Sobre las sociedades espiritistas XXVI

El Espiritismo debería ser un escudo contra el Espíritu de discordia y desunión; pero este Espíritu en todo tiempo sacude su ponzoña sobre los humanos, porque está celoso de la felicidad que procura la paz y la unión.

¡Espiritistas! Él podrá, pues, penetrar en vuestras asambleas y no lo dudéis, procurará sembrar en ellas la defección, pero será impotente contra los que están animados de la verdadera caridad. Estad preparados y velad cesar en la puerta de vuestro corazón, como en la de vuestras reuniones para no dejar penetrar al enemigo.

Si vuestros esfuerzos son impotentes contra el de fuera, siempre dependerá de vosotros el impedirle el acceso de vuestra alma.

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Sobre las sociedades espiritistas XXIV

Yo os hablaré de la necesidad de observar la más grande regularidad en vuestras sesiones, es decir, de evitar toda confusión, toda divergencia en las ideas. La divergencia favorece la sustitución de malos Espíritus a los buenos y casi siempre son los primeros los que se apoderan de las cuestiones que se proponen. Por otra parte, en una reunión compuesta de elementos diversos y desconocidos los unos de los otros, ¿cómo se evitan las ideas contradictorias, la distracción y aun peor: una vaga y satírica indiferencia?

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Sobre las sociedades espiritistas XXIII

El silencio y el recogimiento son condiciones esenciales para todas las comunicaciones formales. Nunca obtendréis esto de aquellos que solo sean atraídos a vuestras reuniones por la curiosidad: obligad, pues, a los curiosos que vayan a divertirse a otra parte, porque su distracción sería una causa de turbación.

No debéis tolerar ninguna conversación cuando se pregunta a los Espíritus. Algunas veces tenéis comunicaciones que existen réplicas formales por vuestra parte, y respuestas que no lo son menos de parte de los Espíritus evocados, que experimentan, creedlo bien, descontento por los cuchicheos continuos de ciertos asistentes; de aquí viene que nada hay completo ni verdaderamente formal; el médium que escribe, experimenta también distracciones muy perniciosas para su ministerio.

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Sobre las sociedades espiritistas XXII

Me habéis preguntado si la multiplicidad de grupos en una misma localidad, podría engendrar rivalidades sensibles para la doctrina. A esto os responderé que los están imbuidos de los verdaderos principios de esta doctrina, miran como hermanos a todos los espiritistas y no como rivales; los que mirasen a las otras reuniones con celos, probarían que hay entre ellos una segunda intención de interés o de amor propio, y que no están guiados por el amor a la verdad. Os aseguro que si estas personas estuviesen entre vosotros, pronto sembrarían la turbación y la desunión.

El verdadero Espiritismo tiene por divisa la benevolencia y la caridad; excluye toda rivalidad que no sea el bien que puede hacerse; todos los grupos que se inscriban bajo su estandarte podrán darse la mano como buenos vecinos, que no son menos amigos aun cuando no habiten una misma casa.

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Sobre las sociedades espiritistas XXI

Amigos míos, vosotros queréis formar una reunión espírita y os lo apruebo, porque los Espíritus no pueden ver con placer que los médiums estén aislados. Dios no les ha dado esta sublime facultad para ellos solos, sino para el bien general. Comunicándose con otros, tienen mil ocasiones de ilustrarse sobre el mérito de las comunicaciones que reciben, mientras que solos, están mucho mejor bajo el imperio de los Espíritus mentirosos, maravillados de no tener comprobación. Esto es para vosotros, y si no estáis dominados por el orgullo, lo comprenderéis y de ello sacaréis provecho.

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Sobre las sociedades espiritistas XVII

Amigos míos, dejadme que os dé un consejo, porque vosotros marcháis sobre un terreno nuevo y si seguís la ruta que os indicamos no os perderéis. Se os ha dicho una cosa que es muy verdadera y queremos recordárosla; es que el Espiritismo solo es una moral, y no debe salir de los límites de la filosofía ni un solo paso, si no quiere caer en el dominio de la curiosidad.

Dejad a un lado la cuestión de las ciencias: la misión de los Espíritus no es de resolverlas ahorrándoos el trabajo de la investigación, sino procurar haceros mejores porque de este modo es como avanzares realmente.

San Luis.

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Objetos de estudio

343. Cuando evocamos a nuestros parientes y amigos, y a algunos personajes célebres para comparar sus opiniones de ultratumba con las que tenían cuando vivían, se halla uno en un estado embarazoso para continuar la conversación sin que se caiga en las ligerezas y en las fruslerías. Muchas personas creen también, que El libro de los Espíritus ha agotado la serie de preguntas de moral y de filosofía; esto es un error; por esto puede ser útil indicar el manantial de donde pueden sacarse motivos de estudio, por decirlo así, ilimitados.

344. Si la evocación de los hombres ilustrados, de los Espíritus superiores, es eminentemente útil para la enseñanza que nos dan, la de los Espíritus vulgares no lo es menos, bien que sean incapaces de resolver las cuestiones de alta importancia; por su inferioridad se pintan ellos mismos, y cuanto menos es la distancia que nos separa, más relaciones encontramos con nuestra propia situación, sin contar que muchas veces nos ofrecen rasgos característicos de la más alta importancia, como lo hemos explicado antes, (número 281), hablando de la utilidad de las evocaciones particulares.

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Sobre las sociedades espiritistas XVI

¿Por qué no empezáis vuestras sesiones por una invocación general, una especie de plegaria que prepararía al recogimiento? Porque es menester que sepáis que sin el recogimiento solo obtendréis comunicaciones ligeras; los Espíritus buenos solo van adonde se les llama con fervor y sinceridad. Esto es lo que no se comprende bastante; a vosotros, pues, toca el dar ejemplo; a vosotros que si lo queréis podéis llegar a ser una de las columnas del nuevo edificio.

Vemos vuestros trabajos con placer y los ayudamos, pero a condición de que nos secundéis desde vuestro lado y que os mostréis a la altura de la misión que fuisteis llamados a cumplir. Formad, pues, la unión y seréis fuertes y los Espíritus malos no prevalecerán contra vosotros.

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Sobre las sociedades espiritistas XIX, XX

Amigos míos y fieles creyentes, soy siempre feliz de poderos dirigir por el camino del bien; es una misión dulce que Dios me da, de la que estoy contentísimo, porque el ser útil es siempre una recompensa. Que el Espíritu de caridad os reúna, tanto a la caridad que da como a la caridad que ama. Manifestaos pacientes contra las injurias de vuestros detractores; sed firmes en el bien, y sobre todo humildes ante Dios; sólo la humildad eleva; es la única grandeza que Dios reconoce. Entonces solo vendrán a vosotros los Espíritus buenos; de lo contrario el del mal se apoderaría de vuestra alma. Sed bendecidos en nombre del Creador y os engrandeceréis a los ojos de los hombres, al mismo tiempo que a los ojos de Dios.

San Luis.

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Oración para los enfermos

PREFACIO: Las enfermedades son parte de las pruebas y de las vicisitudes terrestres; son inherentes a la imperfección de nuestra naturaleza material y a la inferioridad del mundo en que habitamos.

Las pasiones y los excesos de todas clases siembran en nosotros gérmenes malsanos, frecuentemente hereditarios. En mundos más avanzados física y moralmente, el organismo humano, más purificado y menos material, no está sujeto a las mismas enfermedades y el cuerpo no está minado sordamente por los estragos de las pasiones. (Cap. III, número 9).

Es menester, pues, resignarse a sufrir las consecuencias del centro en que nos coloca nuestra inferioridad, hasta que hayamos merecido cambiarlo. Entretanto consigamos el mérito, eso no nos debe impedir hacer lo que dependa de nosotros para mejorar nuestra posición actual; pero si a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos llegar a ello, el Espiritismo nos enseña a soportar con resignación nuestros males pasajeros.

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Respuestas de los espíritus a algunas preguntas

Preg. – ¿Cómo pueden los Espíritus obrar sobre la materia? Esto parece contrario a todas las ideas que nos hacemos de la naturaleza de los Espíritus.

Resp. – «Según vosotros, el Espíritu no es nada; esto es un error; nosotros ya hemos dicho que el Espíritu es algo, y es por eso que puede obrar por sí mismo; pero vuestro mundo es demasiado grosero para que pueda hacerlo sin intermediario, es decir, sin el lazo que une el Espíritu a la materia.»

Nota – El lazo que une el Espíritu a la materia, si no es inmaterial, es por lo menos impalpable; esta respuesta no resolvería la cuestión si no tuviésemos el ejemplo de fuerzas igualmente imponderables que obran sobre la materia: es así que el pensamiento es la causa primera de todos nuestros movimientos voluntarios y que la electricidad derriba, levanta y transporta masas inertes. De lo que no se conoce el móvil, sería ilógico concluir que éste no existe. Por lo tanto, el Espíritu puede tener palancas que nos son desconocidas; la Naturaleza nos prueba todos los días que su fuerza no se detiene ante el testimonio de los sentidos. En los fenómenos espíritas, la causa inmediata es indiscutiblemente un agente físico, pero la causa primera es una inteligencia que obra sobre este agente, como nuestro pensamiento obra sobre nuestros miembros. Cuando queremos golpear, es nuestro brazo que obra, no es el pensamiento el que golpea: éste es quien dirige al brazo.

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La fe, madre de la esperanza y de la caridad

11. La fe, para ser provechosa, debe ser activa, no ha de embotarse. Madre de todas las virtudes que conducen a Dios, debe velar con atención el desarrollo de las hijas que da a luz. La esperanza y la caridad son una consecuencia de la fe; estas tres virtudes son una trinidad inseparable. ¿No es, acaso, la fe, la que da la esperanza de que se verán cumplidas las promesas del Señor?

Porque si no tenéis fe, ¿qué esperaréis? ¿No es la fe la que da el amor? Porque si no tenéis fe, ¿qué reconocimiento tendréis y, por consiguiente, qué amor? La fe, divina aspiración de Dios, despierta todos los nobles instintos que conducen el hombre al bien; es la base de la regeneración. Es menester que esta base sea fuerte y duradera, porque si la menor duda la hace vacilar, ¿qué será del edificio que construyáis encima?

Levantad, pues, este edificio sobre cimientos sólidos; que vuestra fe sea más fuerte que los sofismas y las burlas de los incrédulos, porque la fe que no desafía al ridículo de los hombres, no es la verdadera fe.

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