De Centinela

No, mi amigo. No diga que nosotros, los compañeros desencarnados, resurgimos de la muerte convertidos en capataces intolerantes, en la construcción de la fe. Cuando usted examina el celo natural con que pretendemos defender los principios de Allan Kardec, para que la Doctrina Espírita avance pura, en el actual momento de profundas transiciones, se sorprenden de ver en nosotros la valentía de Torquemada, mentalizando hogueras y rumiando persecuciones. Sin embargo, no es así. Si Ud. estuviera fuera del carro fantasioso de la carne, como un caballero desmontado, con la obligación de atravesar paso a paso, su propio camino, seguramente pensaría de otra forma. Ignoro si Ud. ya entró en un gran hospicio; pero así y todo es posible que sepa que casi todos los internados en el manicomio son criaturas absolutamente fuera de la realidad. Ahí tenemos supuestos reyes, irguiendo la cadavérica cabeza; hidalgos imaginarios, ostentando guijarros como si fueran brillantes; caprichosos propietarios, cargando papel inútil por documento valioso, y hasta a pobres hermanos de mirar oscuro, creyéndose animales en excéntricas posturas.

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Dar y dejar

Cuando Cirilo Fragoso tocó las puertas de la Esfera Superior y fue atendido por un ángel que velaba, solícito, verificó con sorpresa, que su nombre no constaba entre los esperados del día.

-Hice mucha caridad– alegó, irritadizo, doné cuanto pude. Protegí a los pobres y enfermos, amparé a las viudas y a los huérfanos. Cuanto hice les pertenece. ¡Oh! Dios, ¿dónde está la esperanza de los que se entregaron a las promesas de Cristo?

Y comenzó a lloriquear desesperado, mientras el trabajador celestial, compadecido, observaba sus gestos. Fragoso traducía su pesar con la boca, no obstante, la conciencia, como si estuviera instalada ahora en sus oídos, lo instaba a recordar con ella. Era innegable, que amontonaba voluminosos bienes. Alcanzó retumbante éxito en los negocios a los que se dedicó y se desprendía del cuerpo terrestre en el catastro de los propietarios de gran expresión.

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Cosecha de odio

-¡No! ¡No te quiero en mis brazos!- decía la joven madre, a quien la Ley del Señor confiriera la dulce misión de la maternidad, al hijo que le florecía en el seno,-¡No me robarás la belleza! Significas trabajo, renuncia, sufrimiento…

-¡Madre, déjame vivir!…- le suplicaba la criatura en el santuario de la conciencia -¡estamos juntos! ¡Dame la bendición del cuerpo! Debo luchar y regenerarme. Sorberé contigo la taza de sudor y lágrimas, procurando redimirme… Nos complementaremos. Dame abrigo y te daré alegría. Seré el retoño de tu amor, tanto como tú serás para mí el árbol de luz, en cuyas ramas tejeré mi nido de paz y esperanza…

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Caso de conciencia

Mi amigo, Usted se declara extremamente cansado en la lucha por la victoria del bien y añade en su carta:

“Hermano X, ¿qué se puede hacer? No aguanto más injurias, incomprensiones, sarcasmos, críticas… Sólo pienso en descanso, tranquilidad y en la noche, cuando consigo dormir, si sueño, de la única cosa que me acuerdo, es la de una hamaca que incesantemente pasó a vivir en mi memoria.”

De hecho, mi amigo, el cansancio es sufrimiento y de los mayores; sin embargo, ya que nos pide opinión, pido permiso para narrarle algo que sucedió en el dominio de las sombras.

Un denodado legionario de obra salvadora nos contó que en un tenebroso rincón de la Espiritualidad Inferior, casi como una copia perfecta de la antigua parábola, atribuida a Lutero, se reunió un empresario graduado en el mal con diversos cooperadores. Se disponía a oírlos sobre alguna idea nueva, con relación a vampirizar a los amigos encarnados en la Tierra. Reunión de bandidos, como sucede, de hecho, en muchos lugares del plano físico. Expuesto el objetivo de la asamblea, por el director de la crueldad organizada, dijo uno de los asesores:

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Campaña diferente

Esperaba por Usted justo aquí, para tratar de un asunto serio, – me dijo Capistrano, un viejo amigo que ahora está en el Plano Espiritual, al cual conocí ya mayor y próspero, en una pequeña tienda de Botafogo, en el tiempo en que todavía me estaba acomodando a la estructura enferma.

Alrededor nuestro, en la esquina de la calle Real Grandeza, grupos fraternos de amigos desencarnados alegremente se burlaban de los carros que colocaban flores para las conmemoraciones de los difuntos, junto al aristocrático cementerio São João Batista. Canastas y ramos, haciendo recordar joyas de primavera, se derramaban de las manos ricas y pobres, arrugadas y juveniles, en homenaje a los afectos queridos, que casi todos los visitantes suponían inmóviles para siempre ahí en el suelo.

– Supe mi amigo, – prosiguió Capistrano singularmente abatido, – que Usted todavía escribe para los vivos del mundo…

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Carta de un muerto

Me pide usted noticias del cementerio en las conmemoraciones de los Difuntos. Y como tengo en mis manos la carta de un amigo, desencarnado, dirigida a otro amigo que aun se encuentra en la Tierra, acerca, de este asunto, con permiso de él, le transcribo el mensaje, sin cualquier referencia a nombres, para dejarle la belleza libre de notas personales. Es el texto con su contenido puro y simple:

Querida, usted no puede imaginar lo que es entregar en la tierra la carcasa inerte, el día dos de Noviembre.

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Caridad

En todos los tiempos, hay ejércitos de criaturas que enseñan la caridad, pero pese a ello, pocas personas la practican verdaderamente. Torquemada, organizando los servicios de la Inquisición, se decía portador de la divina virtud. Camino de los terribles suplicios, los condenados eran compelidos a dar las gracias a los verdugos. Muchos de ellos, en plena hoguera o atados al martirio de la rueda, aguijoneados por la flagelación de la carne, eran obligados a alabar, con las manos puestas en oración, la bondad de los inquisidores que les ordenaban morir.

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Anotaciones de un anciano

Cara a los sufrimientos que le fustigaban el espíritu, ante la opinión pública al desvariarse en torno a su humilde memoria, “periodista muerto” escucho sereno al anciano, que le habló con sabiduría:

– Cuando Jesús transformo el agua en vino, en las bodas de Cana los maledicentes cuchichearon, a su alrededor:

– ¿Qué es esto? ¿Un mesías, incentivando a la embriaguez?

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Conciencias

En una audiencia de rutina, al rey Tajuan do Iémene, le trajeron cinco bandidos que habían requerido protección y misericordia. Seguido de guardias vigilantes, se aproximó el primero y le rogó con lágrimas, después de besar el banquito en donde el soberano ponía los pies:

– ¡Perdón, oh rey! Juro por el Altísimo que no maté con intención… Comencé a discutir con el ladrón de mis caballos y en un determinado momento, sentí la cabeza confusa… rodé en el suelo sobre mi adversario y cuando me dominé, ¡el ladrón estaba muerto! ¡Piedad! ¡Piedad para mí, que no tuve fuerza de controlar el corazón!… Sólo ahora, en la prisión, oí la palabra de un hombre que repetía las lecciones del Profeta… ¡Sólo ahora, comprendo que me equivoqué!…

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Ante el amigo sublime de la cruz

Hoy, Señor, me arrodillo ante la cruz donde expiraste entre ladrones…

Amigo Sublime, ¡dígnate a bendecir las cruces que merezco!… De ti anunció el profeta que te levantarías, junto al pueblo de Dios, como arbusto verde en suelo árido; que no permanecerías, entre nosotros, como los príncipes encastillados en la gloria humana, sino como hombre de dolor, probado en los trabajos y sufrimientos; que pasarías por la Tierra ocultando tu grandeza a nuestros ojos, como leproso humillado y despreciable, pero que, en tus llagas y siguiendo tus pasos, sanaríamos nuestras iniquidades, redimiendo nuestros crímenes; que podrías revelar al mundo la divinidad de tu ascendencia, demostrando tu infinito poder y que, sin embargo, preferirías la suprema renuncia, caminando como oveja silenciosa hacia el matadero; y que, aunque señalado como el Elegido Celeste, serías sepultado como ladrón común…

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Cerca de Dios

Entre el alma, lista para reencarnar en la Tierra, y el Mensajero Divino se entabló un expresivo diálogo:

– Ángel bueno – dijo ella -, ya hice numerosos viajes al mundo. Me cansé de placeres envenenados y posesiones inútiles… Si puedo pedir algo, desearía ahora colocarme en servicio, cerca de Dios, aunque deba hallarme entre los hombres…

– ¿Sabes efectivamente a qué aspiras? ¿Qué responsabilidad buscas? – replicó el interpelado. Cuando fallan aquellos que sirven a la vida, cerca de Dios, la obra de la vida, en torno de ellos, es perturbada en los más íntimos mecanismos.

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