El silencio de Dios

Cuenta una antigua Leyenda Noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción.

En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.

Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: “Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la cruz.” Y se quedó fijo con la mirada puesta en la Efigie, como esperando la respuesta.

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El poder de la experiencia

Una mujer tenía un hijo joven que se puso enfermo. El médico le dijo que su única cura residía en tomarse una pócima a la vez que permanecía en ayuno una semana. Pero el joven se encontraba en apariencia bien, y era incapaz de ayunar un solo día, a pesar de las continuas advertencias de su madre y el médico.

Un día, la mujer oyó hablar de un sabio que vivía en un lugar lejano y que tal vez podría ayudarla. Fue a verlo y le contó su situación. El maestro dijo:

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El bambú japonés

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada y grita con todas sus fuerzas: ”¡Crece, maldita seas!”.

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo trasforma en no apto para impacientes. Siembras la semilla, la abonas y te ocupas de regarla constantemente. Durante los primeros meses no sucede nada apreciable.

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El sueño del sultán

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Al despertar, ordenó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.

– ¡Qué desgracia Mi Señor! – exclamó el Sabio – cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

– ¡Qué insolencia! – gritó el Sultán enfurecido – ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y encargó que le dieran cien latigazos. Más tarde mandó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

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El viajero

El viajero marchaba por el camino, cuando divisó el pequeño río que surgía tímido entre las piedras. Lo fue siguiendo por mucho tiempo. Poco a poco veía que tomaba volumen y se convertía en un río cada vez mayor.

El viajero continuó siguiéndolo. Mucho más adelante, lo que era un pequeño río se dividió en decenas de cascadas, proporcionando un espectáculo de aguas cantantes.

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El amanecer del amor

Cuando el día amanece y el sol comienza a clarear todo, las estrellas se apagan, una a una, los pájaros comienzan a cantar saludando la luz, toda la naturaleza despierta…

Las flores se abren llenando el aire de perfume, los peces se dirigen a la superficie atraídos por la claridad, el viento aun está soplando frio, clareándolo todo, la mayoría de los humanos duermen aun. Algunos apenas se levantan muy a desgana, para cumplir el horario del trabajo.

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Hacerlo a tiempo

En una pequeña laguna vivían tres peces. Un día vieron que un pescador se había acercado a la orilla y preparaba su red de pesca. Después de deliberar, decidieron adoptar la estrategia de saltar fuera de la charca y hacerse pasar por muertos intentando adoptar una posición inmóvil y aguantando la respiración.

Uno de ellos pasó a la acción rápidamente, por lo que, tomando impulso, saltó a los pies del pescador aunque se le olvidó estarse quieto y aguantar la respiración. Éste, atónito por la rara actitud del pescado, lo observó y, ante la sospecha de que aquel pez pudiera estar enfermo o algo parecido, resolvió tirarlo al agua.

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Ejercicios de solidaridad

Entre los pasajeros que solían tomar el autobús que transportaba a los trabajadores, había dos minusválidos – un chico y una chica, que iban a una escuela especial.

Un cierto día, tras haber leído a respecto de un torneo olímpico de atletismo para deficientes mentales, el conductor les preguntó si pretendían participar. “En realidad, queríamos”, explicó la chica, taciturna, “pero nosotros vivimos en apartamentos y no tenemos lugar donde entrenarnos.”

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El roble y la hiedra

Un hombre edificó su casa. Y la embelleció con un jardín interno. En el centro plantó un roble. Y el roble creció lentamente. Día a día echaba raíces y fortalecía su tallo, para convertirlo en tronco, capaz de resistir los vientos y las tormentas.

Junto a la pared de su casa plantó una hiedra y la hiedra comenzó a levantarse velozmente. Todos los días extendía sus tentáculos llenos de ventosas, y se iba alzando adherida a la pared. Al cabo de un tiempo la hiedra caminaba sobre los tejados. El roble crecía silenciosa y lentamente.

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Ganar la Batalla

Durante una batalla, un general japonés decidió atacar aún cuando su ejército era muy inferior en número. Estaba confiado que ganaría, pero sus hombres estaban llenos de duda.

Camino a la batalla, se detuvieron en una capilla. Después de rezar con sus hombres, el general sacó una moneda y dijo; “Ahora tiraré esta moneda. Si es cara, ganaremos. Se es cruz, perderemos. El destino se revelará”.

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El poder de la dulzura

El viajero marchaba por el camino, cuando divisó el pequeño río que surgía tímido entre las piedras. Lo fue siguiendo por mucho tiempo. Poco a poco veía que tomaba volumen y se convertía en un río cada vez mayor. El viajero continuó siguiéndolo. Mucho más adelante, lo que era un pequeño río se dividió en decenas de cascadas, proporcionando un espectáculo de aguas cantantes.

La música de las aguas atrajo mucho más al viajero, que se acercó y fue bajando por las piedras.

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