Soy tu

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

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Una broma del maestro

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar.

El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

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El tamaño de nuestra cruz

La leyenda cuenta la historia de un joven agobiado por los continuos problemas que debía soportar. En su desesperación clamó a Dios de esta manera:

“Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada”.

El señor, como siempre, acudió y le contestó.

“Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después, abre esa otra puerta y escoge la cruz que tú quieras”.

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¿Emociones verdaderas?

Cuentan que, en China, un hombre ya anciano decidió regresar al lugar donde había nacido y del que salió siendo muy joven. En el camino se unió a un grupo de viajeros que seguían la misma ruta y les explicó su deseo de volver a la tierra que lo vio nacer. Después de varias monótonas jornadas, aquellos hombres decidieron divertirse a costa del viejo.

-Mira, anciano, estamos llegando a la tierra de tus antepasados, esas montañas que vemos las contemplaron tus ojos cuando eras niño.

El viejo, a pesar de no recordar nada, se sintió dichoso de ver aquellas cumbres. Horas después llegaron a unas casas en ruinas.

-Mira, anciano, seguro que entre estas piedras jugaste en tu infancia.

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Esopo y la lengua

Esopo era un esclavo de una inteligencia peculiar que servía en la casa de un conocido jefe militar de la antigua Grecia. Un cierto día, en el que su patrón conversaba con otro compañero sobre los males y las virtudes del mundo, llamaron a Esopo para que diera su opinión sobre el asunto, a lo que respondió con presteza:

– Tengo la más completa seguridad que la mayor virtud de la Tierra está en venta en el mercado.

– ¿Cómo? Preguntó el amo sorprendido. ¿Tienes seguridad de lo que estás diciendo? ¿Cómo puedes afirmar tal cosa?

– No sólo lo afirmo, como, si mi amo me lo permite, iré hasta allá y traeré la mayor virtud de la Tierra.

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El tigre que balaba

Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó él mismo a tomarse por una de ellas, y como una oveja llegó a ser considerado y tratado por el rebaño. Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años.

Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle:

-Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?

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El señor de las cigüeñas

El señor de las cigüeñas

En las elevadas montañas de China vivía un anciano llamado Tian. Su única compañía eran las cigüeñas, y él se encargaba de cuidarlas y alimentar a sus polluelos. Su amistad era tan cercana que pronto lo llamaron “el Señor de las cigüeñas”. Una ocasión decidió bajar al pueblo, para ver si las personas se acordaban de ser buenas y compasivas. Vistió sus mejores galas, se subió sobre una de las cigüeñas y ésta lo llevó volando. Al llegar encontró a un hombre pobre y enfermo envuelto en harapos y le preguntó:

-¿Cambiaría usted su ropa conmigo? Vine a probar si la gente es buena y no quiero que me reconozcan -explicó.

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¡Sacúdete y sube!

Se cuenta de cierto campesino que tenía una mula ya vieja. En un lamentable descuido, la mula cayó en un pozo que había en la finca. El campesino oyó los bramidos del animal, y corrió para ver lo que ocurría. Le dio pena ver a su fiel servidora en esa condición, pero después de analizar cuidadosamente la situación, creyó que no había modo de salvar al pobre animal, y que más valía sepultarla en el mismo pozo.

El campesino llamó a sus vecinos y les contó lo que estaba ocurriendo y los enlistó para que le ayudaran a enterrar la mula en el pozo para que no continuara sufriendo.

Al principio, la mula se puso histérica. Pero a medida que el campesino y sus vecinos continuaban paleando tierra sobre sus lomos, una idea vino a su mente. A la mula se le ocurrió que cada vez que una palada de tierra cayera sobre sus lomos… ¡Ella debía sacudirse y subir sobre la tierra!  Esto hizo la mula palazo tras palazo.

Sacúdete y sube.

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El secreto de la felicidad

Hace mucho tiempo en una tierra muy distante había un joven hijo de un rico mercader, que buscaba obstinadamente el secreto de la felicidad. Ya había viajado muchos reinos, hablado con muchos sabios sin conseguir desvendar la cuestión. Un día después de un largo viaje por el desierto llegó a un vello castillo en lo alto de una montaña, allí vivía un sabio que el joven ansiaba conocer. Al entrar en una sala, vio una actividad intensa. Mercaderes entraban y salían personas conversaban por los rincones, una pequeña orquesta tocaba melodías suaves. A lo lejos vio el sabio, que conversaba calmadamente con todos los que lo buscaban.

El joven necesitó esperar dos horas hasta llegar su vez para ser atendido.

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El viejo de la bicicleta

Todos los domingos por la mañana veíamos un viejito en la puerta de la Federación Espírita del Estado de Goiás. Se quedaba allí, buscando conversación con uno y con otro. De hablar y de ropas simples, denotaba ser persona de pocos recursos financieros, pero su conversación agradable garantizaba la posesión de una noble personalidad, cultivada a lo largo de su existencia.

Cierto día, lo confundieron con un mendigo, y le sugirieron que buscase al personal de Promoción social de la Casa Espírita, él gentilmente mostró una sonrisa jovial y dijo:

– Gracias , pero yo no los necesito.

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El poder de la palabra

Cuenta la historia que en cierta ocasión, un sabio maestro se dirigía a un atento auditorio dando valiosas lecciones sobre el poder sagrado de la palabra y el influjo que ella ejerce en nuestra vida y la de los demás. De repente fue interrumpido por un hombre que le dijo airado:

-¡No engañe a la gente! El poder está en las ideas, no en la palabra. Todos sabemos que las palabras se las lleva el viento. ¡Lo que usted dice no tiene ningún valor!

El maestro lo escucha con mucha atención y tan pronto termina, le grita con fuerza:

-¡Cállate, estúpido; siéntate, idiota!

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El fantasma que no supo amar

Durante años, Hitoshi intentó -inútilmente- despertar el Amor de aquella a quien consideraba la mujer de su Vida. Pero el destino es irónico: el mismo día en que ella lo aceptó como futuro marido, también descubrió que tenía una enfermedad incurable y le quedaba poco tiempo de Vida. Seis meses después, ya a punto de morir, ella le pidió:

-Quiero que me prometas una cosa: que jamás te volverás a enamorar. Si lo haces, volveré todas las noches para espantarte.

Y cerró los ojos para siempre. Durante muchos meses, hitoshi evitó aproximarse a otras mujeres, pero el destino continuó irónico y él descubrió un nuevo Amor. Cuando se preparaba para casarse, el fantasma de su examada cumplió su promesa y apareció.

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