.

Mi compañero de viaje siguió con la mirada puesta en el coche fúnebre, hasta que lo perdió de vista, y cuando volvió la cabeza, noté con asombro que se limpiaba disimuladamente los ojos con la manga de su vieja pero limpia blusa, y mirándome con tristeza murmuró con acento conmovido:

-¡Qué solo va!… ¡Pobrecillo! ¡Nadie le sigue!… ¡Nadie le acompaña! ¿No es verdad que causa pena ver una cosa así? Ese muerto, o no tiene familia, o nadie le quiere: ¡Qué solo va!… Seguir leyendo “¡Qué solos iban!”

La calumnia

¡Calumnia abominable!… el luto y el espanto
difundes por do quiera: ¡Fatal es tu misión!
los ojos más serenos anublas con el llanto
y arrancas despiadada, la paz del corazón.

En todas partes dejas tristísima memoria;
unida estás al hombre con invisible imán.
Profanas con tu aliento el libro de la historia
y crédito los siglos a tus sofismas dan. Seguir leyendo “La calumnia”

¡Y nosotros queremos el progreso!

La escuela espiritista merece ser estudiada, porque es la filosofía del racionalismo, porque reconoce la existencia de Dios, y cree en el progreso indefinido del Espíritu, considerando el trabajo y la moralidad como los principios motores del adelanto humano. Creemos que sin la perfecta tranquilidad de la conciencia, la felicidad es un mito; por esto la escuela espiritista es eminentemente moralizadora. Porque aceptamos el progreso eterno, vemos en el trabajo el adelanto en los vicios, las llamas del infierno que nos hacen verter mares de llantos.

En la ignorancia, el espanto averno, en el hombre más bueno, el mejor santo adorado de Dios la omnipotencia. En el sagrado altar de la conciencia. ¡La conciencia es el cielo en que creemos! ¡La conciencia es el cielo que esperamos! Seguir leyendo “¡Y nosotros queremos el progreso!”

Los mantos de espuma

Dices bien -nos dice un espíritu-, la playa cubierta de espuma es de un efecto sorprendente y grandioso sobre toda ponderación. No hay salón de rico potentado que tenga alfombra mejor trabajada ni techumbre más esplendorosa. Ayer te acompañé en tu paseo, me asocié a tu contemplación, oré contigo, y no te he dejado ni un segundo, porque deseaba contarte un episodio de mi última existencia íntimamente enlazada con los mantos de espuma que tanto te impresionaron, manto que ningún César lo ostenta tan hermoso, porque el manto de Dios es superior en belleza a todas las púrpuras y armiños de la Tierra.

En mi última encarnación pertenecí a tu sexo, y a semejanza de Moisés, me arrojaron al mar en un lindo cestito de mimbres en una hermosa mañana de primavera. Un niño de diez años estaba jugando a la orilla del mar, vio mi cuna y, dominado por infantil curiosidad, se lanzó al agua, y momentos después saltó a tierra ebrio de felicidad, porque sin esfuerzo alguno había conseguido coger el objeto codiciado, el cestito de mimbres de color de rosa, que se había sostenido a flor de agua. Grande fue su sorpresa cuando al abrirlo encontró dentro una tierna criatura envuelta en encajes y pieles de armiño. Seguir leyendo “Los mantos de espuma”

Misterios de la vida

Paseando una tarde por los alrededores de la imperial Toledo, me detuve a descansaren la casa de una familia amiga, compuesta del matrimonio, del padre de la mujer y cinco hijos, cuatro varones y una mujercita. Era esta última una niña seductora, de negros ojos, de mirada magnetizadora. De su boca salía una voz tan dulce como el suspiro de un ángel.

Catorce abriles habían dejado en su frente la palidez de las azucenas, y en sus sonrosadas mejillas el delicado matiz de los entreabiertos capullos; mas, ¡ay!, sus diminutos pies se habían negado a sostenerla. Seguir leyendo “Misterios de la vida”

¡Salvación!

Pensando estaba en mi amiga Clotilde, cuando ésta entró en mi aposento pálida y triste, envuelta en negros crespones.

-¿Por quién llevas luto?, -le pregunté afanosa.

-Por mi padre político.

-Pues, mucho lo debes haber sentido, porque te encuentro pálida y marchita, se ven en tu semblante las huellas del dolor. Seguir leyendo “¡Salvación!”

¡Una flor sin aroma!

Yo creo que el pudor en las mujeres es como el perfume en las flores: es el alma de la belleza.

Por hermosa, por encantadora que sea una flor, si al contemplarla no nos embriaga con su embalsamada esencia, pierde mucha parte de su belleza, pierde mucha parte de su encanto; y de igual modo la mujer, aunque sea más bella que la Venus de Nilo, si no rodea su frente la aureola de la pureza y del candor, si no hay en ella aromas de honestidad, si sus aterciopeladas mejillas no se colorean con el rojo matiz del rubor cuando en sus oídos resuenan palabras atrevidas o ve acciones indecorosas, aquella mujer queda convertida en una hermosa estatua de carne, para la cual no habrá un segundo Pigmalion que la anime con su espíritu. Seguir leyendo “¡Una flor sin aroma!”

La muerte

“¡¡Oh muerte, cuan amarga es tu memoria!! ¡¡Cuan presto tu venida!! ¡cuán dudosa tu hora y cuan universal tu senorio! Los poderosos no te pueden huir; los sabios no te saben evitar; los fuertes, contigo pierden su fortaleza; para contigo ninguno hay rico, pues ninguno puede comprar la vida por dineros.

Todo lo andas, todo lo cercas y en todo lugar te hayas. Tu paces las yerbas, bebes los vientos, corrompes los aires, mudas lo siglos, truncas el mundo y no dejas de sorber la mar. Todas las cosas tienen su crecientes y menguantes; mas tu siempre permaneces en un mismo ser. Eres un martillo que siempre hiere, espada que nunca se embota, lazo en que todos caen, cárcel en que todos entran, mar donde todos peligran, pena que todos padecen y tributo que todos pagan. !Oh muerte cruel!. Seguir leyendo “La muerte”

¡Murió de frío!

Una tarde fui con mi amiga Herminia Guzmán a una casa de campo que posee en Carabanchel, sitio de preferencia, porque allí pasó su primera juventud con sus padres; allí se casó; allí sonrió a su primer hijo y allí derramó sus primeras lágrimas. Hoy Herminia, mujer muy buena, es profundamente desgraciada, a causa de su marido y de sus hijos, sin otra ventaja en medio de su desventura, que la de una posición adinerada. Suaviza sus amarguras la fe religiosa, esperándolo todo del amor y de la justicia divina.

Al llegar a la quinta, lo primero que hizo fue enseñarme la casa. Luego nos refugiamos en el gabinete que ella ocupara de soltera, donde me mostró retratos, poesías de sus compañeras de colegio, y por último una cajita de raso blanco, en cuya tapa había bordadas con seda azul estas palabras: «¡Murió de frío!». La caja contenía una flor seca y un rizo de cabellos rubios como el oro. Seguir leyendo “¡Murió de frío!”

¡Una madre!

¡Qué dulce, qué hermoso título el de madre!… Me decía una señora, a la cual le dan tan bello nombre, a pesar de no pertenecer a ninguna congregación religiosa, ni haber faltado nunca a los deberes de toda mujer honrada. Margarita es madre… de los pobres, de los muchos desheredados que llegan a pedirle una limosna por amor de Dios y a contarle sus cuitas y penalidades.

-Sí, amiga mía -me decía Margarita-; ya sabes tú que mi destino ha sido bastante adverso; que las flores que yo he pisado se han convertido en cenizas; que las fuentes adonde he ido a calmar mi sed, se han agotado; que las almas buenas a quienes he pedido cariño, todas han sido ingratas para mí; pues bien, a pesar de tanta desventura, la felicidad me sonríe algunos momentos, cuando un desgraciado me dice: Seguir leyendo “¡Una madre!”

¡Llorar por dejar la tierra!

Querida Prudencia: hace algún tiempo supe que un ser ignorante te había vaticinado tu desaparición de la Tierra dentro de un breve plazo, y tú que al recibir tal noticia lloraste amargamente pensando que pronto ibas a dejar tu envoltura material.

Hay un refrán que dice: “Ojos que no ven, corazón que no llora” y es verdad, yo escuché el relato de la predicación que te hicieron y del llanto que ésta te costó, y me sonreí, porque hay cosas que de oídas, sólo causan risa. Seguir leyendo “¡Llorar por dejar la tierra!”

¡22 Años!

Dice un antiguo refrán que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena; pues sabido es, según cuenta la tradición, que cuando la tempestad se desencadena, si evoca a dicha santa, el rayo se detiene en su carrera, y a pesar de hacer tan grandiosos beneficios, (según aseguran los creyentes) la humanidad se olvida de su consecuente protectora. Triste es decirlo, pero la raza humana es tan olvidadiza que todo lo relega al olvido; desde el milagro de la mística fábula, hasta los grandes principios de las escuelas filosóficas, en unión de sus innegables consuelos.

Nosotros somos los primeros que nos acostumbramos como los demás a vivir en medio de la luz, y no apreciamos como deberíamos, el inmenso bien que nos ha proporcionado el conocimiento del Espiritismo, y el que proporciona a los demás; necesitamos ver de muy cerca algún gran infortunio para apreciar todo el horror que hay en la sombra, y toda la felicidad que hay en la luz. Seguir leyendo “¡22 Años!”

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