Parábola de la higuera que se secó

“Al día siguiente, al salir de Betania, Jesús sintió hambre y, viendo desde lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; pero al llegar sólo encontró hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces dijo a la higuera: Nadie coma jamás fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos.” “Al atardecer, Jesús salió de la ciudad. Al pasar otra vez por la mañana cerca de la higuera, la vieron seca de raíz. Pedro se acordó y dijo a Jesús: ¡Maestro, mira!, la higuera que maldijiste se ha secado.” (Marcos, XI, 12-14 – 19-21).

Antes de estudiar este pasaje, se presenta ante nosotros una consideración. Esta higuera ¿no será la misma que le sirvió de comparación al Maestro para la exposición de su Parábola, cap. XIII, 6 al 9 del Evangelio de Lucas? Creemos que sí, porque si no, no habría motivo para tan concisa ejecución. Si la misma Parábola de la Higuera Seca enseña la necesidad de cultivo, de concierto, de reparo, de fertilización con abonos, ante toda y cualquier resolución decisiva, ¿cómo, de momento, sin los requisitos preceptuados en esta enseñanza, Jesús decidió fulminar el árbol que se hallaba bien frondoso, bien “copudo”?

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Reconocimiento y gratitud

“Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasó por entre Samaria y Galilea. Al entrar en una aldea, salieron diez leprosos a su encuentro, que se detuvieron a distancia y se pusieron a gritar: Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros. Al verlos, les dijo: Id a presentaros a los sacerdotes. Y mientras iban, quedaron limpios. Uno de ellos, al verse curado, volvió alabando a Dios en voz alta y se echó a los pies de Jesús, dándole gracias. Este era samaritano. Jesús dijo: ¿No han quedado limpios los diez? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No hubo quien volviera a dar gracias a Dios, sino este extranjero? Y le dijo: Levántate, anda: tu fe te ha salvado.” (Lucas, XVII, 11-19).

“Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y no andaban con él. Jesús preguntó a los doce: ¿También vosotros queréis iros? Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.” (Juan, VI, 66-69).

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La prueba de la riqueza

“Jesús miró a su alrededor y dijo a sus discípulos: ¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas! Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús les repitió: Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios. Ellos, más asombrados todavía, se decían: Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús los miró y les dijo: Para los hombres esto es imposible; pero no para Dios, pues para Dios todo es posible.” (Marcos, X, 23-27).

La opulencia tiene sus virtudes, sus efectos gloriosos, pero son grandes los escollos de los que se hallan en la opulencia. Espíritus predestinados, tal vez para concurrir con mayor suma de beneficios para el engrandecimiento material, moral y espiritual de sus hermanos, ellos, la mayoría de las veces, se olvidan de la misión que vinieron a desempeñar.

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Simplicidad y grandeza del Espiritismo

La Doctrina Espírita, por sus fundamentos y desdoblamientos propios de su contenido doctrinario, es grandiosa por varias razones. Entre ellas, se destacan los beneficios directos del esclarecimiento a la mente humana, basados en la más perfecta lógica y buen sentido, además del alivio al corazón por el consuelo propio del mensaje totalmente estructurado en el Evangelio de Jesús. Sus respuestas a las extensas cuestiones humanas, todas construidas en las bases de la ciencia, de la filosofía y de la religión, además de su triple aspecto de sus fundamentos, atienden a todos los estadios del intelecto humano, cuando la persona se libere de preconceptos y acepte estudiar para conocer al menos, aunque a título cultural, pues la Doctrina Espírita desea sólo ser conocida, nunca impuesta.

Sus bases inspiran el amor al prójimo, en el amplio sentido de la caridad, dispensan cualquier formalismo o rituales, invitan a la fe racional y estimulan el autoperfeccionamiento y el trabajo en el bien como herramientas de conquista del mérito de la felicidad accesible a cualquier persona. Por eso, están distantes de la práctica espírita las manifestaciones de la vanidad, de la autopromoción, de la imposición de ideas, de los abusos de cualquier especie, de la explotación de la fe e incluso la obtención de cualquier ventaja. Y como ahora la idea espírita ya encuentra una amplia aceptación en el medio popular, surgen los peligros de la infiltración de ideas y posicionamientos extraños a la simplicidad y grandeza del mensaje espírita.

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Parábola del siervo vigilante

“Estad preparados y tened encendidas vuestras lámparas. Sed como los criados que esperan a su amo de retorno de las bodas para abrirle tan pronto como llegue y llame. ¡Dichosos los criados a quienes el amo encuentra en vela a su llegada! Os aseguro que los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos él mismo. Si llega a medianoche o de madrugada y los encuentra así, ¡dichosos ellos! Tened en cuenta que si el amo de casa supiera a qué hora iba a venir el ladrón, estaría en guardia y no dejaría que asaltaran su casa. Estad preparados también vosotros, porque a la hora que menos penséis vendrá el Hijo del Hombre. ” (Lucas, XII, 35-40).

En la esfera espiritual, como en la material, la cualidad indispensable del siervo es ser vigilante. Siervo vigilante es el que trata con celo los menesteres que le son afectos, correspondiendo, como debe, al salario por el cual se ajustó, y satisfaciendo, al mismo tiempo, las órdenes que recibe de su señor. La desidia en el trabajo, no sólo rebaja la reputación del operario, sino que también lesiona los intereses de sus superiores.

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La fe y el amor

“Y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado toda su fortuna sin obtener ninguna mejoría, incluso había empeorado, al oír hablar de Jesús, se acercó a él por detrás entre la gente y le tocó el manto, pues se decía: Con sólo tocar sus vestidos, me curo. Inmediatamente, la fuente de las hemorragias se secó y sintió que su cuerpo estaba curado de la enfermedad. Jesús, al sentir que había salido de él aquella fuerza, se volvió a la gente y dijo: ¿Quién me ha tocado? Sus discípulos le contestaron: Ves que la multitud te apretuja, ¿y dices que quién te ha tocado? Él seguía mirando alrededor para ver a la que lo había hecho. Entonces la mujer, que sabía lo que había ocurrido en ella, se acercó asustada y temblorosa, se postró ante Jesús y le dijo toda la verdad. Él dijo a la mujer: Hija, tu fe te ha curado; vete en paz, libre ya de tu enfermedad.” (Marcos, V. 25-34).

Sabiduría y santidad son los dos atributos para la adquisición de la felicidad. La Luz da sabiduría, la Religión da santidad, pero sólo el Amor resume toda la Ley y los Profetas. La Esperanza consuela y anima; la Caridad robustece y ampara; la Fe salva; el Amor anima todas estas virtudes; el Amor es la Ley.

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Inmortalidad y religión

“Al llegar Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas. Él les dijo: Vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el hijo del Dios vivo. Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta pierda edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de Dios, y lo que ates en la Tierra quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.” (Mateo, XVI, 13-20).

La Religión está para la inmortalidad como el cuerpo para el alma.

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La enseñanza de la religión

“Todo escriba instruido en el Reino de los Cielos es semejante a un padre de familia, que de su tesoro saca cosas nuevas y viejas.” (Mateo, XII, 52).

Después de la exposición de las siete parábolas comparativas al Reino de los Cielos y su adquisición, Jesús, para grabar mejor en el ánimo de sus discípulos la necesidad del estudio de toda la Religión y de toda la Filosofía en sus fases evolutivas del saber humano, comparó todos los hechos y teorías que de él destacan y la Historia registra, con un tesoro, que un padre de familia posee y donde existen monedas viejas y monedas nuevas, bienes antiguos, pero de valor, y bienes de adquisición reciente, constituyendo todos el mismo tesoro.

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Enseñanzas de Jesús los apóstoles

«Paseando junto al lago de Galilea, vio a dos hombres: Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano, echando la red en el lago, pues eran pescadores. Y les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Ellos, al instante, dejaron las redes y lo siguieron. Fue más adelante y vio a otros dos hermanos: Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano, en la barca con su padre Zebedeo, remendando las redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron.» (Mateo, IV, 18-22).

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El fermento de los fariseos y de los saduceos

“Al ir los discípulos a la otra orilla, se olvidaron de llevar pan. Jesús les dijo: Tened cuidado y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Ellos comentaban: Es que no hemos traído pan. Jesús, dándose cuenta, les dijo: ¿Por qué decís que no tenéis pan? ¡Hombres de poca fe! ¿Aún no entendéis? ¿No os acordáis ya de cuando repartí cinco panes para cinco mil hombres? ¿Cuántos cestos recogisteis de las sobras? ¿Y de cuando repartí los siete para los cuatro mil? ¿Cuántas espuertas recogisteis? ¿Cómo no entendéis que no os hablaba de panes? Guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos. Entonces comprendieron que no les había dicho que se guardasen del fermento del pan, sino de la doctrina de los fariseos y saduceos.” (Mateo, XVI, 5-12).

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