Más esfuerzos, más tolerancia

Cuando las multitudes embrutecidas por la ignorancia sienten la fiebre del progreso, en su delirio exclaman: Cuando los pueblos sean libres no tendremos sacerdotes, no tendremos poderes de ninguna especie a los cuales obedecer; viviremos entregados a nosotros mismos, la igualdad absoluta reinará en todas las clases sociales; no habrá pobres ni ricos, todos seremos iguales. Estas y otras palabras parecidas pronuncian casi siempre los agitadores de todas las épocas, siendo entre los ignorantes la cizaña que crece ufana en los sembrados de la vida; y como las religiones en su mayoría han dominado a las masas populares, cuando estas quieren sacudir el yugo, lo primero que dicen es: ¡No queremos sacerdotes! Nosotros al escuchar estas exclamaciones, nos sonreímos con lástima y no podemos menos decir: ¡Cuan equivocados estáis! no queréis sacerdotes y los habréis de tener, porque el desnivel eterno del progreso de los espíritus subsistirá siempre, porque mañana como hoy habrá pequeñitos de inteligencia y grandes en sabiduría. No todos los sacerdotes dejan de cumplir con su deber, y los buenos sacerdotes son necesarios en todas las edades.

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Memoria de una mujer

Nunca olvidaré el tiempo que viví en mi pequeño cuartito, ¡allí todo era luz! Luz penetraba por la hermosa ventana, luminosas parecían las paredes porque eran más blancas que la nieve, y luz irradiaba la humilde familia a la cual me reuní. Admirando sus virtudes aprendí a respetar a la clase obrera, porque como yo, en medio de mi modesta medianía, en mi juventud no me traté con la gente del pueblo, no podía comprender lo que valían los hijos del trabajo. Y después, como la clase pobre no es la que proporciona ocupación, cuando me tuve que ganar el pan con el sudor de mi frente estaba en contacto con personas ricas y siempre vivía con familias pobres, pero distinguidas, que guardaban todos los miramientos sociales y que no salían a la calle las mujeres sin su mantilla y los niños sin su sombrero. Así es que desconocía por completo lo que era la gente del pueblo, pues sólo había tratado con una anciana fosforera muy poco tiempo, a la cual debí respetuoso cariño.

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Muerte que no es muerte

Hermana mía: Vas a morir, vas a dejar este valle de lágrimas, este infecundo arenal donde has caminado algunos lustros sin encontrar un árbol que te prestara sombra, ni una fuente que calmara tu sed. ¡Pobre mártir…! Hace diez años que te vi por primera vez: entonces eras joven, simpática y graciosa; en tus ojos irradiaba la esperanza, tus labios sonreían, tus mejillas tenían el color de la rosa en capullo, tus rubios cabellos coronaban tu frente, tu talle gentil se inclinaba con elegante abandono.

La juventud te brindaba sus sueños de oro, y llena de actividad trabajabas incansable, esperando mañana estar mejor. Pero llegó un día en que la miseria se presentó en tu hogar, y desató los dulces lazos de la familia: tu padre y tus hermanos dejaron su nido y huyeron a la desbandada, como las errantes golondrinas; tú te quedaste sola. ¡Pobre Fermina…!

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¡Una flor sin abrir!

Entre las muchas dolencias que atormentan al cuerpo humano, una de las más terribles es la tuberculosis, que, por regla general, escoge a sus víctimas entre los jóvenes de ambos sexos. Tiene, sin embargo, esta dolencia, cierta poesía: muchos escritores han contado en sus novelas la muerte de alguna joven tísica, en el momento de engalanarse para ir a un baile, o cuando ha concluido de colocar sobre sus sienes la corona de azahares de desposada, o de escribir en su libro de memorias el itinerario de larguísimo viaje de recreo. Es enfermedad que embellece a veces a sus víctimas, animando de un modo particular la expresión de sus ojos, que adquieren una brillantez fosfórica, extraordinariamente luminosa.

En un viaje que hice a Tarrasa conocí a una niña de dieciséis años, presa de tan implacable dolencia. Durante algunas horas permanecí constantemente a su lado, estudiando en su frente y en sus ojos el porqué de su martirio. Sin ser bella en toda la acepción de la palabra, despierta las simpatías y atrae los corazones. Es blanco su cutis, transparente, ligeramente sonrosadas sus mejillas, una dulce sonrisa mueve sus labios, y en sus ojos, en la expresión de su mirada, se lee un amoroso idilio…

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Ni virtudes ni defectos

Hace pocos días me visito una mujer de larga historia, la cual tiene un ingenio prodigioso para hacerse desgraciada, porque, si bien sobre su ser han caído grandes calamidades, ella las aumenta y las multiplica por su delicadeza extrema, por su exceso de dignidad, por no amoldarse a las circunstancias de su vida; y pensando en ella una tarde, en esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, sostuve con un espíritu el diálogo siguiente:

-Dime, mi buen amigo invisible, yo no acierto a comprender si María tiene más virtudes que defectos, o más defectos que virtudes. ¿Qué te parece a ti?

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No hay dolor sin historia

Sigo recibiendo diariamente cartas, cual más conmovedora: ya es una madre que siente repetidas veces los dolores de un próximo alumbramiento y, cuantas veces cree llegado el momento dichoso de estrechar a su hijo entre los brazos, otras tantas se paraliza su cuerpo, queda inerte y el ser que se agitaba en sus entrañas muere dentro del claustro materno, sufriendo la pobre madre todas las agonías de la muerte sin llegar a morir.

Ora es una madre desolada que me dice: “Yo tenía un hijo de veintiséis años, ¡Uno solo, que era mi gloria, mi vida! Espíritu adelantadísimo, librepensador, periodista culto y discreto, que no tenía más afán ni anhelo que engrandecer su pueblo natal, queriéndome con delirio y yo a él con idolatría; de pronto, repentinamente, sin poder decirme adiós por falta de tiempo, ¡Se murió! Y yo estoy loca, desesperada, por más esfuerzos que hago no puedo resignarme con la ausencia de mi hijo, ¡Era mi vida, era mi esperanza, era mi dios en la Tierra! Usted dice que me conforme, ¡Que me resigne!

¡Ah, señora, de seguro que usted no ha tenido hijos!…” Seguir leyendo “No hay dolor sin historia”

La voz del Espiritismo

Hay un período en la vida
que se llama edad madura,
sinónimo de amargura,
edad de intenso dolor;
otoño de la existencia
que entre llantos y congojas,
se pierden cual secas hojas,
nuestros ensueños de amor.

La realidad de la vida
nos presenta su esqueleto,
mostrándonos el secreto
del desengaño fatal;
y al comprender el arcano
qué guarda el mundo en su seno,
nos asfixia el negro cieno
de su impuro lodazal. Seguir leyendo “La voz del Espiritismo”

Los mundos habitados

¿Están habitados todos los mundos que circulan en el espacio?.

¡Si! y el hombre de la Tierra está muy lejos de ser el primero en inteligencia, en bondad y en perfección como él presume. Sin embargo hay hombres que se creen bastante autorizados para aseverar que este pequeño globo es el único que tiene el privilegio exclusivo de ser habitado por seres racionales. ¡Que orgullo y que vanidad! Creen que Dios ha creado el Universo para ellos solos. Dios ha poblado los mundos de seres vivientes, que concurren todos al objeto final de la providencia. Creer que los seres vivientes están limitados al punto del Universo que habitamos, sería poner en duda la sabiduría de Dios que nada ha hecho inútil. A estos mundos les ha debido designar un fin más serio que el de recrear nuestras vistas, por otra parte, nada, ni la posición ni el volumen, ni la constitución física de la Tierra, pueden hacer suponer razonablemente que tenga privilegio de estar habitada con exclusión de tantos millares de mundos semejantes. Seguir leyendo “Los mundos habitados”

Lo que son los ángeles

¡Injusticia en el Hacedor Supremo!.

Esto encuentra siempre el alma que estudia y profundiza sobre las afirmaciones dogmáticas del catolicismo. Detengamos hoy nuestro pensamiento en uno de los puntos más flacos, más erróneos de su Génesis, o sea, sobre la Creación Angélica. Meditemos y comparemos. El Dios católico, crea, porque sí, (siempre porque sí) desde el principio, a unos seres revestidos por Él, al crearlos, de una luz deslumbradora, de una pureza inmaculada, destinados a gozar eternamente del mayor de los bienes, o sea, de su presencia, sin haber hecho nada para merecer tan grandioso premio: Estos son los ángeles. Y va creando las pobres almas humanas destinadas a gozar también de su presencia, si sortean los mil y mil peligros de su accidentada vida terrestre, sin dejar manchada su vestidura espiritual al pasar por la Tierra, yendo, sin misericordia ni remisión, para el Infierno eterno, en la mayoría de los casos. Esto enseña el catolicismo; y ahora la razón humana dice: ¿Es que no son criaturas de Dios, iguales ante su amor, los ángeles y las almas humanas? ¿Es que son menos hijas suyas estas últimas que las primeras? Seguir leyendo “Lo que son los ángeles”

¿Qué pasa en mi mente?

Meditación

Algo en mi pasa desconocido;
mi ayer perdido quiero olvidar;
y nunca vida, nueva impresión,
siento que se agita mi corazón.
Seres amigos, a quien yo amaba,
que los miraba con gran placer,
hoy los contemplo sin emoción,
y nada dicen a mi razón.
Sobre mi vida de desconsuelo
se extiende un velo;
y el porvenir ya no me inquieta.
¡Que transición!. Seguir leyendo “¿Qué pasa en mi mente?”

La avaricia de cien siglos

Por muy acostumbrados que estemos a ver a hombres cuyas rarezas y excentricidades llaman poderosamente la atención, siempre sorprende ver a un desdichado víctima indudablemente de sí mismo, ya que como dicen muy bien los Espíritus, el papel de verdugo no tiene que hacerlo nadie para castigar las faltas de otro; cada uno es verdugo de sí mismo, pues en la eterna justicia de Dios cada cual recoge la cosecha de su siembra.

Leyendo los periódicos encontré un suelto y al leerlo juré: ¿Qué causa habrá dado este efecto?

“¡La avaricia de cien siglos! …”, dijo una voz. El suelto decía así: Un avaro

En la calle de la Paloma, número 22, se encontró días pasados a un casero moribundo con un ataque de hambre. Llevado al hospital, falleció. Ese hombre vivía en la mayor miseria, durmiendo en un camastro con trapos en un rincón de la habitación. Ayer, al presentarse el juez en la habitación donde vivió el avaro, encontró debajo del camastro 31.000 pesetas en valores de banco. Seguir leyendo “La avaricia de cien siglos”

¡Qué solos iban!

Yendo una mañana en el tranvía, éste quedó detenido largo rato, por hallar obstáculos en su camino, y todos los pasajeros se entretenían en mirar y averiguar qué era lo que pasaba entre cocheros, carreteros y descargadores, que interrumpían el tráfico público. Un joven obrero que iba sentado frente a mí, observé que miraba con suma fijeza en dirección opuesta a la que llevábamos; miré yo también y vi que avanzaba lentamente un coche fúnebre conduciendo un modestísimo ataúd, al que nadie seguía.

Mi compañero de viaje siguió con la mirada puesta en el coche fúnebre, hasta que lo perdió de vista, y cuando volvió la cabeza, noté con asombro que se limpiaba disimuladamente los ojos con la manga de su vieja pero limpia blusa, y mirándome con tristeza murmuró con acento conmovido:

-¡Qué solo va!… ¡Pobrecillo! ¡Nadie le sigue!… ¡Nadie le acompaña! ¿No es verdad que causa pena ver una cosa así? Ese muerto, o no tiene familia, o nadie le quiere: ¡Qué solo va!… Seguir leyendo “¡Qué solos iban!”

La calumnia

¡Calumnia abominable!… el luto y el espanto
difundes por do quiera: ¡Fatal es tu misión!
los ojos más serenos anublas con el llanto
y arrancas despiadada, la paz del corazón.

En todas partes dejas tristísima memoria;
unida estás al hombre con invisible imán.
Profanas con tu aliento el libro de la historia
y crédito los siglos a tus sofismas dan. Seguir leyendo “La calumnia”

¡Y nosotros queremos el progreso!

La escuela espiritista merece ser estudiada, porque es la filosofía del racionalismo, porque reconoce la existencia de Dios, y cree en el progreso indefinido del Espíritu, considerando el trabajo y la moralidad como los principios motores del adelanto humano. Creemos que sin la perfecta tranquilidad de la conciencia, la felicidad es un mito; por esto la escuela espiritista es eminentemente moralizadora. Porque aceptamos el progreso eterno, vemos en el trabajo el adelanto en los vicios, las llamas del infierno que nos hacen verter mares de llantos.

En la ignorancia, el espanto averno, en el hombre más bueno, el mejor santo adorado de Dios la omnipotencia. En el sagrado altar de la conciencia. ¡La conciencia es el cielo en que creemos! ¡La conciencia es el cielo que esperamos! Seguir leyendo “¡Y nosotros queremos el progreso!”

Los mantos de espuma

Dices bien -nos dice un espíritu-, la playa cubierta de espuma es de un efecto sorprendente y grandioso sobre toda ponderación. No hay salón de rico potentado que tenga alfombra mejor trabajada ni techumbre más esplendorosa. Ayer te acompañé en tu paseo, me asocié a tu contemplación, oré contigo, y no te he dejado ni un segundo, porque deseaba contarte un episodio de mi última existencia íntimamente enlazada con los mantos de espuma que tanto te impresionaron, manto que ningún César lo ostenta tan hermoso, porque el manto de Dios es superior en belleza a todas las púrpuras y armiños de la Tierra.

En mi última encarnación pertenecí a tu sexo, y a semejanza de Moisés, me arrojaron al mar en un lindo cestito de mimbres en una hermosa mañana de primavera. Un niño de diez años estaba jugando a la orilla del mar, vio mi cuna y, dominado por infantil curiosidad, se lanzó al agua, y momentos después saltó a tierra ebrio de felicidad, porque sin esfuerzo alguno había conseguido coger el objeto codiciado, el cestito de mimbres de color de rosa, que se había sostenido a flor de agua. Grande fue su sorpresa cuando al abrirlo encontró dentro una tierna criatura envuelta en encajes y pieles de armiño. Seguir leyendo “Los mantos de espuma”

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