Siempre querer más

Había una vez un pobre mendigo que se había acostumbrado a mal vivir con lo poco que le daban. Aunque no era viejo y estaba sano, no aceptaba ningún trabajo que le ofrecían y así iba de un lado para otro sobreviviendo como podía. Un día se encontró con un amigo de la infancia y ambos se pusieron a recordar viejos tiempos.

-¿A ti qué tal te ha ido? -le preguntó el amigo al mendigo.

-Muy mal -respondió-, ya ves, he tenido muy mala suerte y mi situación es lastimosa.

-Pues, mira -repuso el amigo-, yo he descubierto que tengo poderes sobrenaturales y creo que puedo ayudarte.

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Parábola del águila

Hubo una vez un hombre que, mientras caminaba por el bosque, encontró un águila, la llevó para su casa y la colocó en su gallinero, donde ella después aprendió a alimentarse y a comportarse como las gallinas. Un día, una persona que pasaba por allí le preguntó:

– ¿Por qué un águila, la reina de los pájaros, debería ser condenada a vivir en el gallinero como las gallinas?

– Después que le di comida de gallina y la eduqué para ser una gallina, ella nunca aprendió a volar. Replicó el dueño. Si ella se comporta como una gallina, no es más un águila.

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Las nueve preguntas de un sabio

Tales de Mileto, filósofo griego, el más antiguo de los Siete Sabios de Grecia (640 a 550 d.C.), durante parte de su vida fue un buen comerciante. Después de enriquecerse, se retiró de los negocios y pudo dedicarse a los estudios, adquiriendo muchos conocimientos a través de viajes. Aprendió Geometría con sacerdotes egipcios, previó el primer eclipse solar en el año 500 a.C. y determinó la duración del año. Aun en vida, fue considerado el padre de la Astronomía, de la Geometría y de la Aritmética. En cierta ocasión, fue preguntado sobre 9 preguntas. He aquí, seguidas la respuesta de Tales:

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¡No bebo!

¡No bebo!, ¡he dicho que no bebo!…

Si, es verdad, he bebido mucho… como el que más… Me habéis visto borracho muchas veces, ¿por qué voy a negarlo? Antes de casado y después de casado… a pesar de lo que yo quería aquella mujer… Bastante la hice padecer con esto… por ella y por no verla llorar y desesperarse, me contenía más de cuatro veces… y por ella, casi llegue a privarme de la bebida, mientras vivió…. Pero cuando la perdí de aquel mal en cuatro días, tan joven, tan llena de vida, cuando me vi sólo con ese hijo, una criatura de cinco años… ¡aquella mujer tan buena, tan trabajadora, tan sufrida!… ¡cómo no se ha conocido otra!.

Vosotros sabéis lo que era para mí, cuantas veces me habéis dicho.-”¡que suerte, Juan has tenido!” ¡Y perderla así para siempre!, ¡verme solo entre aquellas cuatro paredes que se me caían encima!…

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Los siete egos

En la hora más silente de la noche, mientras estaba yo acostado y dormitando, mis siete egos sentáronse en rueda a conversar en susurros, en estos términos:

Primer Ego: -He vivido aquí, en este loco, todos estos años, y no he hecho otra cosa que renovar sus penas de día y reavivar su tristeza de noche. No puedo soportar más mi destino, y me rebelo.

Segundo Ego: -Hermano, es mejor tu destino que el mío, pues me ha tocado ser el ego alegre de este loco. Río cuando está alegre y canto sus horas de dicha, y con pies alados danzo sus más alegres pensamientos. Soy yo quien se rebela contra tan fatigante existencia.

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Soy tu

Era un discípulo honesto. Moraba en su corazón el afán de perfeccionamiento. Un anochecer, cuando las chicharras quebraban el silencio de la tarde, acudió a la modesta casita de un yogui y llamó a la puerta.

-¿Quién es? -preguntó el yogui.

-Soy yo, respetado maestro. He venido para que me proporciones instrucción espiritual.

-No estás lo suficientemente maduro -replicó el yogui sin abrir la puerta-. Retírate un año a una cueva y medita. Medita sin descanso. Luego, regresa y te daré instrucción.

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Una broma del maestro

Había en un pueblo de la India un hombre de gran santidad. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les predicase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar.

El día señalado para la prédica, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asistentes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre santo confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

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El tamaño de nuestra cruz

La leyenda cuenta la historia de un joven agobiado por los continuos problemas que debía soportar. En su desesperación clamó a Dios de esta manera:

“Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada».

El señor, como siempre, acudió y le contestó.

«Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después, abre esa otra puerta y escoge la cruz que tú quieras».

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¿Emociones verdaderas?

Cuentan que, en China, un hombre ya anciano decidió regresar al lugar donde había nacido y del que salió siendo muy joven. En el camino se unió a un grupo de viajeros que seguían la misma ruta y les explicó su deseo de volver a la tierra que lo vio nacer. Después de varias monótonas jornadas, aquellos hombres decidieron divertirse a costa del viejo.

-Mira, anciano, estamos llegando a la tierra de tus antepasados, esas montañas que vemos las contemplaron tus ojos cuando eras niño.

El viejo, a pesar de no recordar nada, se sintió dichoso de ver aquellas cumbres. Horas después llegaron a unas casas en ruinas.

-Mira, anciano, seguro que entre estas piedras jugaste en tu infancia.

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Esopo y la lengua

Esopo era un esclavo de una inteligencia peculiar que servía en la casa de un conocido jefe militar de la antigua Grecia. Un cierto día, en el que su patrón conversaba con otro compañero sobre los males y las virtudes del mundo, llamaron a Esopo para que diera su opinión sobre el asunto, a lo que respondió con presteza:

– Tengo la más completa seguridad que la mayor virtud de la Tierra está en venta en el mercado.

– ¿Cómo? Preguntó el amo sorprendido. ¿Tienes seguridad de lo que estás diciendo? ¿Cómo puedes afirmar tal cosa?

– No sólo lo afirmo, como, si mi amo me lo permite, iré hasta allá y traeré la mayor virtud de la Tierra.

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El tigre que balaba

Al atacar a un rebaño, una tigresa dio a luz y poco después murió. El cachorro creció entre las ovejas y llegó él mismo a tomarse por una de ellas, y como una oveja llegó a ser considerado y tratado por el rebaño. Era sumamente apacible, pacía y balaba, ignorando por completo su verdadera naturaleza. Así transcurrieron algunos años.

Un día llegó un tigre hasta el rebaño y lo atacó. Se quedó estupefacto cuando comprobó que entre las ovejas había un tigre que se comportaba como una oveja más. No pudo por menos que decirle:

-Oye, ¿por qué te comportas como una oveja, si tú eres un tigre?

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El señor de las cigüeñas

El señor de las cigüeñas

En las elevadas montañas de China vivía un anciano llamado Tian. Su única compañía eran las cigüeñas, y él se encargaba de cuidarlas y alimentar a sus polluelos. Su amistad era tan cercana que pronto lo llamaron “el Señor de las cigüeñas”. Una ocasión decidió bajar al pueblo, para ver si las personas se acordaban de ser buenas y compasivas. Vistió sus mejores galas, se subió sobre una de las cigüeñas y ésta lo llevó volando. Al llegar encontró a un hombre pobre y enfermo envuelto en harapos y le preguntó:

-¿Cambiaría usted su ropa conmigo? Vine a probar si la gente es buena y no quiero que me reconozcan -explicó.

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