Érase una vez…

Érase una vez un reino que estaba en tierras muy, muy lejanas. Como todo reino, tenía un rey. Y este rey estaba muy preocupado por su pueblo. Se trataba de un reino pobre, de pocos recursos. Las personas ganaban su sustento con mucho esfuerzo manual. Las enfermedades las consumían y no tenían ningún confort. Por eso, el rey decidió traer de otras tierras pensadores, científicos, artistas, filósofos, para sembrar cosas buenas en su reino. Y así sucedió. Los filósofos trajeron ideas de libertad, de respeto y derechos del prójimo.

Los artistas ofrecieron a la población lo bello, en la música, en las artes plásticas, en los textos que pasaron a encantar corazones y mentes. Los científicos presentaron la tecnología.

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Es Dios…

Se cuenta que un loco llegó a la plaza y gritó: Dios ha muerto. Ahora, las catedrales serán Sus mausoleos. Algunos se asombraron de lo que él decía. Era realmente un loco. Otros, de inmediato, concordaron, asintiendo con la cabeza. Otros, aun, se atrevieron a manifestarse: ¿Y dónde está la novedad? Un niño, que pasaba por la plaza, sin embargo, se mostró extremadamente preocupado. ¿Dios murió? Y ahora, ¿Quién va a alimentar a los peces y a los pájaros? ¿Quién va a encender las estrellas?

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La felicidad de la oración

Cuando alguien enfrenta dificultades duras y le invitamos a orar, a veces escuchamos en cambio: ¿Y esto resolverá mi problema? ¿Por casualidad, me llenará el plato de comida o me dará una manta para soportar mejor el frío?

Todavía estamos muy lejos de tener la idea exacta del poder de la oración. San Agustín tuvo la oportunidad de decir: ¡Qué conmovedoras son las palabras que salen de la boca del que ora!

Avanzad por los caminos de la oración y oiréis las voces de los ángeles. Son las liras de los arcángeles. Son las voces tiernas y suaves de los serafines, más delicadas que las brisas de la mañana, cuando juegan en el follaje de los bosques. Vuestro lenguaje no podrá expresar esa dicha, tan rápido entra por todos vuestros poros, tan viva y fresca es la fuente en la que, orando, se bebe. En el recogimiento y en la soledad, estáis con Dios. Apóstoles del pensamiento, la vida es para vosotros.

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La vida vista desde arriba

Todos ya hemos oído hablar de los drones. Una tecnología que parece provenir de las películas de ciencia ficción y que se popularizó con mucha fuerza. Son pequeños robots voladores, portátiles, controlados por mando a distancia, y que pueden llevar potentes cámaras para filmar y fotografiar desde grandes alturas y en lugares de difícil acceso para aeronaves de pequeño porte. Gracias a ellos, el hombre está conociendo su propio planeta de una manera que nunca antes había conocido: desde arriba.

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Pequeño bandido

En la plaza, la multitud, tumultuada, observaba a un hombre triste, esposado, en plena calle. Los gritos de condenación eclosionaban por todos lados. ¡Asesino! “¡Rápido!” “Es una fiera suelta, decían unos. “Es un monstruo que merece el debido castigo, gritaban otros. ¿De dónde viniste, cruel matador?”

Y el infeliz, cansado, mal sosteniéndose en pie, implora misericordia. “¡Por Dios, no me recuerden! Ya basta la aflicción que me oprime el alma…” “Ustedes me preguntan quién soy yo y de dónde vengo. Pues bien os lo voy a decir.” “Yo fui aquella criatura a quien todos cerraron la puerta…” “Fui el pequeño mendigo que todos vieron pasar, indiferentes a mi suerte.” “Fui aquella criatura sin hogar, sin escuela, sin salud, sin esperanza… “Hambriento, descalzo y roto, mi vida era así…” «Yo crecí en los lodos de aguas residuales, y nunca había alguien para mí…”

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Cuando nuestros padres envejecen

Cuando somos niños, vemos a nuestros padres como criaturas especiales, invencibles. Ellos pueden hacerlo todo, desde arreglar el carrito roto hasta resolver ese problema de matemáticas súper difícil para nuestras cabezas. Ellos no se cansan. Trabajan todo el día, vuelven a casa y todavía están dispuestos a comprobar si hemos hecho la lección, si nos duchamos correctamente, si alimentamos al perro. Cenan con nosotros, conversan, ven televisión, insisten en que estudiemos un poco más para el examen del día siguiente. Comprueban si nos cepillamos bien los dientes antes de dormir, y rezan con nosotros antes de que el sueño nos asalte. Nunca se enferman. O mejor, de vez en cuando tienen gripe, un poco de tos, dicen que les duele el cuerpo. Pero no es nada. Pronto se ponen de pie, continuando la rutina.

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El Maestro de las sutilezas

Sutileza significa tenuidad, finura. También agudeza de inteligencia, de espíritu. Este es uno de los rasgos que identificamos en el Maestro Jesús. La sutileza al decir las cosas. De ese modo, exigiendo que quienes lo oigan, tengan la capacidad de entendimiento. En síntesis: oídos para oír. Precisamente por este detalle es que las palabras de Jesús siguen siendo estudiadas y descubiertos nuevos y más profundos significados. A medida que crecemos en entendimiento, podemos absorber mejor la enseñanza de la letra. Jesús es conciso en el habla, profundo en la enseñanza. Enseña la solidaridad, la fraternidad, en una frase: los sanos no necesitan médico, pero los enfermos sí. Afirmaba así la necesidad de desvincularnos de cualquier prejuicio e ir al encuentro de los necesitados. Y la necesidad puede ser de pan, de agua, de abrigo o de vestimenta. También puede ser de acogida, de afecto, de atención. Testificando Su grandeza, utiliza pocas pero significativas palabras.

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Lo que ha sido necesario

Profetas y trovadores han venido, a través de los tiempos, en varias naciones para llamarnos a la fraternidad y a la paz. El Gobernador Planetario, Jesús, envió precursores para que anunciaran la necesidad de que el ser humano sea más hermano de su hermano. Algunos hablaron a los vientos. Otros tuvieron sus voces calladas por nuestra impiedad, que no deseaba oír nada. No queríamos cambiar nuestra forma de someter a los demás, de utilizar los bienes de la Tierra de manera egoísta. Ambición, orgullo. Poder concentrado en unas pocas manos. Demasiado oro aquí. Carencia allí. Algunos vestían de seda y púrpura y otros con ropa rústica, tosca. Entonces, el mismo Señor de la Tierra vino a estar con nosotros. Se hizo anunciar de manera inusual, por un coro angelical.

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Miedo de espíritus

Este es un miedo antiguo de la mayoría de las personas, pues conduce al ser humano al campo de lo ‘sobrenatural’, al oscuro terreno de la imaginación llevada a lo sombrío. El dominio de los espíritus es la noche, lo oscuro, lo mágico y fantasmagórico. La cultura y la superstición llevaron al ser humano a hacer esas asociaciones. Es preciso que desmitifique esa idea, colocando en la conciencia la razón y la madurez. Tales asociaciones pertenecen a la fase infantil del ser humano y de la propia humanidad. Los espíritus deben ser entendidos como personas, y siendo así, no tienen un poder ilimitado sobre la Vida. Les atribuimos un poder que de hecho no poseen. En cualquier sistema de creencia ellos son considerados casi como divinidades y eso genera el temor que se tiene. Temerles es atribuirles poder sobre su conciencia. Procure una relación con ellos como la que tiene con las demás personas, o sea, de respeto y de límites. Ningún espíritu podrá perjudicar su felicidad si no le da poder. Del otro lado de la vida están los espíritus, que como nosotros, que además de otros aspectos, odian, trabajan, sufren, aman y buscan ser felices.

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La verdad es que Dios escribe

¿Usted ya se ha dado cuenta que un no de Dios puede ser la mejor respuesta? ¿Ya ha notado cuántas veces le pidió algo al Creador y no tuvo éxito? De un modo general, no apreciamos la respuesta negativa. Sin embargo, luego que pasa algún tiempo, concluimos que lo que Él nos envió fue lo mejor.

El dicho popular dice que Dios escribe lo cierto por líneas inciertas. La verdad es que Dios escribe lo correcto por líneas correctas. Leímos, hace algún tiempo, la historia de una americana que relaciona muchas situaciones de su vida en las que la  Providencia Divina se presentó en forma distinta a la solicitada. Cuenta, por ejemplo, que un día su hija llegó llorando de la escuela porque no había conseguido un papel para la pieza de fin de año. Era lo que ella más quería, más ansiaba. Durante algunos días permaneció triste, hasta irrumpir puerta adentro de su hogar, eufórica. Había recibido una invitación para un curso muy importante en otra ciudad. Era necesario que se presentase inmediatamente. Si ella hubiera hecho parte del elenco de la pieza de la escuela, no podría ahora cursar lo que era decisivo para su carrera profesional.

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