La oración dominical

Demorábanse en el paisaje tranquilo los destellos del atardecer, matizando con tonos rosas, rojos y amarillos las nubes que pasaban. La brisa balanceaba el abanico verde de las palmeras exuberantes, cargadas de frutos. Revoloteaban en el aire, impregnando a los corazones, las ansias y emociones de los acontecimientos que hacía poco habían presenciado. El Maestro se agigantaba a los ojos de la multitud. Su estoicismo revelado a través de Su conducta austera, se exteriorizaba en la palabra, a veces dulce, a veces enérgica, y en las acciones nobles con las que favorecía a aquellos que Lo buscaban. Jamás alguien logró realizar tan admirables fenómenos de los que Él era solamente, sublime agente.

La envidia rastreaba Sus pasos, y las disputas vulgares entretejían duelos emocionales entre los frívolos que buscaban adaptarse a Él. Lo cierto es que había venido para liberar las conciencias y grabar vidas en los paneles del amor. De ese modo, las multitudes se sucedían unas a otras en torno de Él, sedientas, emocionadas, confiantes. Él era el portador de las bendiciones que todos necesitaban. Con Su sencillez inefable, penetraba en lo recóndito del ser, sin exhibir sus llagas. Sus silencios eran tan elocuentes como Sus palabras, dejando impresas en las almas, las marcas de luz de la liberación. Hacía poco, Su voz había envuelto a los hombres en las esperanzas y consuelos del soberano código de las Bienaventuranzas. (1)

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Jesús y la avaricia

La enorme masa humana, en sus necesidades, hace recordar en cierto modo, a las sucesivas olas del mar. Unas a se superponen en continuo afán, para confundirse en las arenas inmensas de las amplias playas que se dejan acariciar. De la misma manera, Jesús se asemejaba a un océano de infinito amor, cuya ternura se expande en constantes oleadas de afecto, envolviendo a las criaturas humanas que Lo buscaban. De ese modo, dos océanos se confundían en un mismo infinito: la misericordia del Señor y las ansiedades de las masas en sufrimiento. Por donde pasaba, las aflicciones corrían tras Él, teniendo la certeza de que serían atendidas.

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Los sufrimientos y Jesús

En el proceso de la evolución, el sufrimiento se destaca, adquiriendo preponderancia ante las constricciones y el esfuerzo que impone para ser superado. Predominando en la Tierra, es aún un recurso del que se valen las Leyes de la Vida para frenar la alucinación humana, fortalecer el ánimo, mejorar las aristas morales y trabajar los metales de las imperfecciones que prevalecen en la naturaleza animal de los seres.

Si se siguieran las instrucciones del Amor y no hubiera deserciones, no surgirían compromisos negativos, y por lo tanto, no sucederían abusos generadores de mecanismos de depuración por medio del dolor.

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Jesús

“Y cuando yo sea elevado de la tierra, a todos atraeré hacia mí.” — Juan 12:32.

Mientras fulguraban en oro los rayos del astro rey, bañando la Naturaleza de incomparable fiesta de luz, fueron pronunciadas las últimas palabras, dichas las instrucciones finales y significativas, y delineados los rumbos a seguir para el cumplimiento de las tareas futuras. Nimbado por una indefinible claridad, Él ascendió lentamente, ante las lágrimas de los compañeros y las esperanzas de redención por el trabajo del porvenir.

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Id, y conquistar la Tierra

La añoranza persistía, como un aire misterioso, en todas partes. (*)

En la Galilea, todo era evocaciones: el escenario del mar rumoroso y pródigo, inmenso y abundante en peces, que Él tanto amara; las ciudades ribereñas, adornadas con cercas floridas y enormes pomares; ¡las mesetas coronadas de trigo, que Le inspiraron las inconfundibles parábolas…! ¡Todo en la romántica Región de las almas simples del pueblo, estaba marcado por el sello de Su mansedumbre! Los mismos montes, serenos y cansados de permanecer bajo los vientos, el sol y las lluvias, parecían recordarlo.

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La rediviva de Magdala

La emoción, se desbordaba en lágrimas, mientras que, sentada a la entrada del sepulcro abierto en la roca, conjeturaba; ¿qué había sucedido? ¿hacia dónde lo habían llevado y por qué lo trasladaron de aquellos sitios, en el silencio de la noche? (*)

La inquietud, que asumía proporciones de desesperación, la iba dominando lentamente. El sol matizaba las nubes grisáceas y el viento frío sacudía las pocas anémonas y escasas rosas que había entre los arbustos.

En su mente resonaban las voces de los mancebos de blancas vestimentas que le dijeron: “No tengas miedo, porque sabemos que buscas a Jesús, que fue crucificado. Él no está aquí, porque ya resucitó…”

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La familia de Betania

Cercada por inmensos campos de cebada, pequeños bosques de olivos e higueras que ofrecían sombra al camino de Jericó, que serpeaba junto a las murallas, Betania quedaba a una hora de Jerusalén. (*)

Desde la Puerta Dorada, la carretera de Jericó llegaba al Cedrón y bordeaba el Monte de los Olivos, antes de proseguir hacia Betfage.

El escenario de Betania difería notablemente de la opulencia barullenta de la ciudad de los profetas. A pesar de las tormentas eléctricas de Mareswhan (1) que caían repentinamente a semejanza del toque de las trompetas, el aire traslúcido y leve permitía, como aún hoy, la visión a distancias enormes.

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Zaqueo, el rico de humildad

Segregados, los publicanos (1) o recaudadores de impuestos, constituían la clase detestable y vivían bajo lluvias de odios y sarcasmos. (*)

El pan adquirido con el sudor de la aflicción era portador también de la aflicción de aquellos que estaban obligados al pago de las pesadas tasas, impuestas por las huestes victoriosas que dominaban a Israel.

Jericó era un gran centro de actividades comerciales y una ciudad famosa; en ella se había hospedado en el pasado Cleopatra, que se había quedado encantada con su aire suave y perfumado.

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La mujer hemorroisa

El corazón marchando a ritmo acelerado, le oprimía el pecho, y el aire que aspiraba, parecía cargado de humo. Desde el día anterior, la angustia dominaba su espíritu.

La noche le pareció interminable y una expectativa incomparable la asaltó desde que supo los lamentables acontecimientos del Huerto…

A la traición de Judas, le sucedió la deserción de los amigos, la negación de Pedro, y Él, a solas, fue el instrumento del escarnio y de la arrogancia de todos, conducido a la mayor humillación por aquellos que, desde hacía mucho, ambicionaban prenderlo.

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